Paranoid park (2007)

Gabe Nevins, un oscuro adolescente skater en Paranoid Park (2007), de Gus van Sant.

Paranoid Park la vi acá en el BAFICI de 2008. Gus van Sant es una figura rara en el cine contemporáneo. Yanqui, del EEUU profundo (Oregon), viene alternando hace más de veinte años películas mainstream e indie con la curiosa habilidad de tener éxito en las dos: en las primeras, de taquilla y crítica; en las segundas, bueno… solo de crítica. Por ejemplo, hizo Good Will Hunting, ganó un par de Oscars, y también Elephant, su visión sobre la masacre de Columbine.

Cada nueva película de van Sant es un suceso internacional. En 2005 hizo Last days, sobre los últimos días de Kurt Cobain. La vi acá en el BAFICI de 2006. Pesada, lenta, muestra una de sus obsesiones: la belleza masculina, presente desde su ópera prima (Mala noche) hasta esta Paranoid Park. Suele trabajar con actores no profesionales.

 Paranoid Park está basada en una novela escrita por un tipo de la misma ciudad que Van Sant y ambientada allí. Los protagonistas son adolescentes que viven la decadencia de la grandeza americana (otra obsesión), van al colegio y andan en skate. Alex (Gabe Nevins), con ganas de conocer el famoso “paranoid park” para probarlo con la tabla, se enreda en un escape y golpea a un guardia de seguridad, que termina arrollado por un tren.

Desde ahí la película es un seguimiento obsesivo de la culpa de Alex (¿La naranja mecánica?), muy similar a Crimen y castigo de Dostoievski. Solo que acá el asesinato fue involuntario. Lo genial es cómo se entrelaza esa culpa con la abulia del pibe, su inactividad, impasible, su novia adolescente histérica que solo quiere perder la virginidad y a él no le importa nada. No entiende la vida.

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The arbor (2010)

Manjinder Virk encarna a la hija de Andrea Dunbar, Lorraine, en la película The arbor.

The arbor es una película extraña. Nunca se estrenó comercialmente en Argentina pero su éxito en la prensa especializada y entre los teóricos del cine más importantes del mundo la convierten en un mojón, un antes y después del séptimo arte en el siglo XXI.

Se trata de un documental sobre la vida y obra de la dramaturga inglesa Andrea Dunbar, fallecida de una hemorragia cerebral a los 29 años en 1990. Su vida estuvo marcada por el horror: abusada por su padre alcohólico desde niña, se condenó a una repetición de sus errores que resultaron en tres hijas de tres padres diferentes y ninguna convivencia estable.

Hasta ahí, una vida atormentada más. Pero lo que hace de The arbor una de las mejores películas de la década pasada (que le valieron premios en el festival de Tribeca y un British Independent Film Award) es su planteo formal. La directora Clio Barnard se pasó años entrevistando a personas relacionadas con Andrea Dunbar; desde sus hijas hasta directores de sus obras y productores teatrales. Y la siguiente vuelta de tuerca viene con la actuación: sobre las grabaciones de audio de los testimonios, hay actores que hacen lip-synch. Es decir, Lorraine Dunbar, en la película, es interpretada por Manjinder Virk, pero su voz es la de Lorraine Dunbar en la entrevista.

Se incluyen también materiales de archivo: entrevistas con Andrea en los momentos más importantes de su carrera (estrenó The Arbor, su primera obra, en 1980, a los 19 años, en el Royal Court Theatre de Londres; la había empezado a escribir a los 15), filmaciones de puestas en escena de sus obras. Otra parte interesante es la recreación de escenas de The Arbor en el presente de la filmación, en un jardín del complejo habitacional de Bradford donde ella creció y que le proveyó la inspiración del ambiente working-class y racista de sus escritos. Mientras se representa la escena teatral para la cámara, vecinos del barrio se acercan, curiosos.

The arbor juega con los límites de la representación, de la biografía y del devenir histórico de una clase social olvidada, la white trash de la cultura inglesa. El acento, cerradísimo, hace muy difícil la comprensión del inglés para el espectador argentino. La alternancia de personajes “reales” hablando por sí mismos y de actores encarnando a otros confunde aún más la recepción, pero la edición es tan certera que nunca se pierde el hilo. Lo que sí, constantemente se genera un extrañamiento brechtiano: estás viendo una recreación de una recreación de lo que alguna vez fue una vida. Es un pensamiento intrigante y la resolución cinematográfica es magistral.

Le fils (2002)

Morgan Marinne, en las sombras, en una escena de Le fils de los hermanos Dardenne.

La historia de Le fils (El hijo) es escalofriante. Un carpintero, Olivier, tiene a su cargo un equipo de cuatro pibes. Es una especie de centro de rehabilitación u hogar para niños en custodia penal, no se entiende bien. Nada se entiende bien: desde cerca tampoco se ve.

Es asfixiante la cámara que usan los hermanos Dardenne. Desde la nuca de Olivier recorremos los pasillos de su carpintería y de los demás pabellones de este centro de trabajo. Sentimos su respiración entrecortada, su búsqueda y su huida exterior e interior. Un tipo de pocas palabras y gestos adustos, vida frugal y un pasado turbulento.

Las películas de estos directores son “por temas”. Está la del abuso sexual (Rosetta), la del secreto que oprime (La promesse), la de la venta de bebés (L’enfant) y esta, sobre el asesinato de un niño: el hijo de Olivier. Son los únicos directores que ganaron dos veces la Palma de Oro en Cannes (por L’enfant en 2005 y por Rosetta en 1999).

Tras un encuentro con su ex-mujer, parco y enigmático, nos enteramos de que el asesino había quedado libre. “¡Mató a nuestro hijo y vos querés enseñarle a ser carpintero!”, le reprocha ella. Francis, el niño-asesino, aguarda en el auto.

Es esta relación, entre el chico y Olivier, la que va construyendo la película. Olivier siente una profunda compasión mezclada con indignación, bronca y quién sabe cuántas cosas más. El detalle más importante, claro está, es que él no sabe que Olivier sabe que él mató a su hijo. Poco a poco, en conversaciones ásperas, le va sacando información.

¿Por qué lo hizo? La explicación no por plausible pierde su monstruosidad. ¿Se puede justificar un asesinato? ¿Cuánto vale una vida? ¿Se pagan en este mundo las condenas? ¿Podemos darnos por reparados tras el asesinato de un hijo bebé o nada puede cambiar nuestro dolor?

Le fils se interna en estos meandros con una estética que ya es “marca registrada” de los Dardenne: planos cortos, pocos diálogos, nada de música. Silencio, sobreentendidos. Una película lenta, sí, como el dolor que narra, ese que va desgastando poco a poco nuestra alegría de vivir. Fue la primera que vi de ellos y desde entonces siempre busqué esa mirada, distante y fría, tan certera.

No apta para sábado a la noche con la novia, se los advertí.

Juno (2007)

Ellen Page como la embarazada y ácida Juno, en la película de Jason Reitman.

Vamos a empezar por la música de esta película. Sí, perdónenme pero primero lo primero. Las canciones de Kimya Dawson tienen un a ternura infantil mezclada con agudeza que encajan perfectamente con el tono de Juno. Los temas elegidos de otros artistas, como Velvet underground o los Kinks siguen en esa onda. Cómo olvidar ese final con “I don’t see what anyone can see in anyone else, but you…”

Vi La joven vida de Juno (así se estrenó acá), en marzo de 2008. Había escuchado en la radio una muy buena crítica, decía que era la renovación del cine independiente yanqui. Fue raro, porque no les suelo dar mucha bola. Fui con mi amigo Papa al Monumental de Lavalle un día de la semana tipo 4 de la tarde.

¿En qué momento te das cuenta de que etás viendo un clásico? En la secuencia de títulos, con Juno caminando en dibujitos  su jugo de naranja con “All I want is you” de fondo, Papa me dijo “che me gusta la música”.

Juno es una película sobre los ciclos en el amor y en la vida. Ella es una chica de 16 años que queda embarazada tras una “sentada” (fue en una silla) con un amiguito medio patán llamado Bleeker. Tras considerar el aborto (“I think I’m gonna call ‘Women Now’, you know, ‘cause they help women now…”), decide entregarlo en adopción a una pareja sin hijos, Mark y Vanessa. Ella es una obsesiva cuya misión en la vida es ser madre y él es un ex-rockero yuppie que debe enfrentarse con su madurez.

Lo genial de la película, además de la música, es el guión de Diablo Cody. Son de esos que siempre te deparan un detalle inadvertido al volver a verla.

Juno: [a los futuros padres adoptivos] You should’ve gone to China, you know, ‘cause I hear they give away babies like free iPods. You know, they pretty much just put them in those t-shirt guns and shoot them out at sporting events.

Tiene partes fuertes, emocionalmente hablando, pero tratadas con una sutileza y comicidad que le quitan toda grandilocuencia solemne. Y a nivel de las relaciones humanas, te da vuelta los estereotipos, porque el amor que siente por Mark es bastante infantil-adolescente, en cambio por Bleeker es más que adulto.

Juno: I could like, have this baby and give it to someone who like totally needs it.
Leah: You should look in the PennySaver.
Juno: They have ads for parents?
Leah: Yeah! ‘Desperately Seeking Spawn.’

En fin, una película incisiva, divertida y elaborada sobre un tema algo espinoso.

Mary & Max (2009)

Max Horowitz, un anciano deprimido y con síndrome de Asperger, en las calles de Manhattan.

Mary & Max se pasó acá en el BAFICI de 2010. La vi en el Teatro 25 de mayo, en Urquiza, me acuerdo de que era el último día del festival, un domingo a un horario extrañísimo, ponele 12:20 del mediodía. Esos últimos días cuando ya pensás que viste todo y te armaste más o menos un balance mental del festival de ese año… y llegó esta.

Siempre tuve debilidad por las películas animadas. A nivel creativo deja más libres a los guionistas y demás creativos para, aunque suene cursi, “dejar volar su imaginación”. ¿Te imaginás las películas de Disney con actores?

Eso es lo primero que surge cuando hablamos de animación, ¿no? Los dibujitos de Disney, la niñez. Pero al crecer nos fuimos enterando de los trasfondos de esas historias en apariencia tan inocentes, sus connotaciones morales y políticas. Leer Alicia a los 10 y a los 20.

Max Horowitz: Do you have a favourite-sounding word? My top-five are “ointment,” “bumblebee,” “Vladivostok,” “banana,” and “testicle.

La historia es enternecedora. Una niña de ocho años, Mary, vive en un pequeño poblado del interior de Australia. Tras una búsqueda azarosa en el directorio, encuentra a Max Horowitz, residente de Nueva York, Estados Unidos, y decide escribirle una carta. Max resulta ser un anciano de 84 años con extrañas visiones de la vida, la religión, las costumbres y básicamente todos los asuntos de la humanidad.

La película se desenvuelve a modo de conversación entre los personajes, cuyas cartas son “leídas” en las voces de Toni Colette y Philip Seymour Hoffman. Hay también un narrador que acentúa el tono “cuentito”. Las expresiones de Max son hilarantes por su profunda certeza y por su cualidad de matter-of-fact, como si todo estuviera dicho y no se discute más.

Max Horowitz: When I was young, I invented an invisible friend called Mr Ravioli. My psychiatrist says I don’t need him anymore, so he just sits in the corner and reads.

Uno no piensa “este tipo está loco, no le demos bola”, sino que, al final de la película, sentimos reafirmado ese dicho de que “los niños y los locos siempre dicen la verdad”. El tono es infantil, pero con una ternura y delicadeza tal que caemos en la cuenta de cuánto más sencilla es la vida: dos personas que se conocen y se comunican. Mary & Max es una película sobre la comunicación y sobre la represión de la que hablaba Freud en El malestar en la cultura. Seamos amigos.

Los personajes y todos los decorados, al estar hechos en plastilina y animados en stop-motion, tienen una calidez de torta de cumpleaños onírica.

Hay momentos demoledores, pero el tono triste se balancea con el humor, filoso e inteligente. Todo tiene un cariz gloomy inolvidable.

Me and you and everyone we know (2005)

Miranda July, delirándola en Me and you and everyone we know.

Esta película la pasaron acá en el BAFICI de 2006. No la vi, pero recuerdo el nombre en el catálogo (que no era un librito sino un desplegable que al abrirlo por completo quedaba como de un metro cuadrado), largo y repetitivo. Por falta de referencias y la abrumadora cantidad de películas, como siempre, la dejé pasar.

Hace unos meses salió la segunda película de esta directora y guionista norteamericana, Miranda July. Entre unos amigos se comentó como “la de Me and you and everyone we know“; una decía que “ella” le encantaba, ya que las protagoniza también como actriz.

Un vendedor de zapatos (blanco) medio fisura, Richard, se separa de su mujer (afroamericana) y se muda solo. A veces recibe a sus dos hijos (afroamericanos) (“muchos chicos no tienen ni una casa y ustedes ahora van a tener dos, ¿buenísimo, no?”) Una video-artista que trabaja como chofer de remises para adultos mayores (Christine) intenta que su obra sea exhibida en el museo local.

Lo primero que resalta en Me and you… es un tono entre el video-arte y el cine. Hay escenas mayormente líricas y escenas mayormente lineales, cinematográficas; pero todas tienen un cachito de cada uno. Hasta en el plano más casual (la caminata de Richard y Christine hasta el auto). Las partes en que se ven los videos de Christine son auténticas obras de video-arte, una “obra dentro de la obra”.

El núcleo reflexivo, me parece, está en las tres edades de la vida: los niños, los adultos y los ancianos. La película nos muestra sus posibles interacciones, normales o patológicas, rutinarias o comprometidas. Los chicos son adictos al chat y los artistas son sexualmente raritos; los viejos son artistas y los adultos lloran como chicos.

Imprimís una hoja con puntos y comas y te imaginás que ahí estamos vos, yo y todos los que conocemos.

Tal vez eso sea, el escape, la computadora, salir al mundo desde tu propio cerebro. Y mirar por la ventana, a veces. Estamos perdidos.

Los encuentros entre los personajes tienen un aura de imposibilidad, como de choque de almas paralelas. Todo está envuelto en terciopelo: los pervertidos no parecen tan pervertidos, los fracasados no nos suenan tan fracasados. La música es excelente también, lo que tiene que tener una soundtrack, acompañar el sentimiento, crear ambientes y manejar las emociones. El tema de Spiritualized

Al final uno piensa: ¿qué pasó? ¿Qué onda esta película? ¿Por qué me parece que es la mejor película que vi en los últimos tiempos? Podemos planear nuestras vidas como si fuera una cuadra que caminamos.

Una película thought-provoking, que te hace pensar. Lo increíble es que te deja el tema a elección.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004)

Kate Winslet, en penumbras y afligida, en una escena de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

Querés olvidarte de una persona, porque te hizo mucho bien o mucho mal. Lo mismo da. Llamás a esta empresa, ellos te mandan un escuadrón a tu casa y listo: es como si nunca la hubieras conocido. Pero no pueden evitar que la conozcas de nuevo.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos es la única película que vi dos veces en el cine comercial. O sea, hola, para Eterno resplandor, cuánto es; a la otra semana, para Eterno resplandor, cuánto es. Así. Todavía se podía pagar una entrada al cine sin 2×1. Era uno de Corrientes, el Premier creo.

Era “la película de Michel Gondry“, al que conocía por los videoclips (“There there” de Radiohead, “Let forever be” de los Chemical, por ejemplo). Y eso se ve: planos rápidos, sucesiones aparentemente inconexas de situaciones, personajes, escenarios, climas. Como en un sueño. Visualmente, la película es una montaña rusa que no para un segundo.

Los primeros veinte minutos es una película de amor. Chico-conoce-chica-y-se-enamoran. Miran las estrellas, amanecen juntos. Ya de movida, aún así, pensás: pucha, qué actorazos. Jim Carrey, si no sabés que es comediante, ni te sale el pequeño prejuicio del “tipo que hace de sí mismo”. Y la Winslet, de Titanic para acá no deja de mostrar su altura.

Eterno resplandor… cuenta la historia de Joel y Clementine, que tras enamorarse (¿y pelearse?) deciden “borrar” al otro de la memoria, utilizando los servicios de una extraña empresa. Solo que en medio del proceso, si te arrepentís… la vuelta atrás es complicada.

El mensaje de la película es desalentador: uno está condenado a volver a vivir sus errores, aunque los pretenda eliminar. Y por otro lado, muestra que la memoria, a fin de cuentas, es el único lugar en donde conservar los buenos momentos que las relaciones amorosas, siempre, nos dejan. No importa que haya terminado todo mal: esos lindos recuerdos, las tardes de paseo o las mañanas en la cama no se van a ir nunca. Pretender borrarlas es un crimen irreparable.

Ahora, sin embargo, la genialidad del director y de Charlie Kaufman en el guión es decirnos: tené cuidado con lo que deseás, porque se puede hacer realidad. ¿Querías borrártelo de la memoria? OK. Lo hacemos. Firmá acá, una suerte de pacto con el diablo (dos nerds, un doctor neurótico y una secretaria drogona interpretada por Kirsten Dunst). “Pero te vas a arrepentir…” NO, ESE ES EL TEMA, no te arrepentís porque no te vas a enterar nunca.

¿Mejor o peor?

Aunque como decía Oasis, en mi mente, mis sueños son reales.