Si Perón viviera, sería rolinga

Pity Álvarez, por Lucía Grossman

Pity Álvarez en la época de Viejas locas, en su Lugano natal. Foto: Lucía Grossman.

Tras nueve años de ausencia, la legendaria banda de rocanrol argentina Viejas locas volvió con un show de casi cuatro horas en la cancha de Vélez. Disturbios, represión policial, 40 detenidos y más de 30 heridos completaron un recital regular y sobrecargado.

Los chicos saben dónde está la acción. Al menos eso pensaron las más de 40 mil personas que palpitaron en el estadio José Amalfitani el regreso de una de las bandas más importantes del rock argentino: Viejas locas. Gran parte del público, a juzgar por su edad, nunca había visto a la banda en cuestión mientras existía, sino que venía del lado de su continuadora, Intoxicados.

Desde la caída del sol, cientos de jóvenes de todos los rincones del Gran Buenos Aires (Grand Bourg, Wilde, Berazategui) hicieron “el aguante” en las inmediaciones del estadio, tomando grandes cantidades de cerveza, vino (botella y cartón), fernet y tragos no identificables para llegar “re locos” a la cancha. Cuando este cronista se puso en la cola (20:30), contaba unas 8 cuadras hasta el acceso y en el costado ya había un fisura que no se podía levantar, pese a los esfuerzos de su amigo.

Los incidentes requerirían otro artículo. El recital comenzó a las 22.40, tras una larga introducción instrumental y lumínica que exhibió una puesta decente, con “Intoxicado”, el tema que abría su primera placa. El cantante se veía en buen estado físico, aunque no tanto lógico-mental (por la cantidad de inconsistencias articuladas a lo largo de la noche) ni artístico (pues varios “pifies” mancharon la interpretación, inclusive hubo canciones que debieron comenzar dos veces por errores de entrada).

El bajista “Fachi” Crea reconoció, entrando para el último bis: “Volvió Viejas locas para recuperar el rock n’ roll, hicimos un desastre y nos vamos. ¡Chau!” El set abarcó todos los hits de la meteórica carrera discográfica (3 años) de la banda, más dos nuevos. Al comienzo siguieron el clásico “Nena, me gustas así”, lejos de la cadencia blusera de los primeros días, y el bizarro “638” (“llamame al 638-0465”).

Nunca la banda pudo articular más de 4 temas seguidos. A este segmento lo siguió la primera pausa de la jornada, reingresando con “Perro guardián”. Cuando ya fueron cuatro o cinco interrupciones muchos optaron por irse. Los mejores momentos fueron aquellos en que Pity mostró su costado más experimental y “colgado”: “Niños”, “Todavía estás ahí” (un gran blues con la armónica de “Peri” Rodríguez) “Tornillo eterno” y “Chico de la oculta”. Los rocanroles más ortodoxos (“Botella”, “La simpática demonia”) sonaron a viejo y cuadrado, aunque desataron la mayor euforia en el público.

Los sucesivos cierres con “Me gustas mucho”, “Homero” y “Perra” (en una aburrida versión de 15 minutos con el “Negro” García López en guitar-hero) no lograban calmar a la gente, que se quedó hasta el final con “Una piba como vos”/”The KKK took my baby away” y “Eva”. “Si yo fuera Perón, echaría a todos los rolingas de Vélez”, dijo el Pity en uno de sus largos accesos de locuacidad. A las 2:30 de la mañaña, tras casi 4 horas de música (con intervalos), Viejas locas dijo “hola”, nueve años después, demostrando que el rocanrol no se acabó.

Dulces sueños

Intoxicados con el coro Kennedy

Intoxicados con el coro Kennedy, en el Pepsi Music 2005.

La música se compone de momentos. Una sucesión ininterrumpida de sonidos que crean un placer estético en el oyente, ya sea por la melodía, el tono del instrumento o simplemente el despertar de un recuerdo perdido en los senderos de la memoria. En la música pop, más que en la académica, no es el sonido lo más importante. La creatividad de los músicos no-académicos se expresa en ámbitos en los cuales, a veces, la música pasa a ser accesoria.

Hace unos días recordé uno de los momentos musicales más importantes del rock argentino de la presente década. Se trata una vez más de la banda de Pity Álvarez. En el último día del Pepsi Music 2005 varias bandas que habían tocado a lo largo de esas 10 fechas se presentaron nuevamente con dos o tres canciones a modo de broche de oro del festival. Intoxicados fue una de ellas. Tuve el privilegio de presenciarlo, y ese recuerdo me motivó a escribir estas líneas.

Era su último tema de la noche. El bajo y la batería dieron comienzo al hermoso tema de Otro día en el planeta Tierra, “Duérmete, niño”, al tiempo que decenas de chicos prolijamente uniformados colmaban el escenario. Se acomodaron toscamente en esa frágil plataforma, nunca pensada para recibir tanta gente. La vista me abrumó: cientos de niños cantores (luego nos enteraríamos de que era el Coro Kennedy) acompañando a esta banda auguraban algo especial.

Viendo el video de aquel momento no me cabe duda de que se trató de la cúspide creativa de Pity Álvarez. Los niños cantando los versos de esta norteña canción al ritmo del charango del cantante y frente a 20 mil fans que ciertamente no esperaban eso, pero que no pudieron más que sacarse el sombrero ante semejante espectáculo.

Los músicos de la banda paulatinamente fueron abandonando sus instrumentos, hasta que solo quedó Abel Meyer en batería acompañando al inmenso coro, los aplausos y la voz de Pity. El cantante todavía estaba lúcido: al verlo y escucharlo hoy en día (por ejemplo su último show en Cosquín) y compararlo con este mágico momento me invade una profunda tristeza.

Cada vez que, como ahora, vuelvo a ver el video, se me pone la piel de gallina. Imagino que lo mismo les debe pasar a aquellos que presenciaron algún recital de Los redonditos de ricota cada vez que oyen los primeros acordes de “Ji ji ji”. Si alguien dudaba del talento de Pity Álvarez, “Duérmete, niño” con el coro Kennedy despejó todas las dudas. ¿Cuándo se vio algo semejante? Como reza la canción, quienes estuvimos ahí pensamos: “No sé si estoy soñando o estoy despierto, pero este momento es perfecto”.

HERMANOS DE SANGRE (1997)

Hermanos de sangre (1997)

En una entrevista con Sergio Marchi para Rolling Stone, el entonces cantante de Viejas locas, Pity Álvarez, comentaba sobre Charly García: “Me gusta su música, pero no lo viejo, sino lo que está haciendo ahora”. Ese ahora, recordemos, era la experimentación de Say no more.

La anécdota bien sirve de pie para construir la hipótesis que pretendemos sostener: Viejas locas nunca fue una banda “cuadrada”. Ya en su primer álbum homónimo, aparecido en 1996, habían evidenciado inquietudes ajenas al puro y duro rocanrol, cuyo más destacado ejemplo es “Lo artesanal”. Pero es en Hermanos de sangre cuando los cuatro de Lugano se muestran en su mejor forma.

El segundo disco de Viejas locas contiene algunos rocanroles bastante ortodoxos, como “Puente La noria”, “Dos nenas” o el que le da título al disco. Pero son minoría. “Chico de la oculta”, por ejemplo, empieza como una balada stone estilo “Love in vain”, pero vira hacia un ritmo frenético y desquiciante. “Perra”, probablemente la mejor canción del disco, es un abrumador grito de despecho, al ritmo de un exquisito ritmo de funk en el cual los saxofonistas Juancho Carbone y Pablo Rodríguez tocan al ritmo de la batería del certero Abel Meyer. “Buey (¿qué mierda es?)”, el hidden track del disco, es un ajustado blues encabezado por el piano de Adrián Pérez.

Las canciones del guitarrista Sergio Toloza son más melódicas y, si se puede decir, “pop”. El riff de “Aunque a nadie ya le importe” es casi digno de Oasis. “Difícil de entender”, del bajista “Fachi” Crea, es un híbrido entre rocanrol y rythm & blues lo suficientemente vanguardista como para, una vez más, superar la tentación de encasillar a esta banda.

Las letras, en su mayoría del cantante Pity, hablan desde la cabeza de un joven humilde de los barrios bajos, entre cuyas preocupaciones se cuentan las mujeres, la noche y la pobreza. Con una crudeza que los ubica, sin dudas, en la línea de Manal más que de Almendra, pasan de la sinuosa “Psicodélica mujer” a la glorificación del “aguante” de “Hermanos de sangre”.

No falta el humor ácido de las anécdotas extrañas que, casi con seguridad, realmente le ocurrieron al cantante. “Dos nenas”, por ejemplo, es una historia de frenesí entre el cantante y una “media tortilla”, una nena que “se despide de su amiga con un beso de boca” y que “hace mucho que no prueba un varón”. Pero también hay lugar para los sentimientos, en la delicada tristeza de “Caminando con las piedras” por un amor perdido: “Quedé solo en un cuarto/ aturdido por mis nervios”. Las alusiones a las drogas son otro elemento común en toda la carrera como cantautor de Álvarez: “Pasame la bolsita de poxirán/ prefiero flashear y no ver más esto” (“Puente La Noria”); “Hace tiempo que trataba de encontrar/ una sensación que me pudiera hacer flotar” (“Psicodélica mujer”).

Los chicos de Viejas locas adoptaron la estética “stone”: chaquetas de jean, pantalones rajados, flequillo y pañuelo al cuello, acompañado de una suciedad y dejadez física general (que por cierto los ingleses nunca tuvieron). En este aspecto, también, Viejas Locas fue una banda precursora de lo que vino, especialmente en la década de los 2000, de la mano de bandas como La 25, Jóvenes pordioseros y Ojos locos. Por representar todo esto en un compacto de buena música, creemos que Hermanos de sangre se trata de un disco esencial del rock argentino.

Una nueva generación

Pity Álvarez, por Ananké Asseff

Pity Álvarez al frente de Intoxicados, anoche en el Quilmes rock. Foto: Ananké Asseff.

Intoxicados pisó fuerte en la séptima jornada del Quilmes rock. . A pesar de no ser los encargados de cerrar, la banda de Pity Álvarez dio cátedra ante unas 25 mil personas en la cancha auxiliar de River Plate. . Su repertorio de nueve canciones, incluyendo algunas de Viejas locas, estuvo a la altura de este ecléctico evento.

A casi tres años de la separación de su anterior banda, Pity Álvarez ha evidenciado un fuerte cambio de rumbo artístico. Prueba de ello fue el inicio del recital del domingo: un grupo de acróbatas haciendo malabares y demás extravagancias con un bastón de fuego, escupiendo llamaradas. Como reza el título de su último disco, a modo de manifiesto: Intoxicados no es sólo rock n’ roll.

El recital comenzó con un extenso pasaje instrumental de percusión y teclados lounge, acompañados por el saxo de Juancho Carbone. Cuando ingresó el maestro de ceremonias, que se inclinó en gesto de reverencia, el público estalló al grito de “olé, olé, olé/ Pity, Pity”. Fiel a su estilo, pronunció un breve discurso entre jocoso y lamentable referido a “todo esto de la guerra”, antes de que comenzara la línea de bajo de su hit “Una vela”. La explosión de la gente, que coreaba el riff, fue monumental.

Luego del clímax siguió un clásico del primer disco de Viejas locas, “Lo artesanal”. El fervor de “la nueva religión” alcanzó lo inimaginable, encendiéndose las primeras bengalas y organizándose los primeros círculos de la muerte para el pogo. A esta altura ya no quedaban dudas de lo ajustado de la banda: el conciso y potente bajo del ex-Gardelitos Jorge Rossi sonó al unísono con la batería de Abel Meyer, y en perfecta consonancia con la sección de percusión y el saxo. Álvarez se sumó con la guitarra, construyendo una atmósfera densa y oscura. La virtuosa primera guitarra del joven Felipe Barroso aportó un toque de distinción, al igual que los teclados de Adrián Pérez.

“Hay muchas cosas para hacer en la Argentina, pero mataría que se legalicen la marihuana y el aborto”, introdujo el cantante otro clásico, “Legalízenla”, en una excelente y acelerada versión reggaefunky. Las influencias de Intoxicados se inclinan hacia la veta calamaresca del rock argentino: “Se fue al cielo” y las ausentes “De la guitarra” y “No tengo ganas” así lo testimonian. Igualmente, no faltaron los rocanroles más tradicionales “Volver a casa” y “Me gustas mucho”, ambas con el armoniquista Peri Rodríguez como invitado.

Promediando el show, Pity comenzó a despedirse. Restaban “Me gustas mucho”, “Religión”, “Intoxicado” y “Quieren rock” (más una bizarra introducción del Himno Nacional). Se ve que no lo habían asesorado adecuadamente en cuanto a tiempos – o bien se extendió sobre las siguientes bandas. Intoxicados no dudó en estirar los temas hasta que su armado lo pidiera, incluyendo varios solos y pasajes instrumentales que confirmaron la altura artística que posee la banda, en su mejor momento.

El intenso calor de este domingo primaveral no impidió que los fanáticos de Bersuit o Catupecu machu se acercaran al estadio de Núñez en esta jornada, que se extendió hasta casi las 2 de la madrugada. Es de esperar que estos festivales se conviertan en una cita obligada en los próximos años.

[Lunes 27 de octubre de 2003]