Por qué no soy vegetariano

Mariana López. No importan ese tipo de relojes. 2011. Instalación, óleo sobre tela y madera. Dimensiones variables.

A veces las explicaciones son más sencillas de lo que pensamos. Muchas de las prácticas sociales cotidianas, la mayor parte, son irreflexivas.

Por ejemplo, ¿por qué no soy vegetariano? Siempre tendí a pensar que comer carne era “lo natural”, como en otras culturas se piensa que es “natural” ser heterosexual, o cristiano. Los pocos recuerdos que tengo de cuestionamientos, siempre teóricos y coincidiendo con alguna ingesta carnívora en la mesa familiar, fueron resueltos en el argumento de los nutrientes: si no comés carne, ¿cómo ingerirá tu cuerpo las proteínas, etc, que necesita para sobrevivir y crecer sano y fuerte?

El año pasado leí un  libro impresionante. En el sentido fuerte: un libro que me impresionó. Se llama Eating animals, el autor es Jonathan Safran Foer y fue traducido al español en 2011 por Seix Barral (Comer animales). Más allá de sus evidentes fortalezas (no es moralista, no busca hacerte cambiar de opinión, está bien documentado e investigado, está bien escrito, no tiene miedo de dudar), me gustó el dilema central que plantea.

Lo que dice Safran Foer es que aplacemos el debate por la alimentación. Aplacemos el debate por el trabajo (cientos de miles de personas que viven del negocio). Aplacemos el debate por la contaminación (la cría de animales para carne es el principal contaminante de EEUU). ¿Sabés cuál es el dilema? No tanto si vale la pena matar cruelmente animales (para eso mirá National Geographic a ver lo que hacen entre ellos), sino si vale la pena imponerles una vida miserable (miserable, en inglés, es lamentable, deprimente) y cruel a millones de animales solo porque nosotros (vgr. los estadounidenses, remember) comamos carne muy barata.

Howard Becker dice que los músicos escriben con la notación que existe, para los instrumentos que existen, etc, por inercia. Explicar por la inercia la vida social es tentador, pero no explica muchas cosas. Pero la música sí. Y en mi caso con la carne también. A partir del libro de Safran Foer, ahora que ya conocía los detalles sanguinarios, mantuve mi conducta alimentaria pero empecé a construir nuevas barreras ante el pensamiento. “Acá no es tan grande el mercado”, lo cual es verdad. “Acá no predomina la cría de cerdos, pavos y pollos, que son las más crueles”, lo cual también es verdad. Pero fundamentalmente me movió (me mueve) la inercia.

¿Verdad?

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Salida, voz y lealtad

Patrick Wilson. Redhead. 2011. Acrílico sobre lienzo. 125 x 150 cm.

La semana pasada me fui de excursión a la hermosa UNGS. Me quedé leyendo un Handbook de Economic Sociology. Era un artículo sobre las emociones y la economía, y en la bibliografía estaba citado Exit, voice and loyalty de Albert O. Hirschman.

Hirschman siempre fue un autor que me intrigó. Lo vi muy citado en publicaciones de diversas áreas: eso ya es, para mí, una ventaja. Lo que me interesa son los libros que no caen en una jerga de especialistas, en un círculo de iniciados. Por ejemplo, El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, ¿qué es? No es de historia, ni de política, ni de sociología, pero les sirve a todos. Y hace un par de años me había devorado un libro de Hirschman, Las pasiones y los intereses. Estaba cursando “Sociología política”; obviamente no era bibliografía indicada por la materia, pero, como los buenos libros, me sirvió para entender más el tema.

Este solo lo tenían en la biblioteca del IDES. En castellano (FCE, 1977). No sale, así que lo leí entre el lunes y ayer. Lo que más me llamó la atención fue el título, que significa más o menos esto.

Ante la declinación de una empresa (o de un partido político), los consumidores (o votantes, uso indistamente de acá en más) pueden tomar dos vías: la salida o la voz. La primera, abandonarlo en favor de un competidor, es más usual en las empresas; la segunda, reclamar para que vuelva a mejorar, es más común en los partidos.

Ahora, qué pasa, el tipo empieza a hilar más fino, empezando por los usos más extendidos de lo que se creía, de la voz en el mundo empresarial (movimientos de consumidores) y de la salida en la política (sistemas multipartidarios, fragmentados, en suma: no-norteamericanos).

Después analiza que los análisis econométricos se fijaban solo en las variaciones de demanda cuando aumentaba el precio de la oferta; ¿pero qué pasa cuando disminuye la calidad? Bueno, descubre que los primeros que se van, en ese caso, son los que más valoraban la calidad, y que no les importaría pagar un poco más (con el competidor) si la mantiene.

Lo destacado del libro es cómo rescata aspectos “irracionales” partiendo de un esquema tan “rational choice“. Y después introduce la “lealtad”: algunos aguantan la declinación sin salirse ni hacer escuchar su voz, lo cual por una parte es bueno (la organización puede “dejar todo como está”) pero por el otro no (porque, cuando se deteriore realmente, los reclamos y los exilios serán destructivos).

Y después me puse a analizar mentalmente: los partidos de izquierda, una salida poco costosa pero una posibilidad de hacer oír la voz, o el gobierno kirchnerista, altos costos para la salida, ingreso traumático, poca receptividad a la voz. Un ejemplo.

Albert O. Hirschman. Salida, voz y lealtad: respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y Estados. México, Fondo de Cultura Económica. 1977.

Algo temporario

Bernardí Roig. Der Italiener (El buey). 2011. Resina de poliéster, acero, cuerda y fluorescentes. 410 x 120 x 150 cm.

No creo que los antiguos, aquellos que vivieron el despertar de la cultura escrita, hayan sido conscientes de los devenires que iría a seguir su “invención”.

Por fin tengo mi Kindle. Se podría decir que entre nosotros hubo amor a primera vista: fue en la última Feria del Libro, en el stand de los lectores digitales, él brillaba sin luz propia en la mesa de prueba, junto a sus competidores, sosteniendo una feroz batalla por la supervivencia cual conejito de Duracell vs. las pilas comunes. Lo agarré y me costó entender que eso era una pantalla. Pero no, decía, esto es tinta, esto es papel. En cierta medida lo es.

Me lo trajo una amiga de mi vieja de Atlanta, GA. Amazon Kindle Wi-Fi. 139 U$S + 10 U$S de tax. Una bicoca. Cuando lo abrí volví a engañarme -“esto no es una pantalla”. Lo conecté al USB de la PC y empezó a cargarse. Empezó a cobrar vida.

Apenas arrancó lo investigué, todavía algo escéptico, bien a la Argentina. Nada puede ser tan bueno. No puede ser que no te cobren por mandarte wireless cualquier documento personal, PDF u otro formato -sí, es así. No puede ser que te puedas bajar gratis libros que ya no pagan derechos -sí, es así. No puede ser que se lea perfecto (“como un libro”) tanto a plena luz del sol como con luz artificial -sí, es así. No puede ser que con solo colocar el cursor en una palabra te tire arriba la definición del Oxford English Dictionary, que viene incorporado -sí, es así.

Hay cosas que sólo son para mejor.

Igual como “yo, argentino”, rápidamente me puse a llenarlo de libros bajados de la PC. Artículos de la New Yorker, ya me olvidé de imprimirlos para tirarlos después de leerlos. Y cuentos que están en Internet y son lo suficientemente largos como para que no aguantes en el monitor, pero lo suficientemente cortos como para que te dé cosita imprimirlos sólo para leerlos, adentro.

Uno de Faulkner: “A rose for Emily”. Llegué por un artículo de Ludmer sobre Onetti.

Un libro de una escritora estadounidense de familia india, Jhumpa Lahiri, Interpreter of maladies. Llegué porque escribió un artículo en la New Yorker (de papel) que me trajo la amiga de mi vieja junto con el Kindle. Decía que cuando era chica una pareja india amiga de sus padres había tenido un hijo nacido muerto y que recién cuando fue grande pudo escribir sobre eso: el cuento, “A temporary matter”, es el primero de este libro. Es de lo más impresionante que leí en los últimos tiempos. Hacía años que no lloraba con un cuento (qué linda la expresión inglesa: it brings me to tears…) Dijo Amy Tan: “Jhumpa Lahiri es de esos escritores que hacen que quieras agarrar a la próxima persona que ves por la calle y decirle: ¡Leé esto!”

Valga este post. Y la cultura libre.

#noalcanon

La mitad

Armando Rearte. No me porto mal (Mongo). 1984. Acrílico sobre tela. 200,5 x 140,5 cm.

Me tomó 3 minutos sacar la SUBE. Llegué a Sucre y Cabildo (cómo me costó subir la cuadra de Barrancas…), até la bicicleta a un poste de luz (¿cómo puede ser que la luz siga tirándose en cables aéreos por toda la cidade?), entré al localcito de SUBE que está sobre Sucre, al costado del Banco Nación, me atendio una señora que hablaba pr teléfono, me pidió un documento (la cédula) y me pasó una hojita en la que completé mis datos básicos. Una firmita, listo, acá tenés la tarjeta. Ella siguió hablando por tel.

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Leo en la página de noticias de MSN que te salta cuando cerrás Hotmail que “la felicidad depende de la disposición que cada persona tome ante la vida. Se puede estar en el país más triste del mundo y ser la persona más feliz.” Me acuerdo del texto de Lazarsfeld sobre propiedades individuales y propiedades colectivas. ¿Puede ser feliz un país? En un parcial de metodología esa respuesta te la ponemos como mal.

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Me escribió una chica de Costa Rica que seguro vio mi mail en la página de la cátedra de Método. Estaba buscando el libro de Denzin y Lincoln, el Handbook of qualitative research, y vio que habíamos colgado la traducción de un capítulo que hicieron una compañeras de la cátedra. No creo haberle ayudado mucho. Ese libro sale como 200 verdes y encima no lo podés comprar en Yenny.

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Hoy estuve en el Yenny de Cabildo y Juramento. Vi Huasipungo de Icaza, una edición nueva, típica, de Losada, como esa que tenés del Popol vuh, a 28$. Ahí enfrente estaba el Tower Records en el que comenzó mi afición con la música, donde compré mi primer CD. Creo que ya escribí acá sobre eso. Pero hay que repetir las cosas, porque la vida se repite, ¿no? Hay que ponerse un poco cursi a veces, porque la vida es cursi, ¿no? Hay que ser felices la mitad de nuestra vida. La mitad.

Conflictos

Vista panorámica del Ateneo Grand Splendid, desde el primer piso. Foto: Fernando Toucedo en Flickr.

La librería El Ateneo Grand Splendid (Av. Santa Fe 1860, CABA) cumple 10 años y está tirando la casa por la ventana. O mejor dicho, el teatro por la ventana. Para los que no la conocen, podemos decirles que fue consagrada como la segunda librería más linda del mundo por el periódico inglés The Guardian en 2008.

El edificio en que hoy funciona la librería era en el siglo XIX una fábrica de carruajes. En 1903 fue inaugurado como Teatro Nacional. En 1919 el austríaco Max Glucksman lo compró y remodeló, reinagurándolo en mayo de ese año. La cúpula, probablemente el elemento más admirado por los turistas que cual hormigas se pasean entre los libros, fue pintada por el italiano Nazareno Orlandi.

En 2000 fue inaugurado como librería El Ateneo. En lo que era el escenario se instaló un coqueto café literario en el que se hacen charlas y encuentros con escritores. En el subsuelo, desde 2002, se encuentra el sector de cine y música. La librería aloja más de 200 mil libros, según el folleto conmemorativo al que pudo acceder Fuera de contexto. Entre ellos se destacan los turísticos, del estilo “Discovering Argentina”, “The passion of tango” y demás tópicos costumbristas.

Para conmemorar los 10 años se están realizando varias actividades, entre las cuales se destacó el ciclo “Instrucciones para leer un cuento”, moderado por Maximiliano Tomas. Desde el 8 de noviembre, escritores como Hebe Uhart, Samanta Schweblin y Oliverio Coelho leyeron un cuento de su autoría y a continuación dialogaron con el moderador y -en menor medida- con el público. Ayer, último encuentro, fue el turno de Daniel Guebel, Luis Chitarroni y Pablo Ramos.

Se armó un debate interesante. Una persona del público preguntó si los escritores encontraban alguna diferencia entre “relato” y “cuento”. Ramos, siempre listo, fue el primero en aceptar el convite y dijo que para él en el cuento existe un personaje que experimenta un suceso luego del cual nunca será el mismo. Por eso es ese momento el privilegiado y no otro, o toda su vida, como en una novela. Hoy en día, dijo, algunos críticos hablan de un libro como “un tobogán de imágenes que se concatenan simultáneamente”, y eso “antes se llamaba mala literatura”.

Guebel tomó el guante y dijo que le parecía que esa descripción posmoderna del “tobogán” se refería a su literatura. De ahí en adelante los asistentes pudimos presenciar una rica y solapada batalla de poéticas opuestas, esa de la contención y la orfebrería en Ramos, aquella de las salpicaduras y borramiento de límites en Guebel. Aquí algunas actividades para no perderse en el aniversario del Grand Splendid:

Hoy, 19 hs: “Humor Gráfico ¿Realidad o Ficción?”. ¿De qué se nutren los humoristas gráficos a la hora de crear sus tiras y cuadros? ¿Del contexto o de la imaginación? La cocina de un oficio que hace reír y pensar. Modera: Hugo Caligaris. Con: Kioskerman, Rep y Tute. En el café de la librería, al fondo.

Mañana 1/12, 19 hs. “¿Por qué escribo?”. Un acercamiento a la intimidad de los escritores: cómo gestaron sus obras, cómo trabajan todos los días, qué los inspira, a quiénes admiran. Modera: Silvia Hopenhayn. Con: Martín Caparrós, Federico Jeanmaire y Martín Kohan. En el café de la librería, al fondo.

De te fabula narratur

De te fabula narratur. 2007. Fotografía color, toma directa. 10 x 15 cm.

Cómo corrí para sacarme esta foto. Me acuerdo como si fuera hoy. El campo de nuestro amigo en Entre Ríos, cerca de Urdinarrain. Pleno enero, el cielo totalmente diáfano y no mucho para hacer. De vos habla la historia.

Apoyé la cámara en el pasto, me agaché ridículamente para encuadrar -como había que hacer cuando no existían las cámaras digitales con pantalla-, puse el automático y pensé tengo 10 segundos para correr hasta el palo ese, sentarme en una posición pretendidamente casual y hacer que leo, hasta escuchar el “chuc” del obturador que se cierra, se abre, se impresiona la película. De vos habla la historia.

Cuando la revelé me di cuenta de que no había salido tan bien. Fíjense que tengo las piernas inusualmente estiradas (¿quién lee sentado en el piso con las piernas estiradas?) y que -de esto me di cuenta en el momento, porque no se ve en la foto- está puesto el señalador en el libro. La foto salió muy expuesta y un poco doblada. Estaba en un lujoso campo de 1000 ha, con dos casas increíbles, y leía el libro Los que ganaron. La vida en los countries y barrios privados, de Maristella Svampa. No me digas. De vos habla la historia.

Uno o dos meses antes, en otro campo de otro amigo, tengo el recuerdo de estar subido a un árbol con mi cortaplumas y leyendo Política y sociedad en una época de transición, de Germani, una vieja edición de Paidós de 1965 que no tenía las hojas cortadas, entonces leía 10 ó 12 páginas, cortaba otras tantas y seguía leyendo. Claro que era una época de transición -para mí. De vos habla la historia.

Ya lo decía Horacio: de te fabula narratur. Proust también lo dice en Sobre la lectura: los libros que verdaderamente nos marcaron son los que recordamos qué estábamos haciendo mientras los leíamos, dónde estábamos, quién nos acompañaba, qué cosas soñábamos o nos atormentaban secretamente. Por eso puede haber sido incomparable para mí, por ejemplo, leer On Chesil beach de Ian McEwan, y para otro solo una tibia novela de amor. O Conversación en la Catedral de Vargas Llosa mientras esperaba en el café Homero Manzi a una enamorada que nunca llegó, como pasa siempre. Como pasa en los libros, en las historias que, yo sé, están hablando de mí.

Televisión abierta

Heroinómanos en un barrio de San Francisco, parte del trabajo de Phillipe Bourgois y Jeff Schonberg, Righteous dopefiend (2009). Foto: Jeff Schonberg.

Antes hacía más esto de ponerme a escribir sin una idea fija. El blog al principio tenía ese espíritu de que veía algo en la vida y quería comentarlo. Todavía sentía apego por las cosas que hoy ya me dan asco. Caminar por Corrientes, ir a ver una charla sobre sistema penal a la facultad de Derecho un viernes a las 8 de la noche, recorrer las galerías de Palermo Soho en enero. Ahora, me estaré poniendo viejo, disfruto del sedentarismo hasta que me siento impelido a salir.

Y ahí disfruto el afuera. Hay cosas que no puedo, o que me cuesta, hacer en mi casa. Por ejemplo leer ciertas cosas. Libros de sociología, investigaciones. Ahora estoy súper enganchado con el de Philippe Bourgois que me sacó Cami antes de irse para Chile: En busca de respeto (Siglo XXI, 2010). Es un laburo etnográfico con los vendedores de crack del East Harlem neoyorquino a fines de la década del 80. Recién vengo de una conferencia del tipo, me lo firmó y todo (siempre yo tan cholulo). Pero este libro nunca lo leí acá en casa. No sale de mi mochila.

Y con el otro me pasa al revés, The brief wondrous life of Óscar Wao de Junot Díaz. Lo leo solo en casa, pero este porque está en inglés y tengo acá el Oxford Advanced Learner’s Dictionary que decidí no llevar más en la mochila desde que terminé Tender is the night. No más dos libracos juntos a todos lados, ya mucho tiempo lo hice y mi espalda no me lo agradece.

Muchmusic en 2001, 2002, tenía unos programas súper extraños. Televisión abierta te mandaba una cámara a tu casa para que hicieras algo, cualquier cosa, que tenías ganas de mostrar. Recordemos que no existía YouTube. Me acuerdo de una pareja, un tipo y una mina que decían que habían decidido “concebir a su hijo” frente a las cámaras, entonces tenían ahí una cámara fija y estaban en un sofá cama, tapados con una sábana, meta darse. Y el negro duro que cantaba “una línea no me alcanza no me alcanza/ yo me tomo la bolsa enteraaa”. Había también un separador que filmaba la heladera de la gente.

Tampoco tiene esto por qué ser una pantalla a mi intimidad. Últimamente se me está dando más por los recuerdos (será que cada vez quedan más atrás…) El otro día escuchando con un amigo Californication dijimos: pensá que este disco tiene 10 años. Exactamente 11 años. Y Nevermind tiene casi 20. Cuando nosotros escuchábamos Californication, Nevermind tenía 10 años. Y los pibes que tenían nuestra edad en 2000, 2001, escuchaban Nevermind y decían: pensá que este disco tiene 10 años…