Caminando con las piedras

Tapa de Exit Planet Dust de los Chemical Brothers (1995).

Siempre me sugirió algo esa tapa. Un muchacho con la guitarra en la espalda, colgando dada vuelta sin la funda, la correa atravesada sobre su campera, sombrero tejano, la chica sencilla, bella ella, tal para cual, un auto detenido por la velocidad de la obturación, caminando en el sentido del viaje. Que es uno.

No sabía nada del primer disco de los Chemical cuando lo compré en una disquería de esas que todavía resisten en algunas galerías del centro. Corría el año 2006, supongo, ó 2005. Me salió 40$; muchísimo, sentí. Lo que conocía eran los clásicos, los videos de MTV, “Star guitar”, “Let forever be”.

Todos hablan de eso, ¿no? Viajes, como el muchacho y la muchacha de los ’90 (¿no será más vieja la foto? ¿importa?) que caminan despreopados por esa ruta sin nombre en la tapa de Exit planet dust.

Me imagino esa época, ese beat humano y más que humano que entra en “Song to the siren”. Estaban todavía en la duda, no era la frialdad de Kraftwerk (que tiene muchísimo funk), tampoco el dominio de las máquinas de Daft punk, pero sin duda era un paso adelante sobre el house de los ’80, más negro, más corporal.

Acá el pibe y la piba están caminando, el auto está atrás. El humano controla la máquina. Mente superior controla mente inferior.

La continuidad, no hay espacio para nada, una canción sigue a la otra. ¿Qué me decís del rock que hace eso? Nada de límites. Le llamamos electrónica porque no tenemos mejores nombres. Etiquetame. ¿Qué es? Es poner un sonido al lado del otro. Con una pequeña ayudita de mis amigos de silicio. Flesh & bone.

¿Entonces de dónde salió esa foto? Siempre parece que tienen algo guardado en la galera. ¿Qué nos habrán querido decir?

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Traje de fajina

El selecto público de la presentación de Kraftwerk en el MoMA, el pasado 13 de abril en Nueva York. Foto: Stephanie Zussman.

Nunca dudé de la magnitud de la influencia de Kraftwerk en la música pop. Sin embargo, no pude dejar de asombrarme tras leer una nota del crítico de la New Yorker Sasha Frere-Jones sobre su muestra en el MoMA, en estos días.

La pregunta que encabeza el artículo es bastante directa y nos deja una sonrisa dibujada en los labios: ¿cómo terminó Kraftwerk en un museo? Después va dejando una ristra de afirmaciones y planteos para pensar.

Kraftwerk fue la primera banda que utilizó íntegramente máquinas para producir música pop. La nota arranca con una anécdota de la presentación del disco Computer World en Nueva York en 1981. El lugar se llamaba Ritz y ellos fueron la única banda que, hoy en día, sigue sonando actual.

Kraftwerk fue la primera banda que se dio cuenta de que las máquinas eran funky. Escuchás el principio de “Europe Endless” y no podés no bailar. Recuerdo cuando los vi por primera vez, en Obras en 2004: durante “The model” un chabón prendió una bengala roja y se desató el pogo.

Antes del punk y del do it yourself, Kraftwerk fue la primera banda que desafió los conceptos de autoría, destreza técnica y hasta la frontera misma humano-máquina. Ellos mismos, cuenta Frere-Jones, no se llaman músicos sino más bien “operadores”.

Kraftwerk fue la primera banda que, para hacer pop, no se recostó en el blues ni en la tradición anglo-norteamericana que desde hacía más de una década venía monopolizando el panorama. Su música, más que en melodías y armonías (cantan a través de un vocoder), en la reducción al mínimo y la repetición. El principio de Radioactivity sería un ejemplo.

La música electrónica que hoy conocemos como tal, desde el house de los ’80, sería impensable sin el cuarteto alemán. Gran parte de lo que escuchás en la radio, desde Metronomy hasta Adele pasando por LCD Soundsystem y Coldplay, pasó por su red. Al mostrar que, como quería Ralf Hütter, “cualquiera puede hacer música electrónica”, Kraftwerk revolucionó la música de la misma manera que Warhol en las artes escénicas, según Frere-Jones.

En el MoMA, ¿se pierde la esencia de la música? Si la música es pasada por una máquina y no tocada por un humano, ¿a quién aplaudimos? ¿Es el virtuosismo lo valorado o la creación “intelectual” o “conceptual” del arte? Como todo gran arte, el de Kraftwerk nos llena de dudas y, cuarenta años después, nos sigue inspirando.

Hecho en el presente

Carlos Masoch. La mano en la lata. 2010. Acrílico sobre tela.

¿A qué nos remite la música? A veces evoca sentimientos, recuerdos; pero otras veces va más allá de lo descriptible.

Hoy leí un ensayo de Schutz que se llama “La ejecución musical conjunta” (1). Ahí se pregunta cómo se da la relación entre el compositor de una pieza musical y los Otros, sean músicos ejecutantes, escuchas que saben de música o escuchas legos. Dice que la relación no puede estar basada en la notación musical, como único método de comunicación, sino que se basa en la situación de escuchar, típicamente la escucha en vivo (las grabaciones fonográficas, dice, remiten a ella; el ensayo es de 1954), en la que los participantes comparten el “flujo de experiencias del Otro en el tiempo interior” (p. 169), participando de una relación social en la que unos están orientados a los otros.

Lo que me fascina de la música electrónica es que todo el tiempo remite al presente. Una vez un DJ me dijo que clasificaba su música, en la computadora, por semanas. Tenía ahí todas las carpetas. Entrabas a 2005. Estaban los meses; entrabas a Febrero. Entrabas a Semana 1. Y tenías, no sé, 40 ó 50 temas. El tipo laburaba de eso.

¿Cuándo sentís que te gusta la música que estás escuchando?, le pregunté. Siempre llevaba todo al terreno de la electrónica. “Y… cuando engancha bien los temas, cuando no mete música vieja”. ¿Qué es viejo? “Ponele, no podés mandar un tema que la rompió en 2007”. La entrevista fue en enero de 2010.

Pienso en las bandas de rock. En 2006, hace 5 años, vi a los Rolling Stones en la cancha de River. Abrieron con “Jumpin’ Jack Flash”. 1969. Siguieron con “It’s only rock n’ roll (but I like it)”. 1974. Solo tocaron dos temas, creo, de su último disco (A bigger bang, 2005). No creo que mi amigo DJ estuviera muy de acuerdo con eso.

Pero la música electrónica es la pura contemporaneidad, tiene el sabor de algo hecho en el presente. Hoy escuché el último Essential mix, que salió el sábado a la madrugada por BBC Radio1. Estuvo Marco Carola. Y no pude dejar de pensar: esto lo hizo hace tres días. No importa que los temas que haya pasado tengan uno o dos meses. El programa fue hoy, y no remitía al pasado. Porque, me podés decir, los recitales también son “aquí y ahora”, en términos de Schutz. Pero claramente remiten al pasado.

En la electrónica el pasado solo entra para romper, para indicar que algo anda mal (“no podés mandar un tema de 2007”). Lo único que vale es el presente.

(1) Alfred Schutz, “La ejecución musical conjunta. Estudio sobre las relaciones sociales”, Estudios sobre teoría social. Escritos II, Buenos Aires, Amorrortu, pp. 153-170.

Segundo día: Massive Attack y después

Las condiciones del tiempo auguraban una jornada más tranquila: menos calor, algunas nubes y un suave viento lograron que una buena cantidad de personas llegara antes de se pusiera el sol. Así pudieron disfrutar por ejemplo de Massacre, o unos minutos después al francés Benjamin Biolay, que hizo mover las cabezas con su pop rock mid-tempo, a base de teclados oscuros onda Muse.

Si eso era muy depre para algunos, la presencia de los galeses Stereophonics en el escenario Hot, con su pop de guitarras anclado en el ’96, trajo algo de power a esta jornada por demás tranquila -otra excepción sería Catupecu machu, cerrando el escenario 2. Sonaron “A thousand trees”, “Mr. Writer”, “The bartender and the thief”, “Innocent”, “Local boy in the photograph” y “Have a nice day”, con esa energía brit-pop que siempre es bienvenida en estas tierras -sobre todo de parte de una banda en mucho mejor estado que sus más conocidos cultores.

Catupecu machu fue la única banda, al menos de las que vio este cronista, que recordó al convalesciente Gustavo Cerati. Recorrieron su último disco, Simetría de Moebius (2009), así como viejos hits: “Origen extremo”, “Óxido en el aire” e “Y lo que quiero…”, entre otros, cerrando con el infaltable “Dale!”. Por primera vez en tantas veces de ver a Catupecu, este cronista vio con asombro no desatarse pogo.

Es que había mucho anteojo de marca y hot pant blanco. Era el público que había ido a ver a las dos bandas más convocantes, Thievery corporation y Massive attack, que finalizan en Buenos Aires una gira conjunta. La primera arrancó puntualmente a las 21.35 hs con un profundo sonido, mezcla de hindú (sitar incluido) y el mejor trip hop, ese que tiene el bajo bien adelante y un pulso trancero. El paisaje sonoro pasó de la India a Brasil, cuando una cantante (a juzgar por el acento, más argenta que el dulce de leche) salió a anunciar “unos beats brasileros”. Entraron también dos negros rastas que le pusieron onda a una serie de reggae roots (incluyendo un pedacito de James Brown que solía cantar Pity Álvarez) que prepararon el terreno para lo que venía.

Massive attack estuvo a la altura de la historia. Comandada por “3-D” Del Naja y “Daddy G” Marshall, la banda nacida en Bristol que en 1991 inventó el trip hop llegó por segunda vez a Buenos Aires. La presencia de festivales dance-rock en Buenos Aires, de hecho, nació con ellos: encabezaron el BUE de 2004, que marcó el retorno de Daniel Grinbank al negocio de la cultura rock.

Una banda de la talla de Massive attack no tiene que probarle nada a nadie. Y sin embargo, lo hicieron. Convertidos desde su disco 100th window en una especie de colectivo audiovisual pacifista, incorporan varias manifestaciones artísticas en su set: el mítico cantante jamaiquino Horace Andy, proyecciones de video-arte antibélicas y de actualidad, como cifras económicas y políticas o simplemente encabezados de noticias. No faltaron los clásicos: “Teardrop”, “Safe from harm” y “Unfinished sympathy”, por nombrar solo algunos, estos dos últimos de Blue lines, uno de los discos más influyentes de la historia de la música.

En resumidas cuentas, el Hot festival trajo alegría a la escena porteña. La alejada ubicación y el deficiente acceso son puntos a mejorar, pero esperamos seguir recibiendo visitas de esta altura artística.

BONUS TRACK: un tema y un EP

Terminamos el conteo. Cuando, a mediados del año pasado, me surgió la idea de hacer este conteo de la música de los 2000, tuve una conversación con mi amigo P., quien formalmente no participó en la selección pero sí la inspiró y discutió conmigo muchos de estos discos. Una de las primeras cosas que me dijo fue que había que incluir como “bonus track” este tema.

“Crazy” (2006) de Gnarls Barkley. Y sí. Cómo suena. El productor Danger Mouse (que ya tiene por sí solo su lugar en este conteo) se unió con el cantante Cee-Lo Green, quien se había vuelto loco con el Grey Album. Damon Albarn también se había enganchado con el productor para que lo ayudara en lo que sería el segundo disco de Gorillaz, Demon days (2005).

El tema condensa lo mejor de la música de los 2000 que venimos hablando. Tiene onda, es alegre, comandada por una base electrónica medio jungle. Tiene la cadencia de la voz de este negro que te hace mover los cantos. La instrumentación se apoya en un fuerte bajo continuo. Y lo fundamental: un estribillo pegadizo con cuerdas de fondo y muchos agudos.

Pero después de Gnarls Barkley se me ocurrió otro “bonus track”, de una banda mexicana que también ha sido desde sus inicios una de las más interesantes de la música latinoamericana. Me refiero a Café Tacuba. Durante esta década sacaron dos discos desparejos (Cuatro caminos y Sino) pero un EP francamente excelente: Vale callampa (2002).

Es un disco de covers, homenaje a Los tres de Chile. Arranca con el éxito “Déjate caer”: bombo en negras y voz susurrante, a la que le sigue el bajo y, más adelante, el teclado, la guitarra chingui-chingui y la batería programada. Una letra de primer nivel, profunda y reflexiva. Las voces de Rubén Albarrán alcanzando los extremos del arco sonoro y una sincera expresividad.

“Olor a gas” se apoya en el coro “uhhhhh uhhhhhh aaaaaaa ssssssssss”, impresionante. Y el estribillo súper rockero. Las canciones de Los tres tienen un registro lírico íntimo y melancólico. “Sin sábanas, sin un colchón/ duerme tranquilo como un león/ seco el corazón…” Le sigue “Amor violento”, llena de sonidos deformes y acrobacias vocales del cantante. Por último, “Tírate”, un himno al desamor y la pena (“y si me dices que te vas/ que no lo quieres intentar/ entonces abre la ventana/ tírate”).

Un tema. Un EP de cuatro temas. Eran dos joyas que no podían dejar de figurar en este repaso de la música de los 2000.

CROSS (2007)

En 2007 hubo muy buenos discos, algunos de los cuales están incluidos en este conteo (Hissing fauna) y otros no (Raising sand de Robert Plant y Alison Krauss). Recuerdo que para la Encuesta anual del suplemento NO de Página/12 dos músicos habían votado este disco como el mejor del año: Gustavo Cerati y, si no me falla la memoria, Ale Sergi de Miranda! Yo ni tenía idea de qué significaba. Meses después lo escuché y me voló la cabeza.

Cross (en verdad es un dibujito, con forma de cruz, pero así se lo conoce) fue el disco del año 2007. Cuando se pensaba que la música electrónica big beat o de estadios había alcanzado su tope con Daft Punk vinieron estos (también) franceses a incorporar nuevos sonidos y sensaciones.

Son los golpes que te da la industria musical: no pasa nada y de repente te cae un tanque de estos, con un corito de minas cantando “do the D.A.N.C.E” tranquilo y después el bardo. Excelente. Necesitamos más de estas bandas. La música de los 2000 se movió mucho así, por espasmos: en 2006 los Arctic Monkeys también sacudieron el escenario, aunque duró poco porque resultó evidente que su fuerza era de corto aliento (como tantas otras bandas…)

La música electrónica no puede salir del “culto” porque en su mayoría trabaja con otra temporalidad: no tiene “singles”. Por eso es que de vez en cuando salen “bandas” de electrónica (que no sean solo un productor o DJ) que generan buenos “hits”: desde los Chemical Brothers (“Hey boy, hey girl”) hasta Justice, pasando por Daft Punk.

En “New Jack” vemos cómo generan un ritmo breakbeat a partir de versos disonantes e incompatibles. Las dos partes de “Phantom” son un himno a los sintetizadores. “Valentine” es una canción de amor robótica, con el teclado setentoso marca registrada y una melodía romántica principal. Justice no tiene miedo de mandarte una guitarra metalera en medio de beats electrónicos. Probablemente sea “Waters of Nazareth” la que mejor resuma su estética: batería trashera pero bailable (muuucho hi-hat abierto), teclados celestiales y quiebres bruscos.

El coqueteo de Justice con la música clásica es más irreverente que el de Daft Punk: en “DVNO” se ve cómo las cuerdas tiran una nota tipo Psicosis que marca el ritmo y casi no se escucha más que cuando no hay voz. Los temas no encajan uno en el otro perfectamente más que en contadas ocasiones (las dos partes de “Phantom”), lo cual lo hace apto para el disco pero poco para el DJ set (escuchar, por ejemplo, su presentación en el NYE de hace unos meses o su Essential mix).

En fin, para terminar con este conteo vamos con Justice y su renovación de la electrónica all-stars. ¡Salud!

RINGS AROUND THE WORLD (2001)

Este es un disco lleno de soniditos. Me encanta. Lo escuchás una y otra vez y siempre encontrás una voz más o un juguetito que hace “pim, pim” mientras suena el segundo estribillo del tema tal. Rings around the world, quinto disco de estudio de los galeses Super furry animals, es una caja de sorpresas.

Al principio puede parecernos clásico, suave y recargado. Al finalizar seguramente sostendremos el tercer calificativo y tal vez el segundo, pero jamás el primero. Rings… tiene una producción impecable: todo suena en su lugar, desde el piano de “Alternative route to vulcan street”, la guitarra distorsionada y la base de “Sidewalk serfer girl” y hasta la voz con eco de “It’s not the end of the world?”

Los paisajes sonoros se caracterizan por la delicadeza y la sobriedad. Así, desde el caótico pero simétrico “Sidewalk serfer girl” se pasa a esa perfecta parodia de blues/rock, “(Drawing) Rings around the world”. Las transiciones nunca suenan absurdas, ni siquiera dentro de un mismo tema, como se ve en la que tal vez sea la mejor canción del disco, “Receptacle for the respectable”.

El bajo suena perfecto, la batería suena perfecta, los soniditos suenan perfecto, Paul McCartney mascando una zanahoria en “Receptacle…” suena perfecto (entrevistado sobre esta colaboración, el ex-Beatle dijo que había sido lo mejor que le había pasado en el año). Aún así, sabemos que en la pasada década muchas bandas que sonaban prístinas, con la mejor producción, no lograron edificar una obra tan contundente (pienso en Arctic Monkeys, Keane, etc).

Los SFA no tienen miedo de meter un tema instrumental lisérgico con lo que parecen gemidos de mujer seguidos de un pianito, una sección de cuerdas y un bajo potente. La mezcla es claramente una de sus características y en este disco pasamos por las baladas pop (“Juxtaposed with U”), los himnos barrocos (“Run! Christian, Run!”, “No sympathy”), las canciones experimentales (“(a) touch sensitive”) y las inclasificables canciones superfurryescas (todas las demás…). Lo que comparten es una inagotable búsqueda por el gancho y la superación de los límites, sin caer en intelectualismos.

A nivel lírico muchas canciones son excelentes. “Sidewalk serfer girl” cuenta la historia de Patty Whitebull, una mujer que estuvo en coma por 15 años y cuando se despertó pidió una pizza. “Presidential suite” es una mirada ácida sobre los noventa, comentando el affair Clinton-Lewinsky (“¿hace falta que sepamos si él acabó en su boca?”)

El uso que los SFA hacen de la electrónica en este disco también es ajustado. Los pocos delirios que hay (el final de “No sympathy”) encajan con la dirección del tema, generalmente progresando desde el orden hasta el descontrol. Los vocoder, el estéreo y los ecos reverse suenan a lo largo de sus 53 minutos.

Rings around the world es un disco que te devuelve la fe en la música: jugado, redondo y hermoso. Infaltable en este conteo de los 10 mejores discos de la década.