Traje de fajina

El selecto público de la presentación de Kraftwerk en el MoMA, el pasado 13 de abril en Nueva York. Foto: Stephanie Zussman.

Nunca dudé de la magnitud de la influencia de Kraftwerk en la música pop. Sin embargo, no pude dejar de asombrarme tras leer una nota del crítico de la New Yorker Sasha Frere-Jones sobre su muestra en el MoMA, en estos días.

La pregunta que encabeza el artículo es bastante directa y nos deja una sonrisa dibujada en los labios: ¿cómo terminó Kraftwerk en un museo? Después va dejando una ristra de afirmaciones y planteos para pensar.

Kraftwerk fue la primera banda que utilizó íntegramente máquinas para producir música pop. La nota arranca con una anécdota de la presentación del disco Computer World en Nueva York en 1981. El lugar se llamaba Ritz y ellos fueron la única banda que, hoy en día, sigue sonando actual.

Kraftwerk fue la primera banda que se dio cuenta de que las máquinas eran funky. Escuchás el principio de “Europe Endless” y no podés no bailar. Recuerdo cuando los vi por primera vez, en Obras en 2004: durante “The model” un chabón prendió una bengala roja y se desató el pogo.

Antes del punk y del do it yourself, Kraftwerk fue la primera banda que desafió los conceptos de autoría, destreza técnica y hasta la frontera misma humano-máquina. Ellos mismos, cuenta Frere-Jones, no se llaman músicos sino más bien “operadores”.

Kraftwerk fue la primera banda que, para hacer pop, no se recostó en el blues ni en la tradición anglo-norteamericana que desde hacía más de una década venía monopolizando el panorama. Su música, más que en melodías y armonías (cantan a través de un vocoder), en la reducción al mínimo y la repetición. El principio de Radioactivity sería un ejemplo.

La música electrónica que hoy conocemos como tal, desde el house de los ’80, sería impensable sin el cuarteto alemán. Gran parte de lo que escuchás en la radio, desde Metronomy hasta Adele pasando por LCD Soundsystem y Coldplay, pasó por su red. Al mostrar que, como quería Ralf Hütter, “cualquiera puede hacer música electrónica”, Kraftwerk revolucionó la música de la misma manera que Warhol en las artes escénicas, según Frere-Jones.

En el MoMA, ¿se pierde la esencia de la música? Si la música es pasada por una máquina y no tocada por un humano, ¿a quién aplaudimos? ¿Es el virtuosismo lo valorado o la creación “intelectual” o “conceptual” del arte? Como todo gran arte, el de Kraftwerk nos llena de dudas y, cuarenta años después, nos sigue inspirando.

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Día irreal: 2 de enero

Richard Prince. Untitled (de Kooning). 2009. Ink-jet y acrílico sobre lienzo. 196.5 x 156.8 cm.

Compré el primer número de El ojo mocho, en su ¿nueva época? Arranca con una entrevista de veinticinco páginas, a triple columna y letra 8, a Eduardo Rinesi. Tiene partes francamente geniales (cuando llama la atención sobre la crítica “progre” al menemismo, a cargo del FREPASO, que en su reclamo por “buenos modales” y fin de la corrupción, dice Rinesi, no se diferencia mucho de los planteos actuales de la oposición). Otras bizarras (“llegan las empanadas”). Pero en líneas generales es un tipo que se disfruta, tanto leer como escuchar en vivo, porque carece de la “gravedad” de otros pero no sanatea.

Después viene un “Dossier” sobre kirchnerismo y peronismo con diez artículos de pensadores e intelectuales de muy diversa calidad y alcance. Los hay francamente intolerables por lo soldado (el de Alejandro Kaufman) y los hay moderados y sugerentes (el de Gabriel D’Iorio, el de Darío Capelli). Pero, eso sí, son todos kirchneristas.

En general tengo debilidad por las revistas, me gusta el formato revista y más cuando son de intervención cultural, estética, política. En este caso me daba un poco de intriga esta nueva ola K intelectual, post-Carta abierta, más tras haber cursado en la cátedra de Horacio González en la que daban clases muchos de los que aquí escriben (Capelli, Alejandro Boverio, Facundo Martínez, Rinesi).

Pero no los entiendo. Son marañas de argumentaciones filosóficas que, amparadas en las amplias alas del género ensayístico, se las ingenian para divagar sin rumbo. Y escriben mucho, párrafos y párrafos generalmente sin un punto claro, ni que hablar de citas (excepto sobre los textos puntualmente comentados). Pero bueno, calculo que me acostumbraré también a las ventajas de este género, como su intervención en el debate público (discuten el kirchnerismo con verdadero entusiasmo, más allá que uno no concuerde con sus valoraciones).

Siguen tres o cuatro secciones más, todas con su ristra de artículos. Falta, diría, un breve “CV” de los autores, como pone crisis, mínimamente edad y a qué se dedican.

Tres variables, creo, tienen que combinar las revistas que me gustan: estética, política y humor. El ojo mocho saca buen puntaje en política y, a veces, en humor (esto es, no tomarse todo tan en serio), pero estéticamente te mata (tres columnas, letra 8 y nada de fotos ni avisos para descansar la vista). Otra parte gana por afano en estética, tiene lo necesario de política pero le falta humor. crisis tiene de las tres, buen diseño, gran enfoque político-cultural y distanciamiento crítico con humor. La New Yorker también, pero es too much (semanal) y sus temas generalmente son lejanos como para construir un vínculo de lector fiel. Y nómada se extinguió. Ni que hablar de TXT

Negro sobre negro

Art Spiegelman y Françoise Mouly. 9/11/2001. Tapa de la edición de The New Yorker tras el atentado al World Trade Center.

Los editores de la New Yorker deben haberse puesto un poquito contentos de que el 11 de septiembre de 2001 haya caído ese día de la semana. Como todos recordamos, fue un martes que los dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas, en lo que probablemente haya sido el mayor ataque a suelo estadounidense de toda la historia. La revista sale los lunes y la fecha que imprimen en la tapa es la del lunes siguiente. O sea, hoy, el número que está en la calle dice “Sept. 19, 2011”. Aquel día estaba en la calle la del Sept. 17, entonces la primera edición que apareció después del 9/11 fue la del Sept. 24, supra. “Bueno, tenemos seis días”.

Es una de las tapas más impactantes que ha publicado la New Yorker, que justamente se caracteriza por la calidad de sus tapas, siempre ilustraciones. Estuve leyendo un especial que armaron la semana pasada, por el 10º aniversario, contando un poco la historia de las tapas relativas al tema.

La ilustradora Françoise Mouly cuenta que aquel día su esposo, el famosísimo dibujante Art Spiegelman, su hija y ella estaban parados a cuatro cuadras de la segunda torre cuando esta cayó, y la vieron desmoronarse “en una atroz cámara lenta”. Sintió que las imágenes habían perdido el poder de expresión, que lo que había que hacer era no poner imagen alguna. Entonces Art le sugirió delinear apenas el contorno de las dos torres, en negro sobre negro. Y quedó así.

Las tapas de los primeros cinco años, del número de mediados de septiembre, siempre hicieron referencia de una u otra forma al atentado. Son verdaderamente admirables los tonos, los sentimientos que evocaron en cada oportunidad. El de 2002 es lírico, lleno de esperanza. El de 2005 está teñido del desastre del huracán Katrina y de una administración Bush que ya empezaba a dar muestras de agotamiento.

Para el décimo aniversario, la semana pasada, publicaron una tapa de Ana Juan (encargada de varias de las anteriores ediciones conmemorativas):

Ana Juan. Reflections. Tapa de la anteúltima edición de The New Yorker, en conmemoración del atentado al WTC.

El reflejo de las Torres en una Nueva York oscura, fría, casi desolada. Pero también la reflexión, la memoria, de aquello que está ahí, tenaz, incluso cuando no lo vemos.

El especial sobre las tapas del 9/11 se puede consultar acá.

Vivir en Internet

Roy De Forest. Untitled (Landscape-Nipples). 1981. Pasteles y elementos varios. 60 x 76 cm.

Una persona tiene una idea. Se le ocurre que lo que hace falta no es darte la mayor cantidad de información posible sobre qué novela podés mirar el jueves a la noche; hay que decirte qué novela le gustó a tus amigos, y comparada con otras novelas que ya sabemos que te han gustado, creemos que te van a gustar.

Quiero que puedas saber si esa chica que viste en la clase de Fisiología y que, sí, estoy seguro, me miró, no está de novia, cortó hace dos semanas, “dale, Sole, vos podés”, “¡besos amigaa!” Me gusta.

Mark Zuckerberg tuvo una idea que tomó forma acabada durante 2004. Hoy en día Facebook, si decide cotizar en bolsa (que es algo que se espera que haga en el primer semestre de 2012, ya que pronto alcanzaría los reglamentarios quinientos accionistas), valdría alrededor de ciento cuarenta mil millones de dólares. A ver en números: 140.000.000.000 dólares.

El año pasado había salido una gran nota en la New Yorker, donde te quedabas con la idea de que el tipo no era un loco manipulador de información global, que quería tus datos para pasárselos a la CIA -era un convencido de que el mundo sería un mejor lugar si todos conociéramos más a nuestros amigos.

La película Red social (2010) me impresionó para bien; esperaba un típico palo al exitoso, golpes fáciles que lo pintaban como un maquiavélico empresario al igual que en el capítulo de Los Simpsons a Homero como “abusador sexual”. Vemos a un Zuckerberg arrogante, sí, pero generoso y ecuánime. Apresurado y ambicioso por momentos, pero visionario y pertinaz. Una persona que no parece preocuparse ante la carroña de la que es sujeto por parte de sus otrora amigos y/o enemigos.

Es una persona, un pequeño genio, a la cual se le ocurrió una idea tan sencilla, en una clase de instituciones tal vez agigantadas por la imaginación y los medios masivos norteamericanos (las universidades de élite), pero que efectivamente pudo desarrollar con tezón y firmeza. La comparación con Argentina me resultó inmediata -la decepción que siguió no lo fue menos.

La Costa Oeste (“how are things on the West Coast?”, cantaba ya Interpol…) fue la cuna de la innovación informática, desde el mítico Sillicon Valley de la década del ’60. Ahí se ve persuadido a mudarse Zuckerberg, a instancias del en mi opinión personaje más logrado de la cinta: Sean ParkerJustin Timberlake!), fundador de Napster. Vemos cómo, al alejarse de Nueva York, puede focalizarse en ampliar la compañía (siempre interesándose poco por la plata, lo que lo aleja de su compañero Eduardo).

La clave está en la lucha entre dos modelos de empresa: el que gana plata a toda costa, metiéndose en los rincones más inesperados aún a costa de perder el feeling inicial cortando la fiesta a las 11 de la noche (sería Google); y el que decide fortalecerse, “seguir hasta las 4 de la mañana” para recién ahí pensar en cómo ganar plata, cuando sigue siendo cool.

Algo temporario

Bernardí Roig. Der Italiener (El buey). 2011. Resina de poliéster, acero, cuerda y fluorescentes. 410 x 120 x 150 cm.

No creo que los antiguos, aquellos que vivieron el despertar de la cultura escrita, hayan sido conscientes de los devenires que iría a seguir su “invención”.

Por fin tengo mi Kindle. Se podría decir que entre nosotros hubo amor a primera vista: fue en la última Feria del Libro, en el stand de los lectores digitales, él brillaba sin luz propia en la mesa de prueba, junto a sus competidores, sosteniendo una feroz batalla por la supervivencia cual conejito de Duracell vs. las pilas comunes. Lo agarré y me costó entender que eso era una pantalla. Pero no, decía, esto es tinta, esto es papel. En cierta medida lo es.

Me lo trajo una amiga de mi vieja de Atlanta, GA. Amazon Kindle Wi-Fi. 139 U$S + 10 U$S de tax. Una bicoca. Cuando lo abrí volví a engañarme -“esto no es una pantalla”. Lo conecté al USB de la PC y empezó a cargarse. Empezó a cobrar vida.

Apenas arrancó lo investigué, todavía algo escéptico, bien a la Argentina. Nada puede ser tan bueno. No puede ser que no te cobren por mandarte wireless cualquier documento personal, PDF u otro formato -sí, es así. No puede ser que te puedas bajar gratis libros que ya no pagan derechos -sí, es así. No puede ser que se lea perfecto (“como un libro”) tanto a plena luz del sol como con luz artificial -sí, es así. No puede ser que con solo colocar el cursor en una palabra te tire arriba la definición del Oxford English Dictionary, que viene incorporado -sí, es así.

Hay cosas que sólo son para mejor.

Igual como “yo, argentino”, rápidamente me puse a llenarlo de libros bajados de la PC. Artículos de la New Yorker, ya me olvidé de imprimirlos para tirarlos después de leerlos. Y cuentos que están en Internet y son lo suficientemente largos como para que no aguantes en el monitor, pero lo suficientemente cortos como para que te dé cosita imprimirlos sólo para leerlos, adentro.

Uno de Faulkner: “A rose for Emily”. Llegué por un artículo de Ludmer sobre Onetti.

Un libro de una escritora estadounidense de familia india, Jhumpa Lahiri, Interpreter of maladies. Llegué porque escribió un artículo en la New Yorker (de papel) que me trajo la amiga de mi vieja junto con el Kindle. Decía que cuando era chica una pareja india amiga de sus padres había tenido un hijo nacido muerto y que recién cuando fue grande pudo escribir sobre eso: el cuento, “A temporary matter”, es el primero de este libro. Es de lo más impresionante que leí en los últimos tiempos. Hacía años que no lloraba con un cuento (qué linda la expresión inglesa: it brings me to tears…) Dijo Amy Tan: “Jhumpa Lahiri es de esos escritores que hacen que quieras agarrar a la próxima persona que ves por la calle y decirle: ¡Leé esto!”

Valga este post. Y la cultura libre.

#noalcanon

Necesitado

Robert Feintuch. Late marriage. 2010. Emulsión de polímero y óleo sobre panel de cuadro móvil. 76,2 x 57,2 cm.

La primera nota habla sobre la educación universitaria en Estados Unidos. El 6% de la población estadounidense está en la universidad, hoy. Saquen la cuenta. Según datos del Censo 2001, la cifra para la Argentina era de 3,1% (lo que la acerca a otros países como Francia o Gran Bretaña).

Parece que en Estados Unidos la educación superior nació siendo muy elitista y reproductor de los privilegiados: elegía a los “mejores” para que siguieran siendo los mejores. Si tu viejo había ido a Yale, antes de la Segunda Guerra Mundial, vos seguramente fueras a Yale. Obviamente, el “vos” era hombre, no-negro ni de otras minorías molestas. Aún así, en los últimos años se ha acentuado la brecha entre las universidades “de élite” y las otras: el porcentaje de admisión en Columbia o Stanford ronda el ocho por ciento, mientras que en universidades británicas como Cambridge es del veintiuno por ciento.

Lo que pasó fue que creció mucho el sector “público”, que en EEUU es de menor calidad que el privado, “tradicional”. Ir a un “public” o “community college” es un poco vergonzoso, digamos. (Recuerden en The big bang theory cómo la carga Sheldon a Penny por haber ido a uno de esos). La City University of New York tiene doscientos veintiocho mil estudiantes de grado, más de cuatro veces más que toda la Ivy League (unión de las ocho universidades más antiguas y prestigiosas de EEUU). La State of California tiene, en total, tres millones trescientos mil estudiantes.

El debate que plantea el artículo es si la educación como “inclusión” no está fallando, al obligar a personas que solo desean un trabajo calificado u oficio (desde médico hasta ingeniero) a estudiar cosas para las cuales no están calificados. ¿Aprende algo la gente en la universidad, o solo van a tener un título? ¿La educación es llegar a ser el mejor o más bien crecer intelectual y personalmente?

Louis Menand. “Live and learn”. The New Yorker, 6 de junio de 2011. Se puede ver acá.

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El segundo artículo era sobre Silvio Berlusconi. El tipo sigue ahí, con setenta y seis pirulos, aguantando hasta alcanzar, al día de hoy, veinticuatro demandas legales desde que asumió por primera vez, en 1994.

Lo bueno de la nota es que uno entiende un poco porqué Berlusconi se hizo tan poderoso, de dónde sacó su carisma y cómo, a fin de cuentas, fue un hombre carismático que tomó las decisiones adecuadas en el momento adecuado.

El lector se va enganchando y va entendiendo que todas sus patinadas públicas -mentiras flagrantes, abuso de influencias, machismo, escándalos sexuales, gestión de prostitución, manejo de los medios- responden a una misma matriz socio-moral, que en un punto toca una fibra sensible de los italianos. Y parece que ahora la gente se está cansando (la economía ya no va tan bien, la oposición se está renovando, etc).

Ariel Levy. “Basta bunga bunga”. The New Yorker, 6 de junio de 2011. Se puede ver acá.

Viajes

Andreas Gursky. Singapore Börse I. 1997. C-print. 175,5 x 275,5 cm.

Cada vez que llega a mis manos una New Yorker es un problema. Cómo puede ser, es mi reflexión, que una revista semanal, por lo tanto supuestamente “de actualidad”, sea tan jugosa, tan pesada en el buen sentido (en el sentido de indigerible, si querés).

Estoy en eso. Mi tía me trajo de Miami el número del 18 de abril, que justo dio la casualidad que es un número especial titulado “Journeys”, o sea “viajes”, en el sentido amplio de experiencias que pueden o no involucrar desplazamientos físicos temporarios o definitivos. En castellano también está ese lindo doble significado: uno puede “pegarse un viaje” sin salir de la habitación.

Ayer leí la nota de Lizzie Widdicombe que en la tapa está anunciada “Queen of the taxis” (Reina de los taxis) y adentro se titula “The yellow line” (La línea amarilla). Copete: “The taxi-driver’s advocate” (“La abogada defensora de los taxistas”). Habla sobre Bhairavi Desai, una india de 38 años que hace 13 fundó el sindicato de taxistas de Nueva York. Cómo carajo logran atraparte con ese argumento es el gancho de la New Yorker.

Me pasa con todas las notas. No puedo no leerlas. Otro ejemplo. Antes de que empiecen las notas principales hay una sección que se llama “The talk of the town”, que sería algo así como “los chismes de la ciudad”, las cosas de las que “se habla”. Consiste en tres o cuatro textos, breves y puntuales, que en total ocupan unas cuatro páginas a triple columna. Bueno. Acá hay una sobre la visita de una delegación diplomática de Georgia que fue a a Nueva York para reunirse con Donald Trump, el multiemprendedor empresario norteamericano. En dos columnas, en total, el tipo (Timothy Farrington, chapeau!) te explica el fervoroso sentido del capitalismo de una nueva élite joven de este país de la ex-URSS, pujantes equipos de tecnócratas sin experiencia ávidos de negocios, dinero y poder. Pero narrado en un estilo relajado e irónico que hace que la leas con media sonrisa hacia el costado. Mirá cómo empieza:

“El otro día, el Presidente de Georgia, Mikheil Saakashvili, vino a la ciudad a ver a un viejo amigo: Donald Trump”.

No podés no seguir leyendo. Te hace interesarte. ¿Qué pasa entre estos dos tipos? ¿Dónde queda Georgia?

Hay otra de Evan Osnos, un estadounidense que vive en China que decide irse de tour con una delegación de chinos nativos por primera vez a Europa. Un delirio. Las cosas que les dice el guía, la ética de los europeos (“los europeos se levantan tranquilos… saborean el humo de sus cafés… hmmm” y los chinos estallan de risa).

Viajes. Teju Cole y Lore Segal sobre su llegada a Estados Unidos, textos de una página con una nostalgia… Escritores (Jonathan Franzen), poetas, ilustradores. Inagotable.