Entre las tablas

Tomás Espina. Vanavolar. 2007. Registro en DVD Acción realizada en los galpones del Ferrocarril Oeste el día 12 de mayo de 2007, Buenos Aires. Duración: 1 minuto, 14 segundos. Edición: 1/10

No recuerdo cuándo fui por primera vez al teatro de adulto. De chico sí, con el colegio, en vacaciones de invierno. Pero en qué momento empecé a buscar, a conocer los espacios, a meterme en esa red que te lleva de un actor que viste en tal obra a tal otra, recomendación de amigos de amigos.

Son esas secuencias que no tienen principio. La búsqueda de “teatro” en este blog me tira 64 entradas. Las primeras, de mediados de 2008, son de música clásica. En el teatro Coliseo, claro… Porque el Colón estaba cerrado; en 2007 todavía seguí abierto antes de la remodelación. Para el Mozarteum… qué épocas. Había sacado el abono joven, cinco conciertos por cincuenta pesos. Después me enteré de que estaba apoyado por fundaciones y empresas más que turbias (Amalita Fortabat y cía).

Pero el teatro, obras, con una amiga que estudiaba con Santiago Gobernori y Matías Feldman fuimos a ver Todo se desmorona salvo este dolor al espacio Callejón. Me descolocó el ambiente, una casa antigua tipo PH, pasillo al fondo, un solo baño, un barcito, la sala chica (aunque luego me parecería el Colón al lado de otros). Y de ahí en adelante recorrí muchos, Bravard, La carpintería, Elefante. El último fue Granate, el viernes pasado. Distintos, pero con una propuesta fresca, que vale la pena.

*                                           *                                          *

“Ma, ¿me recomendás un trabajo?” (niño de seis años)
“¿Qué?” (la madre)
“Sï, un trabajo para que pueda tener mucha plata. No sé, ¿periodista?”
“No sé, hijo… Andate con tu tía a Estados Unidos”

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Hoy leí en el Clarín una entrevista a Jonathan Franzen, el novelista estadounidense. Hacía mucho que no leía nada de él. Es de esos escritores que en otras partes del mundo le dan mucha máquina en su momento y entonces en los mercados periféricos son un éxito de venta en traducciones, hechas generalmente en los centros del idioma en cuestión (acá sería España).

Me sonaba del Babelia, seguramente, hace unos años cuando se publicó en España su novela más conocida, Libertad, esa que le deparó la tapa de la revista Time. Obviamente enBabelia después salió libro del año, etc. Pero esa era una entrevista, también, más larga quizás que la de Gabriela Cabezón Cámara en Clarín. Me resultó un típico escritor norteamericano, con esa grandilocuencia por lo “American”, las novelas largas y las alegorías.

Pero después cuando me compré el Kindle averigüé y en Amazon estaba Freedom. En una de las reseñas de los usuarios decía que la anterior, The corrections, era mejor, o al menos era lo mismo pero sin tanta movida de prensa. Me compré esa (13 U$S) y me la mandaron instantáneamente al aparato.

Es de esas novelas épicas, la épica de lo conocido más bien. Excelente, qué más decir. Las cuatro patas de una familia de clase media yanqui que solo se encuentran una vez en el libro, y las vidas de cada uno. Ahora la reeditó en español Edhasa. Debe ser cara.

Algo temporario

Bernardí Roig. Der Italiener (El buey). 2011. Resina de poliéster, acero, cuerda y fluorescentes. 410 x 120 x 150 cm.

No creo que los antiguos, aquellos que vivieron el despertar de la cultura escrita, hayan sido conscientes de los devenires que iría a seguir su “invención”.

Por fin tengo mi Kindle. Se podría decir que entre nosotros hubo amor a primera vista: fue en la última Feria del Libro, en el stand de los lectores digitales, él brillaba sin luz propia en la mesa de prueba, junto a sus competidores, sosteniendo una feroz batalla por la supervivencia cual conejito de Duracell vs. las pilas comunes. Lo agarré y me costó entender que eso era una pantalla. Pero no, decía, esto es tinta, esto es papel. En cierta medida lo es.

Me lo trajo una amiga de mi vieja de Atlanta, GA. Amazon Kindle Wi-Fi. 139 U$S + 10 U$S de tax. Una bicoca. Cuando lo abrí volví a engañarme -“esto no es una pantalla”. Lo conecté al USB de la PC y empezó a cargarse. Empezó a cobrar vida.

Apenas arrancó lo investigué, todavía algo escéptico, bien a la Argentina. Nada puede ser tan bueno. No puede ser que no te cobren por mandarte wireless cualquier documento personal, PDF u otro formato -sí, es así. No puede ser que te puedas bajar gratis libros que ya no pagan derechos -sí, es así. No puede ser que se lea perfecto (“como un libro”) tanto a plena luz del sol como con luz artificial -sí, es así. No puede ser que con solo colocar el cursor en una palabra te tire arriba la definición del Oxford English Dictionary, que viene incorporado -sí, es así.

Hay cosas que sólo son para mejor.

Igual como “yo, argentino”, rápidamente me puse a llenarlo de libros bajados de la PC. Artículos de la New Yorker, ya me olvidé de imprimirlos para tirarlos después de leerlos. Y cuentos que están en Internet y son lo suficientemente largos como para que no aguantes en el monitor, pero lo suficientemente cortos como para que te dé cosita imprimirlos sólo para leerlos, adentro.

Uno de Faulkner: “A rose for Emily”. Llegué por un artículo de Ludmer sobre Onetti.

Un libro de una escritora estadounidense de familia india, Jhumpa Lahiri, Interpreter of maladies. Llegué porque escribió un artículo en la New Yorker (de papel) que me trajo la amiga de mi vieja junto con el Kindle. Decía que cuando era chica una pareja india amiga de sus padres había tenido un hijo nacido muerto y que recién cuando fue grande pudo escribir sobre eso: el cuento, “A temporary matter”, es el primero de este libro. Es de lo más impresionante que leí en los últimos tiempos. Hacía años que no lloraba con un cuento (qué linda la expresión inglesa: it brings me to tears…) Dijo Amy Tan: “Jhumpa Lahiri es de esos escritores que hacen que quieras agarrar a la próxima persona que ves por la calle y decirle: ¡Leé esto!”

Valga este post. Y la cultura libre.

#noalcanon

Nobleza de espíritu

Mia Farrow y Robert Redford en un fotograma de El gran Gatsby (1974), de Jack Clayton.

Solo cuando se tiene todo uno puede sufrir ininterrumpidamente. Lamentarse por lo que no se hizo, por lo que se esperó y nos defraudó o por lo que se extendió más allá de los límites esperados. Las opiniones de los demás pasan a ser tan innecesarias que se vuelven parte del paisaje; lo que se puede hacer es refugiarse.

O festejar. El único que no se divertía en las fiestas de Jay Gatsby era Jay Gatsby. Creo que lo dice en la contratapa de mi edición, la Penguin Popular Classics de 1 pound. Instalado en la bahía West Egg, a 30 km de Nueva York, construyó una reputación de ermitaño, alguien que ocultaba un pasado negro que podía ser desde haber matado a un hombre, distribuir alcohol ilegalmente o negociar con la mafia.

Pero Gatsby valía más que toda esa gentuza, como le dice Nick Carraway la última vez que lo ve, majestuoso y triste en la cima de la escalinata de su casa. El recordado final del primer capítulo nos muestra a ese hombre inalcanzable que Nick ve de casualidad al llegar de noche, volviendo de lo de su prima Daisy, dirigiendo su vista al horizonte desde el embarcadero. Nick voltea la vista un segundo; cuando la regresa, Gatsby ya no está.

Gatsby conoce a Nick en una de sus fiestas, durante las cuales solía recluirse en su habitación, solo, y limitarse a mirar por las amplias ventanas lo que sucedía abajo. Su diversión era que otros se divirtieran. Qué más noble que eso, aunque las retorcidas almas humanas que allí discurrían nunca hayan sabido interpretarlo. Nick se encuentra con un hombre débil, tímido, temeroso mejor dicho, que nada más quería conocerlo, ya que vivían al lado.

El personaje de Nick Carraway es probablemente el mejor acierto de Scott Fitzgerald en la construcción de The great Gatsby, porque deja brillar en su justa medida al que en realidad es el protagonista de la novela. Francis Ford Coppola supo mantener esa posición en el guión y Jack Clayton la filmó con certeza. Nick siempre está. Así como Daisy siempre está o Tom Buchanan, cobarde y hambriento de poder, siempre está.

Todos los personajes tienen una presencia constante en el discurrir de la acción. Se forma una nube de subjetividades que cruza a todos con todos, en la circula amor, pasión, desprecio, sospecha, envidia, vida, muerte. Ninguna figura logra imponerse, y tanto la novela como la película construyen desde ese lugar la tensión dramática. Gatsby esperó, Daisy esperó pero no lo suficiente.

Me han dicho que la mejor literatura universal, si no es “atrapante”, no puede llegar al gran público. El gran Gatsby es una novela breve, magistral, inconmovible y atrapante. Y se consigue por 10$ en el parque Rivadavia.

Livin’ la vida loca

El escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald, retratado en sus años mozos (ca. 1922) por el fotógrafo húngaro Nickolas Muray.

El de Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre es probablemente uno de los romances más tempestuosos y apasionantes de la historia de la literatura universal. Se conocieron en un baile del campamento Sheridan en Montgomery, Alabama, donde Scott había sido destinado por el Ejército. Él tenía 21 años; ella, 18 recién cumplidos. Decía en una carta de enero de 1920: “estoy enamorado de su coraje, de su sinceridad y su dignidad apasionada y es en estas cosas en las que creería aunque todo el mundo se entregara a sospechas descabelladas sobre su dudosa conducta”.

¿Por qué tanta necesidad de defenderla? Zelda parece que era una joven muy hermosa (aunque no sé si serán los cánones de la época o qué, pero a mí en todos las fotos que vi me pareció bastante normalita…) y de la cual se hablaba en todo el estado de Alabama. Tras comprometerse con Fitzgerald y junto a su éxito, en esos locos años 20 del siglo pasado, la “era del jazz” y “todo bien” (que terminó con el crack del 29), Zelda se hizo famosa porque fumaba en público (¡oh!), reconocía haber besado a muchos hombres y tenía actitudes “extrañas”. Algunas de estas características se blanquearon al comprobarse sus desequilibrios psiquiátricos que la tendrían, desde 1930, de clínica en clínica por toda Europa.

Scott y Zelda viajan a Europa en 1928, regresando a EEUU entre septiembre de ese año y abril del 29. Parten definitivamente hacia Francia en ese entonces y alquilan la Villa Fleur de Bois (Cannes) en junio. Zelda es dada de alta el 29 de junio de 1932. En 1934 la revista de la editorial de Fitzgerald, Scribner’s, publica en cuatro entregas Tender is the night, su novela más ambiciosa y alegórica.

Cuenta la historia de Dick Diver, un psiquiatra moderno y encantador que se enamora de Nicole Warren, paciente suya y, oops, esquizofrénica. Viven en la Riviera francesa, cerca de Cannes. La fortuna de Nicole lleva lentamente al Dr. Diver a una vida de placeres y desengaños, en una escritura fuertemente alegórica y con rasgos autobiográficos (se darán cuenta). Muere el papá de Dick y él viaja a EEUU para el entierro -como hizo el propio Fitzgerald en enero de 1931. Y así muchas más.

Scott Fitzgerald es también el autor de una de las más emblemáticas novelas de la literatura norteamericana, The Great Gatsby (1925), que en su brevedad traza un imponente fresco de estos flappers de la década del 20. Hay que volver a leer a Fitzgerald.

Tender is the night. Francis Scott Fitzgerald. Wordsworth. Londres, 2004. Notas e Introducción a cargo de Henry Claridge, University of Kent. 17,50$.
Cartas de amor y de guerra (1919-1940). F. Scott y Zelda Fitzgerald. Traducción de Ángela Pérez. Grijalbo-Mondadori. Barcelona, 1994.

El mar

Benito Quinquela Martín. Día de sol. 1956. Óleo sobre tela. 130 x 140 cm.

Hay un viejo en un pequeño bote. Tiene la piel curtida y por las noches suele dormir en una casucha, después de comer los pescados que haya podido conseguir, a duras penas, en el día. Esta noche está en altamar. Las manos le duelen, él les dice “ayúdenme, manos, sean fuertes”, pero ellas no le hacen caso. Habla también con su espalda, que no le da respiro. La tanza le dejó unos cortes precisos en las palmas esa tarde, cuando trataba de luchar contra el pescado, contra ese enorme bicho de seis metros que ahora flota, bien muerto, al costado de su bote.

El viejo está lejos de la costa, lejos de la vieja Habana que lo vio zarpar hace dos o tres días. El primer día pescó unas sardinitas que le sirvieron para tirar. Dicen que tienen mucha energía. Las comió crudas, apenas sacándoles la piel con el cuchillo de mano que siempre lleva consigo. Los remos están un poco gastados. Pero es bueno el bote, cómo aguanta, es un buen chico.

Los tiburones llegaron al amanecer, pudo ver sus aletas rodeándolo en círculos, cada vez más pequeños, concéntricos, firmes. Son galanos. Vamos manos, aguanten esta vez. Había atado el cuchillo bien fuerte al extremo de un remo, a modo de arpón. Nunca más me tengo que olvidar de llevar un arpón en altamar. Quieren mi pescado. Quieren mi trofeo y se lo están devorando, lo están destrozando, siento cómo el bote avanza cada vez más rápido, alivianado del peso cada vez más.

El niño lo esperaba allá en La Habana, iba todas las mañanas a mirar por la ventana de su casucha a ver si estaba durmiendo. Pero no. El viejo no volvía. Lo buscaron con la guardia costera, con aviones. Un día volvió. Del pez no traía más que la cabeza (para Pedrico), la cola y toda la columna vertebral en el medio. La midieron: 18 pies. El viejo se fue a dormir.

Three novels: The sun also rises, A farewell to arms and The old man and the sea. Ernest Hemingway. Nueva York. Scribner. 1962.

Toda la vida aquí

Buen mozo

Joaquín Benítez. s-t. 2009. Fotografía digital b/n. Toma directa.

Si yo pudiera escribir canciones como las de Gustavo Cerati estaría todo el día escribiendo cartas. Una la empezaría así, por ejemplo: “Tal vez juguemos toda la vida aquí”. Otra tal vez así: “Solo una hora más en silencio”. Si un día me siento melancólico elegiría este comienzo: “Si algo está enfermo, está con vida”. Y obviamente la terminaría: “Haré lo que me pidas. Haré que me lo pidas”.

Hubo un tiempo que fui hermoso, y fue entonces cuando Joaquín me sacó esa foto. Hubo un tiempo, también, en que escribía muchas cartas. Recordé esa época leyendo Herzog, de Saul Bellow. Moses Herzog es el personaje más sufrido de la literatura norteamericana. Su segunda esposa lo engañaba con su mejor amigo y, obviamente, él era el único que no lo sabía. El psicoanalista que los atendía a los dos; el abogado con el que había crecido en un barrio judío de Nueva York en la posguerra; sus alumnos de la Universidad de Chicago a donde ambos se habían mudado: todos conocían el affaire y nadie se lo contaba.

Cuando finalmente la mina le pide el divorcio (sí, ella se lo pide, le dice que no lo aguanta más, etc) Herzog entra en un frenesí escribidor de cartas. Le escribe a todos: el presidente de los Estados Unidos, ex amantes, profesores colegas de extraños y alejados países. Herzog piensa escribiendo. Como no puede racionalizar tanta desgracia, la escribe. Opina. Intelectualiza.

Yo escribía, a veces, para ordenar mis pensamientos. Otras, la mayoría, escribía letras de canciones. Siempre, eso sí, con la máquina de escribir. Años después, leyendo el famoso prólogo de Roberto Arlt a Los lanzallamas sentí un frío en la espalda. En verano, sí, escribía más. En la terraza y en pantalones cortos, como esa foto de Faulkner.

A una chica que me gustaba que vivía en Trelew le mandé tres cartas, si mal no recuerdo. Llegaban en dos o tres días -anda muy bien Correo Argentino. Las estampillas son clave. También le mandaba a amigos y amigas de la ciudad, que llegaban en el mismo o más tiempo. Las primeras veces estaban tan sorprendidos que me llamaban apenas les llegaban ¡Julio, recibí tu carta!

Solo algunos valientes se animaban a responderme. ¿Quién no sabe mandar una carta?

Saul Bellow. Herzog. Barcelona. Galaxia Gutenberg. 2008. Traducción de Vicente Campos. 460 páginas. 25 euros.
Herzog. Londres. Penguin. 1996. 341 páginas. 52 pesos.