Suenan las campanas

South Side, Chicago, por Walker Evans

Walker Evans. South Side, Chicago. 1946. Impresión en gelatina de plata. 18.8 x 15.4 cm.

Fuera de contexto cumplió cinco años.

La única felicitación que recibí fue de WordPress.com, pero creo que se deben haber acordado por motivos electrónicos más que afectivos. Aparte cada vez tengo menos visitas. Cada vez escribo menos.

Me acordé por el aniversario de la muerte de Ginzburg y por el cumpleaños de mi amigo Diego, el 9 de marzo. Me olvidé de su cumple y lo llamé al día siguiente, a la noche, después de abrir el blog. De hecho el primer post está fechado 11 de marzo, porque serían las 0:10 AM. “Abrí un blog”, le dije.

Una de las primeras devoluciones que tuve fue de un amigo de la secundaria que me dijo que no le gustaban mis “sincericidios”, esos posts que escribo de vez en cuando con sucesiones inconexas de oraciones que empiezan con “Este blog está a favor de” y “Este blog está en contra de”. Lo había ofendido algo, no sé, ponele que había puesto “Este blog está en contra de los que doblan los pantalones antes de cojer”, entonces me dijo que él era de esos y que por eso no lo iba a leer más. Por más tonto que sea, me dolió. Yo quería que me leyeran, quería ser popular.

En estos cinco años terminé la carrera de Sociología, empecé la Maestría, sigo desempleado, tuve una novia y un par de chicas, conocí nuevas ciudades sobre las que traté de escribir, me hice nuevos amigos, dejé de frecuentar a otros, leí muchos libros, escuché mucha música, empecé y terminé un programa de radio de dos años y tres meses, me sumé a un proyecto cultural que me atrajo como pocas cosas me habían atraído, apliqué para becas en el exterior que “were not successful”, salí con una inglesa que no quiso volver a salir conmigo porque le parecí muy “knowledgeable”, estuve dos años en una cátedra de la facultad en la cual no vislumbraba ningún futuro más que reuniones y clases deliciosamente rutinarias, seguí sosteniendo que mis pasiones son la literatura, la música y la sociología (el orden depende del día), me compré un Kindle, entrevisté a músicos extranjeros que admiro, me peleé con una amiga a la que quería mucho, viajé dos veces en avión, conocí por separado a los músicos de la mejor banda argentina de los últimos diez años y después cuando se juntaron uno me dijo que mi “fanatismo” había tenido una pequeña (chiquita, mínima) influencia en su decisión, volví a usar mi bandeja y empecé a comprar vinilos por internet a dólar-tarjeta, dejé de tomar el subte, festejé la creación de la SUBE, fui rechazado en un par de entrevistas de trabajo y por un par de chicas, cambié de cama, de almohada y ahora tengo aire acondicionado en mi cuarto.

[Me acaba de llamar Diego. Posta].

Como decía Pity, “dicen que el agua va a ser un problema en poco tiempo, así que vayan juntando bidones en la terraza”.

Prestigio

Tacita Dean. Wasp. 2000. Fotografía sobre papel. 303 x 406 mm.

Creo que había paro o estaba tomada la facultad. Me llamó un amigo y hablando del tema me dice: “loco, a la facultad se va a estudiar”.

De esto hará tres años. A fin de cuentas tenía razón: en última instancia, a la facultad se va a estudiar. ¿Por qué el Estado le paga a los docentes (a algunos), a los no-docentes (a todos), a los investigadores? Para que nosotros estudiemos. Porque no todos llegan. Si más del 50% de los estudiantes de todas las facultades (menos la FFyL) vienen de colegios privados, ¿por qué esos pibes no pagan la universidad? Es un debate que hay que dar, me parece.

Denis Merklen contaba en el libro de los asentamientos en La Matanza el caso de un chico que había empezado a ir el CBC, ubicate época plena miseria menemista donde no había un peso partido a la mitad en el conurbano. El pibe se tomaba dos colectivos y el tren, todos los días. A veces no le alcanzaba la plata y como el colectivero del barrio lo conocía lo llevaba gratis hasta la estación. Pero otros días no podía ir. Entonces dejó de estudiar.

¿Cuándo van a estar los resultados del Censo 2011? Ese que se tiene que hacer cada cuatro años pero desde 2004 no se hacía. Si seguimos agregando prórrogas vamos a llegar al Bicentenario, en 2021…

Una vez escribí algo sobre la composición de los estudiantes de la UBA. En el programa de Lanata el miércoles hablaban con una estudiante de Ciencia Política y el conductor decía “porque todavía mantiene el prestigio la UBA como una de las universidades más importantes de no sé dónde…” Más allá de que la carrera de Ciencia Política es una basura, bueno, en general a la Universidad los rankings no la acompañan, pero pongámosle que tomamos otros indicadores… ¿como cuáles? El pibe de Merklen, hoy, estudiaría en la UNLaM y se recibiría y podría trabajar y ganar más plata y tener más prestigio que toda la UBA junta.

Leyendo viejas revistas El ojo mocho. Una del ’97, entrevista a Fogwill… Uf, no tiene desperdicio, el viejo Fogwill, QEPD. Y hablando de la universidad le dice a Portantiero:

“Portantiero, escribí alguna vez un soneto, así podés morirte y que la humanidad sepa que escribiste algo… gratis. Un soneto. Porque la primer cosa la escribió para el PC, la segunda para el diario Clarín, la tercera para la FUndación Transtember de Uruguay (…) Algo gratis, loco. Mirá Wittgenstein, cuántos libros gratis escribió”

Palabras no tan ajenas a la coyuntura de nuestros días.

Mentira

Leopoldo Presas. Sin título. 1984. Óleo sobre tela. 144 x 103 cm.

Era uno de los temas de Miranda que más me gustaba. La primera vez que los vi en vivo, playa Mar del plata enero 2004, abrieron con esa. Tenía un amigo marxista que decía que Miranda era la banda sonora del kirchnerismo. No se sostenía, pero le reconocí la seducción de lo arbitrario.

Hace unos días una socióloga lamentó públicamente que no hubieran datos cuantitativos confiables para el análisis sociológico. Ayer escuché que para el INDEC el 6,5%  de los argentinos vive por debajo de la línea de pobreza y el 1,7% por debajo de la de indigencia. Es decir, 2.600.000 y 860.000 personas, respectivamente.

La pobreza se mide a partir del precio de un conjunto de bienes y servicios, englobados bajo el nombre de Canasta Básica Total (CBT). La indigencia, con lo necesario para cubrir apenas los gastos de alimentación básicos, se mide con la Canasta Básica Alimentaria (CBA). Para el INDEC, en marzo de 2012 una familia tipo necesitaba 22$ por día para poder superar el umbral de indigencia. Con más de 50$ por día, dejaba de ser pobre.

La mentira del INDEC se llevó a cabo, básicamente, dejando de mirar la realidad. Antes de 2007, encuestadores del INDEC recorrían negocios del AMBA (única aglomeración urbana a partir de la cual se mide la pobreza a nivel nacional, cayendo en otra grave falta sociológica) y medían los precios. Positivismo puro y duro. Desde entonces, en cambio, los precios se hacen a partir de las listas de bienes acordados por el gobierno, que los negocios teóricamente suscriben, por lo cual la variación mensual es sensiblemente menor. No se ven más las góndolas.

Por otra parte, el relevamiento de precios (resumidos en el Índice de Precios al Consumidor, IPC) perdió su confiabilidad a partir de que se lo empezó a ajustar por esa inflación oficial intervenida, lejos de las mediciones de otras delegaciones provinciales del INDEC (Chubut, Mendoza) y de organismos académicos y consultoras privadas.

Uno de estos organismos, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, llegó a cifras de indigencia del 5,4% y pobreza del 21,9%. Todas las mediciones coinciden en que desde 2002 bajó la pobreza (chocolate por la noticia), pero la distancia entre mediciones oficiales y alternativas no hizo más que agrandarse desde 2007.

¿A quién quieren engañar? ¿Será un mero “miente, miente, que algo quedará”? La hipótesis de la deuda atada al CER no corre más, pues fue cancelada hace unos años. Cuesta creer en un gobierno que se llama popular y no hace nada ante personas que mueren de frío en la calle o niños desnutridos o familias que como no tienen gas tienen que comprar una garrafa por mes que sí aumenta, no como el gas de red que importamos de Bolivia porque el de acá no alcanza con tarifa hipersubsidiada congelada desde 2003.

Me estoy comiendo las uñas por los datos del Censo 2010. Hay un par: el 41,1% de las personas que viven en el Conurbano bonaerense no tienen acceso a la red cloacal, etc. Pero de eso no se habla.

Salida, voz y lealtad

Patrick Wilson. Redhead. 2011. Acrílico sobre lienzo. 125 x 150 cm.

La semana pasada me fui de excursión a la hermosa UNGS. Me quedé leyendo un Handbook de Economic Sociology. Era un artículo sobre las emociones y la economía, y en la bibliografía estaba citado Exit, voice and loyalty de Albert O. Hirschman.

Hirschman siempre fue un autor que me intrigó. Lo vi muy citado en publicaciones de diversas áreas: eso ya es, para mí, una ventaja. Lo que me interesa son los libros que no caen en una jerga de especialistas, en un círculo de iniciados. Por ejemplo, El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, ¿qué es? No es de historia, ni de política, ni de sociología, pero les sirve a todos. Y hace un par de años me había devorado un libro de Hirschman, Las pasiones y los intereses. Estaba cursando “Sociología política”; obviamente no era bibliografía indicada por la materia, pero, como los buenos libros, me sirvió para entender más el tema.

Este solo lo tenían en la biblioteca del IDES. En castellano (FCE, 1977). No sale, así que lo leí entre el lunes y ayer. Lo que más me llamó la atención fue el título, que significa más o menos esto.

Ante la declinación de una empresa (o de un partido político), los consumidores (o votantes, uso indistamente de acá en más) pueden tomar dos vías: la salida o la voz. La primera, abandonarlo en favor de un competidor, es más usual en las empresas; la segunda, reclamar para que vuelva a mejorar, es más común en los partidos.

Ahora, qué pasa, el tipo empieza a hilar más fino, empezando por los usos más extendidos de lo que se creía, de la voz en el mundo empresarial (movimientos de consumidores) y de la salida en la política (sistemas multipartidarios, fragmentados, en suma: no-norteamericanos).

Después analiza que los análisis econométricos se fijaban solo en las variaciones de demanda cuando aumentaba el precio de la oferta; ¿pero qué pasa cuando disminuye la calidad? Bueno, descubre que los primeros que se van, en ese caso, son los que más valoraban la calidad, y que no les importaría pagar un poco más (con el competidor) si la mantiene.

Lo destacado del libro es cómo rescata aspectos “irracionales” partiendo de un esquema tan “rational choice“. Y después introduce la “lealtad”: algunos aguantan la declinación sin salirse ni hacer escuchar su voz, lo cual por una parte es bueno (la organización puede “dejar todo como está”) pero por el otro no (porque, cuando se deteriore realmente, los reclamos y los exilios serán destructivos).

Y después me puse a analizar mentalmente: los partidos de izquierda, una salida poco costosa pero una posibilidad de hacer oír la voz, o el gobierno kirchnerista, altos costos para la salida, ingreso traumático, poca receptividad a la voz. Un ejemplo.

Albert O. Hirschman. Salida, voz y lealtad: respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y Estados. México, Fondo de Cultura Económica. 1977.

Todo lo que necesitas

Elger Esser. Arles I, France. 2009. Fotografía C-print. 142 x 184 cm.

Es fuerte encontrarte con una persona que ha tenido una vida tan distinta a la tuya. Sobre todo cuando te enfrentás a un modelo de “éxito”, si se quiere, que está tan ligado al arte, a la creación, a hacer algo de tu vida.

El tipo se llama Claudio Tolcachir. Es un actor, director y dramaturgo argentino, tendrá 35 años y actualmente tiene dos obras en cartel en su teatro Timbre 4. Una de ellas, La omisión de la familia Coleman, está en el mismo lugar, con el mismo elenco, hace seis años.

Contaba Tolcachir que él ensayó Coleman cuatro meses, improvisando, con los actores, en su casa. Tenía una idea de los personajes: una familia, la madre, la abuela. Y en un momento empezó a decirle a uno: el otro día te llamó tal y él no te dijo, después iba al baño, donde estaban los otros dos actores y les decía ellos están pensando en irse, ¿qué van a hacer? Se fue armando hasta que en un momento la escribió.

Meté en Google “la omision de la familia coleman” a ver qué te sale. Dijo que nunca estudió dramaturgia, que si no se juntaba con los actores a ensayar de 12 a 4 de la mañana nunca la hubiera escrito. Después escribió dos obras más, dirigió en el circuito comercial (Agosto, Todos eran mis hijos).

Ahora dos cosas. Una, la reivindicación de “lo independiente” por sobre todas las cosas, y que eso nos hace mejores. Tolcachir relató cómo en Europa no ensayan una obra, ni consiguen actores, si no tienen una beca lista, la sala contratada, etc; y se extrañaban de que acá se junten ocho tipos a preparar gratis una obra sin ninguna certeza. De ahí él sacó como conclusión, la típica, que estamos “curtidos” en la miseria y de ahí sacamos fortaleza. El peligro es que te venga un Macri (o sea, sigan así, no pensamos poner un peso) y después ¿con qué cara te quejás?

Dos, la gente del arte que siente la necesidad imperiosa de hacer cosas. Para los sociólogos no es tan fácil cagarnos en todo y salir a hacer investigación social. Pero los actores y directores de teatro, que son muy apasionados, sí pueden ensayar gratis y trabajar de camareros de día; de hecho lo hacen. Pero yo tengo amigos que tienen la edad de Tolcachir y viven con los viejos. En vez de mendigar becas a la universidad o al CONICET, ¿por qué no nos conseguimos un laburo de verdad y hacemos nuestra profesión, nuestra vocación, por la necesidad de hacerlo, por el amor?

Por afuera

Jan Timme. One, two, three… 2005/2010. Fotografías color enmarcadas. 73 x 315,6 cm (en total).

No sé cómo empezar. Hace unos días que vengo pensando en qué debería escribir, cómo no ser muy duro pero al mismo tiempo cómo no traicionarme, cómo no suavizar lo que pienso con miras a un futuro incierto en el cual tal vez mi opinón no sea tan radical.

Las cosas más interesantes que leí en los cuatro años y medio de mi carrera de Sociología las leí por afuera de la facultad. A veces, en otro idioma, porque ni siquiera estaban traducidas al español.

Vigilar y castigar de Foucault. Lo saqué de la biblioteca del colegio, a fines de sexto año. Me recuerdo, desde afuera, como si estuviera viendo a ese adolescente que era yo, leyendo Vigilar y castigar en el claustro central del Nacional.

Qué otro. Las cárceles de la miseria de Loïc Wacquant lo compré una noche de invierno en la librería de la esquina de Puán, había ido a visitar a mis amigos que estaban recién empezando esas carreras idealistas, Filosofía, Letras, que hoy ya todos han abandonado. Al día siguiente se lo llevé a Wacquant, en una charla, y me lo firmó.

Resistance through rituals, Hall y Jefferson comps., me lo trajo un amigo de Londres en la primavera de 2009.

La política de los pobres y todo Auyero, de bibliotecas, prestados, alguno comprado (Inflamable en una mesa de usados, medio mojado y todo chamuscado, en una peatonal de Mendoza).

El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, quizás el mejor libro de sociología que he leído, comprado en LSF de un lote de 700 ejemplares que, me enteré, se importaron en 2009 y hoy libreros y bibliófilos añoran.

En busca de respeto de Phillippe Bourgois, gracias a mi amiga C. en Prometeo 40% de descuento dos semanas después de su aparición (por primera vez traducido al español).

Las personas que fui viendo, los sociólogos y demás especialistas que me cambiaron la manera de entender la disciplina, la vida. Gabriel Kessler comentando una ponencia sobre asociaciones de padres de Cromañón. Javier Auyero hablando de dominación social con fotos de Villa Inflamable. Robert Castel, frágil, disertando sobre la sociedad del riesgo con Abal Medina (¿?) a su lado. Wacquant. Phillipe Bourgois en el IDES. Cristian Alarcón en unas Jornadas de Periodismo en La Plata.

Ningún profesor de la UBA. Ningún eminente cerebro que se haya contentado con seguir trabajando en una facultad derruida y mediocre.

Me tienen podrido con el nivel de la carrera de Sociología de la UBA. En todos estos años (algún diletante todavía debe estar cursando Sistemática) me cansé de escuchar diatribas sobre qué pobres son los estudiantes extranjeros. “Estudian de manuales”.

¿Con cuántos estudiantes brillantes me crucé en estos cuatro años y medio? Los cuento con los dedos de una mano. ¿Con cuántas personas que no estaban (no están) capacitadas para estudiar en la universidad? No me alcanzan los granos de arena del desierto.

Mi paso por la Facultad de Ciencias Sociales se divide en dos: la Carrera; y la Sociología. La segunda enriqueció mi vida. La primera me disgustó. Por momentos me hizo rabiar, me avergonzó, me encandiló y me expulsó. En varias oportunidades tuve que alejarme de la primera para acercarme a la segunda. Mis mejores contactos con la Sociología fueron por afuera de la Carrera.

Qué triste. Si pudiera volver el tiempo atrás… ahhh. No se puede.

En defensa de las ciencias sociales

Uno de los mil colgantes de plata producidos por John Armleder para el Puma Reality Bag Project. 2008. 2,9 x 5,1 x 3,8 cm c/u.

El futuro profesional de los especialistas en ciencias sociales es, para Antonio Muñoz Molina, “mucho más sombrío que el de los echadores de cartas”. Mientras tanto, “en una facultad de físicas (sic) hay menos de dos alumnos por profesor”. Una vaga promesa de aventura o “leyenda de dinámica moderna” es lo que conduce año a año a miles de estudiantes a las “pseudociencias”, y ya las llamemos ciencias de la comunicación, ciencia política o sociología, son “casi lo mismo” que la astrología o la teología.

Estas y otras opiniones expresó el pasado sábado 18 de junio el escritor y periodista madrileño, en su tradicional columna del suplemento Babelia del diario El país. Disparadas por un encuentro con científicos en la Universidad de Cádiz, el autor de El viento de la luna construye una melancólica evocación de pedagogías olvidadas, con un sentido de la educación ya antiguo.

El artículo está plagado de inexactitudes y posturas demodés. Así, acuerda explícitamente con una visión “autónoma” del arte según la cual “uno se resignaría” a aceptar que un estudiante no comprendiera un poema de Garcilaso “si al menos hubiera adquirido una gran formación matemática o científica”. Es decir, el español, reciente visitante de la Argentina, mantiene la creencia en “las dos culturas” de C. P. Snow: una literaria y otra científica, irreconciliables pero perfectamente jerarquizadas a favor  de la segunda.

Después se vuelca a la consabida crítica de la proliferación de nuevas “ciencias” (de la información, del trabajo) para asombrarse, cínico, de que “el ejercicio público del raciocinio y de la precisión informativa sea cada vez más raro entre nosotros”. Introduce la vieja definición (moderna, y antes griega) de ciencia como saber racional y riguroso; cuando desde los estudios de sociología de la ciencia de los últimos cuarenta años (Knorr-Cetina, Latour y Woolgar, etc) sabemos que la ciencia no es más que un mecanismo aceitado de “fabricación del conocimiento”.

Por último cae en la lamentable defensa acérrima de “la ciencia” como reservorio de la verdad, típica, por otra parte, de los no científicos (como demuestra cualquier encuesta de prestigio ocupacional). Dice que los científicos (a diferencia de “expertos en literatura, en sociología”) “no hablan en jerga” -intente leer un paper de Cell y luego me dice. Ellos tienen “la obligación y la costumbre de permanecer atentos a la experiencia de lo real, de someter cada intuición, cada hipótesis, al escrutinio de sus colegas” (el subrayado es mío) -lo más difícil de encontrar en los laboratorios, sabemos, es el mundo real. Y como corolario, cita a uno de los asistentes, el físico de Sevilla Manuel Lozano Leyva, que dice que “en ciencia los fraudes tardan muy poco en descubrirse” -claro, por eso vivimos solo quince siglos creyendo que la Tierra era el centro del Universo.

El artículo “Los saberes” de Antonio Muñoz Molina se puede leer acá.