Producto bruto

Julia Romano. Hiroshige VI (de la serie Paisajes prestados). 2011. Collage digital. Díptico.

Lo vi hace un rato a Santiago Mitre, director de El estudiante, en el programa “Los siete locos” por la TV Pública. Reconozco que me puse el despertador ocho menos diez especialmente, porque no parece normal levantarse a esta hora infame un sábado lluvioso, más aún cuando uno está desempleado.

No lo conocía a Mitre, y como todo artista que hizo algo que a uno le gustó siempre está esa incertidumbre, ¿será un pedante despreciable?, ¿tímido, entrador, carismático? Debo reconocer que era más o menos lo que me imaginaba, barbita, anteojos, dicción prolija y cuidada, nerviosismo moderado.

Fenómeno curioso el de esta película. Como resaltó la conductora, El estudiante se volvió un éxito pero en el off, es decir, en las salas “no-comerciales” (aunque sale 17$ la entrada) del MALBA y la L. Lugones (12 ó 5$ para est.; se imaginan a cuál fui yo). Vienen dándola a sala llena desde principios de septiembre, agregaron octubre y están pensando, dijo, en sumar más salas.

Contó que la filmaron entre agosto de 2010 y febrero de 2011. Resaltó el carácter “documental” de la película: los carteles de los pasillos son de verdad, los pibes que pasan estaban ahí ese día cursando o participando de las asambleas, que también son reales. Y en el transcurso de la filmación pasaron algunas cosas importantes. Al principio, el conflicto con los colegios secundarios. Después, la toma de la Facultad de Sociales (su locación) durante 40 días. Y más adelante el asesinato de Mariano Ferreyra y la muerte de Néstor Kirchner. Todo eso aparece en las paredes, en los carteles, de fondo.

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¿Qué vamos a hacer con la cultura? Una cosa que siento que no perciben los que están en la lucha por una cultura plural en Buenos Aires es su carácter “común”. O sea, “no extraordinario”. Porque básicamente hay dos visiones de la cultura: la que la entiende como las realizaciones intelectuales y artísticas de una época o sociedad; y la que se refiere a un “modo total de vida”.

Qué pasa con la primera. A nivel políticas, tiene dos salidas clásicas. Por un lado, la reaccionaria, elitista: debemos preservar a “la cultura” de los embates de los avances tecnológicos, el empobrecimiento educativo, etc (de los avances del “proceso de civilización”). Por el otro, la populista o difusionista: hagamos “noches de los museos”, llevemos a los pibes de la villa al Museo de Bellas Artes para que aprecien las alturas del espíritu humano.

Pero la cultura es también la conversación entre vecinos, la anécdota, los periódicos populares o los partidos de fútbol. Y de eso, en los barrios populares, te aseguro que hay de sobra. Entonces no tenemos que pensar que necesitan nuestra intervención. Hay otras maneras de llegar a la felicidad. Simplemente no los matemos a palos.

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Thompson

Study of a young woman, por Johannes Vermeer

Johannes Vermeer. Study of a young woman. ca. 1665-67. Óleo sobre lienzo. 40,5 x 40 cm.

Los historiadores se enfrentan con un objeto muerto que, a veces, goza de buena salud. En todo caso, es su tarea descubrirlo. E. P. Thompson escribió The making of the english working class, publicada en 1963, que completa la célebre tríada fundadora de los “estudios culturales” junto con The uses of literacy de Hoggart y Culture and society de Williams.

Ya desde el título suena raro, ¿no? Que un marxista postule que la clase se “forma”, se “crea” o como sea que quieras traducir “making”, suena raro. Las clases sociales están ahí, son objetivas, son una cristalización de las relaciones sociales de producción que corresponden a un estadío determinado del desarrollo histórico de las relaciones sociales de producción. ¿Qué es esto de que se “crea”?

La célebre definición de clase de Thompson viene a introducir problemas en el marxismo. Propone una definición “mediada” de clase: esto es, entre las condiciones objetivas (“clase en sí”) y las subjetivas (“clase para sí”) introduce la noción de “experiencia”. La clase obrera, por la cual se interesa particularmente, “experimenta” de alguna manera su situación objetiva y construye su identidad a partir de esta experiencia. Siguiendo uno de los postulados básicos del marxismo, es una identidad que siempre se construye en relación -en oposición- con un “otro”, un “afuera constitutivo” (Hall) que le sirve de referencia.

Es el mundo de “ellos”, diría Hoggart. “Ellos” son los que nos suben los impuestos, “ellos” son los que mandan a tu hijo a la guerra mientras disfrutan de sus mansiones. El mundo de la clase obrera inglesa es fuertemente local, concreto, inmediato y alegre (cheerful). Al mal tiempo, buena cara. Thompson criticaba, por un lado, esta visión un tanto idílica y nostálgica de las working-classes que había visto Hoggart en los años 30; y por el otro, la misma falta de sentido oposicional y de conflicto que entrañaba la visión de la cultura del primer Williams, ese que hablaba de “un modo total de vida”.

Reponer el potencial activo de las clases populares. El mejor artículo que leí de Thompson se llama “La economía moral de multitud en Inglaterra en el siglo XVIII”. En él trata de explicar por qué es errónea esa concepción de que las revueltas campesinas del siglo XVIII se produjeron por el hambre del pueblo. Hubo tiempos en que había hambre y no había revuelta; y tiempos en que había revueltas y no había hambre. Construye, entonces, esta noción de “economía moral” de la multitud: los pobres se revelaban porque sentían que los estaban pasando por arriba, que los estaban engrupiendo. Entonces pegaban carteles en las casas de los mercaderes diciéndoles “te vamos a quemar toda la cosecha” y demás panfletos maravillosos que Thompson reproduce in extenso. Una inigualable pieza de análisis de la cultura.

Williams

The lighthouse at Two Lights, por Edward Hopper

Edward Hopper. The lighthouse at Two Lights. 1929. Óleo sobre lienzo. 74.9 x 109.9 cm.

En una entrevista ya mítica con Beatriz Sarlo, Raymond Williams explicaba la utilidad que, en su opinión, tuvo el cambio en su teoría desde el concepto de “tradición” (que, a pesar de ser siempre selectiva, no podía negar su sustrato de “continuidad”) hacia la famosa tríada de dimensiones de la cultura: dominante, residual y emergente (1).

El dominante es aquel conjunto de valores y normas que, proveniente del pasado, es organizado en el presente para que se adecue con la actual hegemonía. El residual es aquello que, proveniente también del pasado, todavía conserva su significación originaria (que podría ser contracultural) y por lo tanto no se condice totalmente con lo hegemónico. El emergente, finalmente, es el nivel de la discontinuidad y la ruptura desde el cual podría formarse una nueva hegemonía.

Básicamente las teorías sociales se pueden dividir entre “teorías del orden” y “teorías del cambio”. Entre los clásicos de las primeras estarían Durkheim y Parsons, y sus preguntas-faro serían: ¿cómo es posible el orden social y cuáles son sus fundamentos?, ¿en qué medida se trata de algo impuesto, en qué medida de algo consensuado y compartido?, ¿qué poder tienen las normas sociales? Las segundas se apoyarían en el Weber de la “acción social” (más que en el de la “jaula de hierro”) y, en sus vertientes fuertes, en Marx y sus seguidores. Intentarían comprender cómo se desenvuelven los actores sociales en sus entornos, de qué manera se apropian de lo dado y en qué medida lo modifican y, por último, cómo otorgan legitimidad a los constreñimientos.

¿Dónde lo metemos a Williams? Este autor está más allá de toda dicotomía: por eso es que su ubicación en el campo intelectual es tan incómoda. Su famoso concepto de “estructura de sentimiento”, por ejemplo,  se aproxima al clásico de “ideología”, pero, según explica en aquella entrevista, sin el tinte “frío” de este último. La ideología es algo dado, estático y sedimentado (a través del tiempo). La estructura de sentimiento es un conjunto maleable y activo de “lealtades, intereses, afectos”, en suma, maneras de percibir el mundo social de una época y que se puede recapturar desde las manifestaciones artísticas (por ejemplo, la literatura). El arte, para Williams, estructura sentimientos más que ideas.

Se ha ocupado también de la prensa popular y el “inglés común”, o sea, el que se habla en la calle. A través de su investigación histórica, Williams ha intentado comprender la cultura inglesa, convencido de que “cualquier exposición teórica del análisis de la cultura debe aceptar ser sometida a prueba en el transcurso del análisis concreto” (2). Te seguiremos, Ray.

(1) Beatriz Sarlo, “Raymond Williams y Richard Hoggart: sobre cultura y sociedad”, en Punto de vista 1979; 6: 13.

(2) Raymond Williams, La larga revolución, Buenos Aires, Nueva visión, 2003, p. 62.

Hoggart

Construcción, por Ennio Iommi

Ennio Iommi. Construcción. 1968. Bronce y mármol. 114 x 57 x 42,5 cm

Cuando quise provocar a mi amigo trotskista (ya un personaje de este blog), le dije que le iba a llevar un artículo titulado “¿Quiénes constituyen la ‘clase obrera’?”. “Ah, dale, buenísimo, traelo”, se entusiasmó. Si quieren provocar a un intelectual, díganle que le van a “traer un artículo”. Me acordé de una anécdota que contó Felipe Pigna. Para su libro Lo pasado, pensado fue a entrevistar a Joe Martínez de Hoz, ministro de Economía durante lo más oscuro de la última dictadura. Contó Pigna que el señor aceptó, tras muchos vaivenes, pero le tiró un par de libros “para que entendiera algunas cosas” sobre lo que hablarían en la entrevista…

Se trataba del primer capítulo de The uses of lteracy, de Richard Hoggart, libro publicado por primera vez en 1957 y fundador de la escuela de Estudios culturales británicos junto con los más o menos contemporáneos de Raymond Williams y E. P. Thompson. Obviamente, no se consigue en Argentina.

¿Qué decía ahí Hoggart sobre la clase obrera? Siendo el único no marxista de los tres, se basaba en indicadores no económicos para definirla. A pesar de esto, los que tomó no parecen precisamente los más rigurosos: el modo de hablar y la vestimenta. Otra imperfección metodológica (juzgada desde nuestros días, obviamente) era el recorte que hizo: se basó principalmente en sus “recuerdos de infancia” en los distritos obreros del sur de Inglaterra en la década del 20.

Más allá de esto, el libro de Hoggart es apasionante por su tono nostálgico pero firme, casi como orgulloso de ser testigo de una época revolucionaria (Williams titularía su clásico de 1961 La larga revolución), al menos en lo cultural. A Hoggart no le interesa si un hombre de 40 años es empleado regular, gana 1200 pesos y tiene 10 empleados a cargo para caracterizarlo como “de clase obrera” o “pequeñoburgués”. Escuchándolo, viendo cómo maneja su familia, a dónde compra su ropa o de qué manera se comporta ante los “chismes” en el barrio, él está hablando de la clase obrera inglesa.

En esto –y en muchas otras cosas que no podremos comentar- Hoggart se acerca a la definición de cultura del primer Williams, aquel que en Cultura y sociedad se refería a un “modo total de vida”. Sería más fácil, para describir esta cultura, mirar las instituciones tales como los sindicatos, las mutuales o la prensa popular surgidas desde el siglo XVIII. También se hace necesario mirar a la “gente común” (common people) y no a las “minorías dentro de la clase obrera”, de “carácter resuelto” y “politizadas” (1). Esta parte la señalé en la fotocopia para que la vea mi amigo trotskista. ¡Esa no es la clase obrera! Parafraseando a Nimo, por lo menos, así lo veo yo.

(1) Richard Hoggart, La cultura obrera en la sociedad de masas, México, Grijalbo, 1990, p. 33.