Un largo camino al cielo

Literatura, de Mariana de la Mata

Literatura, de Mariana de la Mata

Nadie conoce al detalle los caminos de la consagración literaria. Quien era ayer una joven promesa, más temprano que tarde termina engrosando las zonaprop literarias que inundan de talleres la ciudad. Una gloria del pasado, una estrella que se apaga no sin antes emitir sus últimos fulgores.

            Peter Calvino recibe la propuesta de publicar una nueva novela, tras más de diez años desaparecido del mundo literario. No se trata de un libro cualquiera, sin embargo: es una saga juvenil de vikingos, género subrepticiamente (y no tanto) menospreciado por su entorno artístico. La fiesta para celebrar esta novedad coincide con el cumpleaños de Peter: allí nos encontramos los espectadores, en una casa junto a un puñado de invitados que luchan por ofrecer una expresión de alegría en medio de tanta decadencia. Su excéntrica hija, un periodista “amigo” que no pierde la oportunidad de apuñalarlo por la espalda, dos alumnas de su mediocre taller literario y la desvergonzada agente que amañó todo el proceso se unen para divertirnos en una velada antológica.

            Literatura es una obra concisa y potente, que en pocas pinceladas delinea las figuras de personajes al mismo tiempo sutiles y paradigmáticos. Las actuaciones le hacen justicia a los matices y colaboran con un clima de extrañeza y melancolía bien contemporáneo. Lamentablemente, la sala en que se presenta (el Espacio Irreal) no está en las mejores condiciones para disfrutar del teatro: columnas que dificultan el seguimiento de la acción, poco lugar para el público y dificultad para el acceso y la salida. Aún así, Literatura es una obra de primer nivel, que afirma el lugar de Mariana de la Mata (Soñar despierto es la realidad) como una de las voces más interesantes de estos años.

Literatura, de Mariana de la Mata. Viernes, 23 hs. Últimas funciones. Espacio Irreal. Entradas y dirección sólo con reserva a reservasliteratura@gmail.com

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Interlocutor válido

Horacio Zabala. Las ficciones de Borges. 1999. Assemblage (17 envases de aceite, vidrio y acero). 95 x 14 x 16 cm

Horacio Zabala. Las ficciones de Borges. 1999. Assemblage (17 envases de aceite, vidrio y acero). 95 x 14 x 16 cm

Es increíble la diferencia del comportamiento del tiempo en Internet. Qué difícil que es encontrar el pasado. Supongamos que una vez escribiste un comentario en un blog que te encantaba, en, digamos, 2009. Es imposible encontrarlo. Supongamos que en 2008 viste una foto de tu artista favorito en el suplemento joven del diario El día de La Plata. Es imposible encontrarlo.

Por eso me chocó cuando estaba leyendo una letra de Kate Nash en SongMeanings.com y vi que el primer comentario era de octubre de 2006 y otro de abril de 2007 decía “por favor, Kate, tenés que sacar un disco!!” Claro, Nash era una joven inglesa de 19 años que había subido un par de temas a MySpace y se había viralizado (Facebook era casi inexistente) hasta cobrar una cierta fama que le hizo grabar, efectivamente, su primer disco ese mismo año. Y acá estamos, siete años después, Nash es una megaestrella pero acá siguen esos rastros.

Violeta Kesselman nos contó cuando vino a la radio que ella llevaba un blog también, más o menos en 2005, llamado Todos los días. Sigue online, nos dijo, porque ella quería. Es una decisión consciente, en este caso: una escritora que quiere preservar su material “temprano” al alcance de los lectores. Pero Borges nunca quiso re-publicar sus dos primeros libros de poesía. Cuando a Kesselman le pinte, aprieta el botoncito y adiós para siempre.

No entiendo cómo se va a preservar todo lo que se está haciendo. ¿Quién sabe qué banda tocó en el Café Einstein el sábado 13 de junio de 1987? ¿Y en Vuela el pez el domingo 2 de septiembre de 2012? Entonces me puse a recopilar algunas de esas cosas. Pero ¿dónde las tengo? En Google Drive. ¿Y cuando Google apriete el botoncito, como hicieron con Megaupload?

Hace dos años Agustina Gurevich presentó, en el ciclo “15/20. 15 directores sobre el 20 de diciembre de 2001” una obra que jugaba con esto. Era un unipersonal, la actriz tenía una pecera en la que iba haciendo un preparado con agua, juguetes, comida, etc. Sonaba un audio como de casete, gastado, una voz que arrojaba interpretaciones e instrucciones sin sentido. En un momento la voz (la propia Gurevich) dice “se preguntarán por qué en pleno siglo XXI estoy grabando esto en un casete. Porque creo en la obsolescencia de los dispositivos de almacenamiento digitales…”

Cuando no tengamos más pendrives ni celulares, ¿qué seguirá? ¿Las señales de humo? ¿Volveremos a escuchar a la banda del barrio en vez de buscar sesiones de Kate Nash en YouTube?

Visitante

Matías Duville. Sin título. 2007-08 Carbonilla sobre papel. 150 x 240 cm Cortesía de Col. Esteban Tedesco.

Matías Duville. Sin título. 2007-08
Carbonilla sobre papel. 150 x 240 cm
Cortesía de Col. Esteban Tedesco.

Hace unos días presencié, medio de rebote, una clase de teatro. De actuación, más específicamente, de expresión actoral.

Había unos diez alumnos, de entre 19 y 30 años. La sala, como suele pasar en los espacios no tradicionales, no había sido hecha para el teatro: tenía piso de pinotea, medio roto, y un escenario armado a los ponchazos con unos tablones de aglomerado sobre pallets levantados de la calle. El docente es un actor adulto-joven muy famoso, conocido a nivel latinoamericano hace más de diez años, con trabajos en cine y televisión.

Primero les fue diciendo a los pibes que pasaran al escenario, apagó todas las luces menos una que les daba en la cara y ahí arriba, solos, les preguntó qué veían. Entonces cada uno lo encaraba por un lado diferente: más objetivo, más reminiscente, más introspectivo, más humorístico. Y después el docente hizo devoluciones personalizadas a cada uno. El siguiente ejercicio consistía en pequeños monólogos de hasta diez minutos; cada estudiante había preparado algo con una consigna (era sobre una experiencia dolorosa, o similar).

Entendí por qué tanta gente estudia teatro. Es muy fuerte, es un espacio de liberación zarpado. Una piba se puso a putear contra el universal viejo verde pajero que les dice cosas en la calle. Otra se sumergió en los miedos que le generaba encontrarse con otra persona, que no terminó de definir (¿un exnovio?, ¿su padre?, ¿su terapeuta?) Y todos se escuchaban. Todos suspendieron las reglas de la sociedad para estar ahí, esas tres horas, creyendo en lo que los otros les decían. Les “montaban”. No hay muchos espacios así.

*                                                            *                                                         *

Hace unos días fui a Puán, facultad que hacía varios años, por suerte, no pisaba.

Me acuerdo de la primera vez que la visité, recién empezaba Sociología y tenía una amiga que había empezado Filo. Nos encontramos un viernes a la tardecita en el patio. Llegué y había como cien pibes tomando birra, fumando porro y tocando canciones de Fito Páez con la criolla. Era la gloria del estudiante (que no quiere estudiar, claro). Yo no curtía ni media, pero ese ambiente me cautivó y siempre que podía me mandaba. Después cursé tres materias, pero cada vez con menos entusiasmo.

El otro día entonces volví. Fui derecho a la biblioteca, mirando al piso para evitar toparme con conocidos, mendigos, militantes políticos y otras molestias. Consulté un libro espectacular: Poesía civil, de Sergio Raimondi. Lo leí casi de un tirón, no llegué a terminarlo. La biblioteca estaba llena y el aire viciado. Hice una pausita, me compré un café con leche excelente por cinco pesos. Cuando estaba saliendo me topé con una familia de indigentes que tenían una especie de colonia en el aula del subsuelo y repartían estampitas pidiendo monedas.

Los artistas

Pilar Gamboa encarna a Fauna, en la nueva obra de Romina Paula. Foto: Sebastián Arpesella.

Pilar Gamboa encarna a Fauna, en la nueva obra de Romina Paula. Foto: Sebastián Arpesella.

FAUNA

9

Dramaturgia y dirección: Romina Paula.
Elenco: Pilar Gamboa, Susana Pampín, Rafael Ferro y Esteban Bigliardi.
Iluminación: Matías Sendón.
Escenografía: Alicia Leloutre y Matías Sendón.

Ya nadie espera un telón cuando va al teatro. Butacas con respaldo… mucho menos. La sala 3 del remozado Centro Cultural San Martín no parece una institución pública sino que se asemeja a las decenas de salas independientes que han hecho de Buenos Aires una de las capitales mundiales del teatro. Más actores que gente normal en esta platea porteña.

Sala llena para una de las pocas funciones de Fauna, nueva obra de la no tan prolífica Romina Paula. Tres años después de El tiempo todo entero, la dramaturga, actriz, directora y escritora vuelve a trabajar con sus cuatro actores predilectos (excepto Esteban Lamothe, que acaba de ser padre y fue reemplazado por Rafael Ferro). El foco también está en los dramas que se desatan entre los personajes, pero ya no es la familia nuclear desbaratada por un intruso lo que causa los problemas. Las líneas se bifurcan.

Fauna es una mujer que falleció poco tiempo antes del presente del relato. Tenía 91 años y era conocida en la zona -el Entre Ríos rural- por su excentricidad. La obra empieza con un ensayo, “puesta en abismo” que nos corre un nivel más atrás para ver a actores que hacen de actores. José Luis (Ferro) quiere filmar una película sobre la vida de Fauna, recomendación que le dio su actriz-musa Julia (intachable Pilar Gamboa) quien, a su vez, interpretará su papel. Estamos en la casa familiar y María Luisa (Susana Pampín), su hija mayor, es la encargada de atender sus requerimientos y alojarlos a lo largo del proyecto. Su hermano Santos (Esteban Bigliardi) entra en escena para cuestionar los aparentes consensos alrededor de algo que no se sabe bien a qué conducirá.

A lo largo de la obra asistimos a la transformación de estos personajes aparentemente tan esquemáticos: Julia parecía una chirusa sin mayores virtudes pero resulta ser una mujer fuerte y decidida; José Luis se ve tironeado por las convenciones que lo atan a su familia pero tampoco quiere dejar a Julia; María Luisa va cayendo en la cuenta de que su madre es mucho más importante de lo que pensaba y que si estos “artistas” (como los recibe Santos) quieren alcanzarla, más vale que ella esté allí de antemano.

Fauna es una pieza compleja, graciosa y triste, llena de desvíos e historias intercaladas. Las luces y el escenario (de Matías Sendón y Alicia Leloutre) vuelven a probar su justeza para enmarcar la acción dramática. Se siente un poco tal vez la falta de música, pero la abundancia de diálogo colabora al sentido final. Que no es otro que la búsqueda de la identidad en conversación con los otros y con nosotros mismos.

Fauna. Centro Cultural San Martín. Sarmiento 1551. Hasta el 30 de junio, de jueves a sábado a la 21 hs, domingo a las 19 hs. Entradas: 60$. Domingos, día popular: 40$. En agosto vuelve, en el Espacio Callejón. 

Entre las tablas

Tomás Espina. Vanavolar. 2007. Registro en DVD Acción realizada en los galpones del Ferrocarril Oeste el día 12 de mayo de 2007, Buenos Aires. Duración: 1 minuto, 14 segundos. Edición: 1/10

No recuerdo cuándo fui por primera vez al teatro de adulto. De chico sí, con el colegio, en vacaciones de invierno. Pero en qué momento empecé a buscar, a conocer los espacios, a meterme en esa red que te lleva de un actor que viste en tal obra a tal otra, recomendación de amigos de amigos.

Son esas secuencias que no tienen principio. La búsqueda de “teatro” en este blog me tira 64 entradas. Las primeras, de mediados de 2008, son de música clásica. En el teatro Coliseo, claro… Porque el Colón estaba cerrado; en 2007 todavía seguí abierto antes de la remodelación. Para el Mozarteum… qué épocas. Había sacado el abono joven, cinco conciertos por cincuenta pesos. Después me enteré de que estaba apoyado por fundaciones y empresas más que turbias (Amalita Fortabat y cía).

Pero el teatro, obras, con una amiga que estudiaba con Santiago Gobernori y Matías Feldman fuimos a ver Todo se desmorona salvo este dolor al espacio Callejón. Me descolocó el ambiente, una casa antigua tipo PH, pasillo al fondo, un solo baño, un barcito, la sala chica (aunque luego me parecería el Colón al lado de otros). Y de ahí en adelante recorrí muchos, Bravard, La carpintería, Elefante. El último fue Granate, el viernes pasado. Distintos, pero con una propuesta fresca, que vale la pena.

*                                           *                                          *

“Ma, ¿me recomendás un trabajo?” (niño de seis años)
“¿Qué?” (la madre)
“Sï, un trabajo para que pueda tener mucha plata. No sé, ¿periodista?”
“No sé, hijo… Andate con tu tía a Estados Unidos”

 *                                           *                                          *

Hoy leí en el Clarín una entrevista a Jonathan Franzen, el novelista estadounidense. Hacía mucho que no leía nada de él. Es de esos escritores que en otras partes del mundo le dan mucha máquina en su momento y entonces en los mercados periféricos son un éxito de venta en traducciones, hechas generalmente en los centros del idioma en cuestión (acá sería España).

Me sonaba del Babelia, seguramente, hace unos años cuando se publicó en España su novela más conocida, Libertad, esa que le deparó la tapa de la revista Time. Obviamente enBabelia después salió libro del año, etc. Pero esa era una entrevista, también, más larga quizás que la de Gabriela Cabezón Cámara en Clarín. Me resultó un típico escritor norteamericano, con esa grandilocuencia por lo “American”, las novelas largas y las alegorías.

Pero después cuando me compré el Kindle averigüé y en Amazon estaba Freedom. En una de las reseñas de los usuarios decía que la anterior, The corrections, era mejor, o al menos era lo mismo pero sin tanta movida de prensa. Me compré esa (13 U$S) y me la mandaron instantáneamente al aparato.

Es de esas novelas épicas, la épica de lo conocido más bien. Excelente, qué más decir. Las cuatro patas de una familia de clase media yanqui que solo se encuentran una vez en el libro, y las vidas de cada uno. Ahora la reeditó en español Edhasa. Debe ser cara.

The arbor (2010)

Manjinder Virk encarna a la hija de Andrea Dunbar, Lorraine, en la película The arbor.

The arbor es una película extraña. Nunca se estrenó comercialmente en Argentina pero su éxito en la prensa especializada y entre los teóricos del cine más importantes del mundo la convierten en un mojón, un antes y después del séptimo arte en el siglo XXI.

Se trata de un documental sobre la vida y obra de la dramaturga inglesa Andrea Dunbar, fallecida de una hemorragia cerebral a los 29 años en 1990. Su vida estuvo marcada por el horror: abusada por su padre alcohólico desde niña, se condenó a una repetición de sus errores que resultaron en tres hijas de tres padres diferentes y ninguna convivencia estable.

Hasta ahí, una vida atormentada más. Pero lo que hace de The arbor una de las mejores películas de la década pasada (que le valieron premios en el festival de Tribeca y un British Independent Film Award) es su planteo formal. La directora Clio Barnard se pasó años entrevistando a personas relacionadas con Andrea Dunbar; desde sus hijas hasta directores de sus obras y productores teatrales. Y la siguiente vuelta de tuerca viene con la actuación: sobre las grabaciones de audio de los testimonios, hay actores que hacen lip-synch. Es decir, Lorraine Dunbar, en la película, es interpretada por Manjinder Virk, pero su voz es la de Lorraine Dunbar en la entrevista.

Se incluyen también materiales de archivo: entrevistas con Andrea en los momentos más importantes de su carrera (estrenó The Arbor, su primera obra, en 1980, a los 19 años, en el Royal Court Theatre de Londres; la había empezado a escribir a los 15), filmaciones de puestas en escena de sus obras. Otra parte interesante es la recreación de escenas de The Arbor en el presente de la filmación, en un jardín del complejo habitacional de Bradford donde ella creció y que le proveyó la inspiración del ambiente working-class y racista de sus escritos. Mientras se representa la escena teatral para la cámara, vecinos del barrio se acercan, curiosos.

The arbor juega con los límites de la representación, de la biografía y del devenir histórico de una clase social olvidada, la white trash de la cultura inglesa. El acento, cerradísimo, hace muy difícil la comprensión del inglés para el espectador argentino. La alternancia de personajes “reales” hablando por sí mismos y de actores encarnando a otros confunde aún más la recepción, pero la edición es tan certera que nunca se pierde el hilo. Lo que sí, constantemente se genera un extrañamiento brechtiano: estás viendo una recreación de una recreación de lo que alguna vez fue una vida. Es un pensamiento intrigante y la resolución cinematográfica es magistral.

El sentido

Rafael Spregelburd, en el ciclo de charlas TEDx Buenos Aires realizado en abril del año pasado.

Ya lo conocemos a Rafael Spregelburd. En su faceta de actor, de director, de dramaturgo, de polemista constante y creador que desata tanto pasiones como cóleras irreversibles. Sus obras de teatro son famosas por durar hasta tres horas (“no entiendo por qué, ahora parece que se instaló la idea de que una obra tiene que durar una hora”, dijo en una oportunidad). Y surfeando en la Web, me topé con este video de su presentación en el TEDx Buenos Aires del año pasado.

Arranca medio perdido, no sé si estaría nervioso por las características del encuentro. Esta especie de “simposio” abierto a la comunidad, las llamadas “charlas TED”, son eventos de un día en los que se convoca a oradores de las diversas ramas de las ciencias, las artes y personalidades públicas en general (políticos, empresarios) para desarrollar, en un máximo de 18 minutos, un tópico de su interés y conocimiento. El eslogan de TED es “ideas worth spreading” (“ideas que vale la pena difundir”) y, justamente, su atractivo reside en la amplia variedad de temas y perspectivas que se tocan.

Spregelburd habla del arte, en general, y del teatro, en particular. Saca una lámina y dice “¿qué ven?”, un cuadrado, pero en realidad son cuatro líneas que no se tocan en los vértices y que nuestra mente une para ver un cuadrado. Vemos lo que estamos preparados para ver, lo que mejor se ajusta a lo que ya conocemos.

Lo que vemos es lo que jerarquizamos con respecto a lo que no vemos. Percibimos el “significado”, pero no el “sentido”, siguiendo los términos de Del Estal, al que sigue Spregelburd. Está buena la inversión, porque el sentido sería lo que está atrás, lo que es invisible, en blanco, “donde están las verdaderas preguntas interesantes”.

Y después lo pasa al teatro. Un cuadrado seguido de otro cuadrado. Lo conocido, lo imaginado. Siguiente lámina: un cuadrado, una espiral, una fórmula matemática, signos sin sentido. Son las vanguardias, pero con respecto al sentido es igual a la primera: se reduce, aunque no por “esperado” u “obvio”, sino por lo contrario, por darme exactamente igual lo que pueda suceder. Pero es el tercer caso el que le interesa a él. “Esto sería una película de David Lynch“, señala, porque hay una sucesión, hay una expectativa que después se ve truncada, pues la resolución no tiene nada que ver.

Acá reside la potencia de cierto arte (no sé por qué pero me vino Roberto Bolaño) que, sí, parece realista, lineal, pero atrás, en ese sentido invisible, esconde una pregunta, un secreto, algo verdaderamente misterioso.