Nuevas estrategias para el libro

Ricardo Piglia (derecha) en el diálogo “Escribir con la literatura argentina”, con Pablo Gianera, ayer en la Feria.

En el seno la industria se ha debatido mucho en los últimos años sobre el avance del libro digital. Los más apocalípticos creen necesario agregar al debate su contraparte caótica: el fin del libro de papel. Pero algunas editoriales pequeñas y emergentes siguen apostado por el libro de papel, colocando mucha dedicación en su carácter de “objeto”.

Una de las editoriales más destacadas que se colocan en esta línea de desarrollo es Libros del Zorro Rojo (stand 427). Nacida en Barcelona y con sede en Argentina desde noviembre de 2010, sus libros ilustrados son un auténtico deleite para los sentidos. “Los libros tienen un diseño gráfico muy cuidado”, explicó a Fuera de contexto Fernando García ayer, rodeado de las “evidencias”. Para jóvenes y adultos se destacan clásicos de la poesía (Bajo la lluvia ajena de Juan Gelman, con ilustraciones de Carlos Alonso, 120$) y una exquisita serie de terror (Lovecraft, Ambroce Bierce); tienen también toda una colección infantil, tanto con ilustraciones originales (Carlos Nine, Luis Scafati) como clásicas recuperadas. Las dos obras más exitosas de la editorial, sin embargo, son La condesa sangrienta (104$), único relato en prosa de Alejandra Pizarnik, ilustrado por Santiago Caruso; y la novela gráfica Carlos Gardel (115$), de Muñoz y Sampayo.

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¿Para qué debería yo, que estoy en contacto con el mundo de los libros y la lectura, ir a ese zoológico anual que es la Feria? Muchas personas se plantean todos los años este tipo de interrogantes. Una respuesta podría ser: para descubrir lo nuevo, que siempre existe.

Un stand destacado por el que podría darse una vuelta usted, lector avieso, es el de las revistas culturales y espacio de poesía (n° 2544). Hasta el año pasado eran dos, ahora los unieron. Debe ser el stand más despojado de la Feria: solo hay libros y revistas contra las paredes divisoras, en estantes. Pero, al mismo tiempo, es el único en que se siente la paz y la concentración que las palabras pueden inocular.

Decenas de editoriales de poesía presentan aquí sus volúmenes, algunas más conocidas (Del Dock, Adriana Hidalgo), otras menos (Del Copista, En Danza), pero todas con un formato atractivo y delicado. En este sentido, la poesía es el último refugio del “libro de papel”.

Las revistas literarias y culturales también tienen su lugar. Están esas que sacaron dos o tres números junto a las más establecidas y elaboradas (como Artealdía). Inmerso en todo esto, como al azar, me llamaron la atención dos “objetos”: la revista Diccionario (ocho números por ahora, 30$ c/u) y el libro Sueño americano (Caballo Negro editora), de María Teresa Andruetto (25$). Una casualidad: revista, autora y editorial cordobesas.

Otro stand con editoriales pequeñas y muy interesantes es Bajo la luna (n°2410). Además de la editorial de dicho nombre hay libros de Cactus, La cabra, Caja Negra y La bestia equilátera. Algo van a encontrar.

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La previa

Benito Laren. Carioca. 2006. Puerta de auto intervenida.

Los peores no son los que hablan sin saber. Son los que hablan de algo que es parecido, está ahí nomás, de algo de lo que saben. Una mina que es profesora de Zoología y se especializa en copépodos de agua dulce no te va a salir a hablar de los gastrópodos del género Cerion. Pero a un politólogo especialista en transiciones a la democracia no le va a temblar el pulso para hablarte de cómo combatir “el flagelo de la inseguridad” en Buenos Aires. Ah, pero ojo, es “el Doctor” bla bla bla, Profesor Titular en la UBA (que seguro que nunca va a dar clase pero igual cobra y su ejército de ayudantes ad honorem se pelean por quién le chupa el culo más rico), graduado de la University of no sé qué.

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Me gustan esos momentos en que la vida se cruza con la literatura, pero adentro de la literatura. Cómo olvidar “Continuidad de los parques” de Cortázar. Un señor burgués, como tantos personajes de ese Cortázar fuertemente antiperonista, muy apurado, que abandona una novela “por motivos urgentes” y más tarde la retoma en un viaje en tren a la finca y finalmente en un cómodo sillón. Es un cuento de dos párrafos, acá está.

Bendito sea Scribd. Tómense el tiempo para leerlo. Ricardo Piglia tiene un capítulo espectacular sobre este texto en El último lector. La lectura guía todo el cuento.

Hay otro que leí hace poco, del gran escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. Un escritor y crítico literario que se aloja en un hotelucho, por un congreso, y le toma cariño a una mujer que vive en el cuarto de al lado con sus cuatro hijos. La mujer, sobrepasada, termina matándolos a pesar de la ayuda que le prodigaba su nuevo compañero. El tipo la denuncia y el cuento termina así: “Esa misma noche abandoné el hotel y me fui de La Paz. Nunca más volví a analizar libros, descifrar su sentido” (1). Su ponencia se llamaba “Entropía y literatura”…

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(1) “Entropía”, en Lamujerdemivida Dic 2006; 39: 15-17.

Una historia

s/t, por Jimena Travaglio

Jimena Travaglio. s/t. Acrílico sobre tela. 22 x 22 cm.

Carolina Esses escribió hace unos días una entrada en su blog que trata un tema que no por repetido deja de ser interesante. Es el viejo debate acción vs. metaficción. Esses estudia en Puán, a donde de hecho la conocí en una clase de Teoría y análisis literario: había ido como invitada para hablar de la autoficción o de la escritura en blogs. Pasó su dirección y desde entonces lo sigo. Sus poemas son muy hermosos – “Te imagino” es uno de los que más me gustan.

Volvamos a la faceta crítica-literaria-de-blog. Acción-metaficción también puede ser entendido como la discusión “literatura académica vs. mercado”, dice Esses. ¿Qué significa todo esto? En términos extremos se refiere a aquellas obras literarias que se basan en la acción, una trama más o menos lineal sobre la que se apoya fundamentalmente la narración, por un lado; y aquellas que se inclinan por la experimentación formal, de vanguardia o llena de referencias meta-textuales (generalmente, a otras obras literarias), por el otro. Las primeras serían las que se venden, las segundas no (para más precisiones sobre cómo la literatura argentina metaficcional consiguió paradójicamente conquistar un buen mercado, ver Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda, Rosario, Beatriz Viterbo, 2004).

Esses habla precisamente de La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, el cual en verdad no leí, de hecho no leí nada de Piglia, pero por la posición que ocupa en el canon literario argentino me imagino de qué la va. Dice que en dicha obra “el artificio está tan presente en la trama que se cuela en el estilo”: Literatura de Puán I. Martín Kohan me respondía a una pregunta por el canon argentino, para el cual yo había aventurado los nombres de Piglia, Fogwill, Saer y Aira, que él adhería a esos nombres, pero que otros lo llamarían “el canon de Puán”. O sea, ¿el canon de Puán son escritores meta-ficcionales, retorcidos y que nadie lee afuera de dicha casa de estudios…?

Aira, para Esses, trabaja en esos términos de autorreferencia, pero le gusta, logra atraparla. Otro ejemplo que mencionaría, para referirme a una novela que todos seguramente leímos, es Cicatrices, de Saer. Tiene referencias metaliterarias, sí. Se lee en Literatura argentina II desde hace 25 años, sí. Si sabés que Philip Marlowe es el protagonista de las novelas de Raymond Chandler lo disfrutás más, sí. Pero eso, en mi opinión, no la hace menos “entretenida”, en el sentido más banal del término: cuenta una historia, una historia policial muy atrapante. Sí es cierto que tiene pasajes más arduos (¡por dios, ese tipo no para de dar vueltas con el auto!). Pero cualquier lector más o menos paciente puede leerla y disfrutar de una excelente novela.

Homenaje a Julio Cortázar (1914-1984)

Encuentro en Hiroshigue, por Dani Dan

Dani Dan. Encuentro en Hiroshigue. Acrílico sobre tela. 100 x 120 cm.

Recientemente leí un artículo del profesor Aníbal Jarkowski, aparecido en La mujer de mi vida de Octubre de 2007. El eje de la revista era “Volver”, y en su columna Jarkowski habla de la “relectura”, esa afición por “volver” a leer aquellas obras que experimentamos por primera vez en un pasado más o menos lejano.
El interesante tópico de la relectura me motivó a esta reflexión. Un tema que no toca el artículo es el de la edad del relector. Pienso que debe haber un mayor porcentaje de relectura entre los lectores senior que entre los jóvenes. Jarkowski sí afirma, es cierto,  que la relectura evidencia posiciones “reaccionarias en relación con la estética”. Pero la cuestión subjetiva, la persona del “relector”, es digna de mayor indagación.
¡Cuántos lectores conozco que me han confesado su preferencia ciega por los “clásicos” y su desdén por la literatura contemporánea! Me crucé con un joven amigo de mi hermano, apenas menor que yo, en la última Feria del Libro. Le pregunté su había comprado algo, a lo que me respondió: “Y… algo de Shakeaspeare, Descartes“. “¿Alguna rareza, inéditos?”, pregunté, con la íntima esperanza de estar ante un erudito y no un incorregible reaccionario. “No”, confirmó, “Rey Lear, el Discurso del método“. Solo faltaba que agregara: “los clásicos”.
Lo peor es que un chico de 18 años que solo lee “clásicos” difícilmente algún día conozca la literatura contemporánea. Me reconcilio mejor con el adicto que (sólo) lee los libros ganadores del Premio *inserte nombre* de Novela todos los años en su carpa de Pinamar que con el “reaccionario” que (sólo) busca refugio en los clásicos.
No creo que haya placer mejor que “descubrir” un escritor. Me pasó con Roberto Bolaño: todos los que me conocen saben a qué grado llega mi devoción. La lectura despierta esa sociabilidad rara, decía Ricardo Piglia: leemos algo que nos conmueve y ya queremos que nuestros amigos lo lean, se los regalamos para el cumpleaños, escribimos en nuestros blogs sobre ellos.
No importa tanto, en mi opinión, “para qué” releemos, como plantea Jarkowski. Básicamente los resultados pueden ser dos: o bien confirmamos la opinión que la obra había dejado en nuestra memoria, o bien la cambiamos. Esto último es lo que más sucede, sobre todo si entre relecturas han mediado años (y libros). Lo primero sería, con seguridad, preocupante. Como aclara el autor, los libros no cambian: somos los lectores quienes, como el río de Heráclito, los afrontamos renovados.
Hace unos días releí algunos cuentos de Juan Rulfo. Ese libro, El llano en llamas, es impresionante. No hay palabras para describir la maestría de Rulfo en el género. No es mi costumbre releer. En este caso se trató de una excepción circunstancial dada la brevedad de dichos relatos. Algún día releeré el Quijote o Crimen y castigo, pero momentáneamente prefiero mirar hacia adelante.

El último lector

Jasper Johns. Map. 1963. Pigmento mezclado con miel de abeja y collage sobre lienzo. 152,4 x 236,2 cm.

Ricardo Piglia nació en Adrogué en 1940. Consagrado escritor y crítico literario, desde hace varios años vive en Estados Unidos y da clases en la Universidad de Princeton. En abril de este año estuvo en la ciudad para inaugurar la 34º Feria del Libro, con un brillante discurso en el que rescató las diversas estirpres de “lectores” y el estado de la lectura hoy, en un panorama dominado (o por lo menos signado) por las nuevas tecnologías, los blogs y los e-books. Fuera de lo que se podría esperar, Piglia evitó el catastrofismo conservador (como el del colombiano Álvaro Mutis, que dijo que en esta época de los SMS “se escuchan las trompetas del Apocalipsis”) y destacó que la velocidad de la lectura es la misma que hace 500 años, porque está ligada a la temporalidad del cuerpo.

En la adncultura del 19 de abril, que llegó a mis manos el lunes pasado, la nota de tapa está dedicada a Ricardo Piglia. En una entrevista realizada por Patricia Somoza, el escritor habla de teoría literaria, del tango, de la tecnología y de su vida en general. En la “Editorial”, Jorge Fernández Díaz recuerda que Piglia desarrolló una teoría del cuento que superó a la célebre “teoría el iceberg” de Ernest Hemingway. Este decía que, en un buen cuento, solo se cuenta parte de la historia, y que el resto es elaborado y completado por la cabeza del lector. La de Piglia, más elaborada, postula que “un buen cuento siempre narra dos historias a la vez: una que transcurre en primer plano y otra que se construye en secreto”.

Pensemos en algún cuento conocido: “Final del juego” (1956), de Julio Cortázar. La (primera) historia es la de un grupo de chicas que viven en Palermo, a la vera de las vías del tren, a principios del siglo pasado. El “juego” del título se trataba de disfrazarse, las tres, para asombrar a los pasajeros del tren de las dos y ocho que venía de Tigre. La maestría de Cortázar, como la de todos los grandes escritores, reside en el tratamiento formal de un tema al parecer tan banal y chato. En primer lugar, el registro del lenguaje, con la repetición de expresiones infantiles como “se arma la meresunda”. En segundo lugar, el finísimo dejo de moralismo católico con el cual elabora la grave enfermedad de una de las niñas (Leticia) y la disciplina de la casa. Agregado a ello, el narrador (una de las chicas) no nos aclara en ningún momento elementos claves del relato, como la edad de las protagonistas, la época en que se desarrolla o el nombre de la afección de Leticia.

La segunda historia, en este análisis, es la de Ariel B. Este muchacho es un “chico bien”, pasajero del tren de las dos y ocho desde Tigre, que para las chicas debía ser alumno “de un colegio inglés”. Un día Ariel, fanático de sus representaciones, les lanza un mensaje desde su ventanilla. Desde entonces, se desencadena una auténtica revolución en la rutina de las jóvenes, que pasan a disputarse la atención de este desconocido. Esta segunda historia se desarrolla en las sombras, pero en un momento se cruza con la primera ocasionando un clímax trágico hacia el final, cuando Ariel finalmente se presenta en el patio de las chicas para conocerlas, y no les cuento más nada.

Un buen cuento no debe dejarnos con ganas de más, como una buena novela. En el cuento todo está cerrado. En este de Cortázar, el cual releí ayer a la tarde para preparar este trabajo, no hay ni una palabra de más. Todo está allí porque es fundamental para descifrar el mensaje. Está más que claro que es mucho más difícil escribir un gran cuento que una gran novela. Por eso es que Borges nunca escribió una novela: porque el viejo sabía que escapaba de sus habilidades y que tal vez iba a defraudar a su propia leyenda. Como dijo el escritor norteamericano Paul Auster, “Borges es un escritor menor genial”; y agrego yo, probablemente el más grande de los escritores menores. Lo cual es tan bueno como ser el menor de los grandes.

“… una lucha a muerte contra lo que se marchita”

El poeta argentino Premio Cervantes 2007 Juan Gelman. Foto: Valentina López de Cea.

Postales de la 34ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires:

– Una muchachita con cara de asustada se me acerca y, al verme con el Brancamenta en la mano, me pregunta tímidamente: “¿Dónde conseguiste el vaso?” Le indico y se va caminando rápidamente en esa dirección. Como todos los años, los stand (son como 4) de fernet Branca son los más visitados del predio.

– Jueves 24, 18:00 hs. No sabía que el acto era solo “con invitación.” Pero de ninguna manera me lo iba a perder. Tanteo la entrada de Prensa, dos tremendos ursos custodiando los carnés. Por acá mejor no. ¿Y esa cola de qué es? Es para el Sector rojo. Como parecía gente común, me puse ahí. Avanzó y al llegar a la puerta uno de la Organización vocifera “con la invitación naranja en la mano, por favor.” Uhhhh. Le pregunto al de adelante, ¿esta es para la entrada general? Me sonríe y asiente. La cola de los ratas, esa es la mejor.

– La locutora oficial presenta con su voz inmaculada “al Presidente de la Nación, Ingeniero Julio Cobos,” desatando carcajadas entre la concurrencia. Sube Cobos y se acerca a la señorita para decirle algo, fuera de micrófono. Cuando empieza hablar, bromea: “Ahora les va a hablar el Presidente del Senado.”

– Ricardo Piglia es muuuy bajito. Habla del “espacio del lector,” lema de la Feria este año. Distingue entre un espacio público y uno privado, esa fortaleza que parece rodear a todo el que lee. “Cuántas veces, viajando en el colectivo o en el subte, vemos a alguien leyendo, y parece estar como absorto, fuera del lugar en que se encuentra.” Dice que la lectura, hoy en día, no tiene nada de “sagrado,” aunque a pesar de las nuevas tecnologías, el tiempo de la lectura es el mismo: al tener que ver con el lenguaje, dice Piglia, leemos igual de rápido que en la época de Aristóteles.

– “Todos nos sentimos orgullosos hoy de ser, un poco, Juan Gelman.” Tres de los oradores felicitaron en sus discursos al poeta, que el día anterior había recibido de manos del rey Juan Carlos el Premio Cervantes. El secretario de Cultura de la Nación, José Nun, adelantó que su cartera estaba preparando un gran homenaje a Gelman en Argentina para este año. Piglia lo mencionó al hablar de la superioridad del discurso poético con respecto a los demás: el que lee poesía, dijo, “puede descifrar todos los discursos: políticos, históricos, etc.” Puede interpretarlos porque conoce el ritmo del lenguaje, una clave que solo la poesía puede dar.

– Las cifras indican que los libros de no-ficción son de lo más vendido en estos primeros 3 días de Feria del Libro. Encabezan los rankings Naomi Klein con “La doctrina del shock,” Adrián Paenza con su incombustible “Matemática, ¿estás ahí?” y Rodolfo Walsh, que desde hace un par de años está vendiendo lo que nunca podría haber soñado en vida, con una colección de textos periodísticos editada por De la Flor.

– Hasta el 12 de mayo, busquen el gorro amarillo y celeste en La Rural. Este miércoles 30, entrada gratis a partir de las 21 hs, y actividades especiales hasta las 2 de la madrugada. Fernet Brancamenta para todos, hasta agotar stock.