Es un día de sol

Chicas del CNBA disfrutan de un festival de bandas en el Campo de Deportes, en septiembre de 2008.

En 2001 no había nada. El Hilton, nada más. Y unos tímidos pozos con maquetas e improbables obreros de la construcción. Los días que había marcha en la Plaza no nos pasaban falta, porque había que atravesarla de punta a punta (¡la Plaza de Mayo!) para llegar al “Campo”, como le decíamos. “Che, ¿hoy hay campo?”, preguntábamos en el segundo o tercer recreo. Alguien corría al Departamento de Deportes y en la cartelera avisaba: “CAMPO = NORMAL” o “CAMPO = SUSPENDIDO”.

Después llegó la crisis y su reactivación en ladrillos. Ya en 2003 empezamos a ver los edificios. Los siguientes dos o tres años crecieron como yuyos; cada día parecían tener un piso más. Los obreros que estaban trabajando los sábados y domingos, cuando jugábamos el torneo inter-divisiones, solían hinchar para algún equipo. Entonces gritaban “¡dale, amarillo, poné huevo!” desde allá arriba, mientras construían semi-pisos de cientos de miles de dólares que jamás podrían comprar.

El centro de estudiantes organizaba movidas artísticas de vez en cuando, los sábados. Había brownies para comer y jugo de naranja para tomar, generalmente vendido por un padre o madre de buena predisposición. Una vez el presidente de la Asociación Cooperadora apareció ahí, no te digo en pantalones cortos, pero en ropa menos formal que la habitual. Fue impactante el mero hecho de que se dignara a asistir al evento, caminando las pocas cuadras que lo separaban de su departamento en las Torres El Faro de Puerto Madero.

Yo nunca pensé que fueran a rematar el campo, con todos los quilombos legales que hubo. En 2008 estaba vivito y coleando cuando fue uno de estos eventos. Era la época de los floggers; esos cortes de pelo no se olvidan. Mucha camperita blanca y zapatillas flúo. Unos meses antes me había encontrado con un amigo del colegio que hacía mucho no veía, en el Abasto. Estaba lleno de preadolescentes enfervorizados/as, sin motivo aparente. Le preguntamos al guardia de seguridad. “Son los floggers, se juntan acá todos los miércoles a sacarse fotos”.

Para esa época escribí el que probablemente haya sido mi post más visitado, “Algo así como lo más glam”, sobre el fenómeno flogger y un informe de TV sensacionalista grabado casi íntegramente en el Abasto. Los comentarios eran muy graciosos, porque se trenzaron en peleas los floggers y los anti-floggers, ¡en este ignoto blog! Durante casi un año registraba más visitas por día que todo el resto juntos. Después fue decayendo, se aquietaron las aguas y los chicos se pusieron a estudiar Marketing o Abogacía.

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Tríptico

CNBA. 4to2da. Noviembre de 2004.

Listo, voy a escanear esta.

¡Guau, un álbum de fotos! Qué reliquia. Tecnología de punta. Fotos en papel. Físico.

Física. El gabinete estaba en el primer piso. O sea, parado de donde saqué la foto, miraba para arriba a la izquierda y se veían las ventanas de los gabinetes. Es el patio de Alsina. El otro estaba cerrado, el de Moreno.

Moreno, Guido, se fue en primer año con la crisis, meses antes de diciembre de 2001, a España. El último día vino con su colección de cartas Magic para regalárnoslas. Intentó hacer una especie de cola para repartir equitativamente el botín, pero algún abusón se las sacó y las tiró para arriba tipo piñata. Todos agachándonos por el piso del aula para agarrar la mayor cantidad de esos inútiles cartoncitos… Un par volaron hasta el patio, tres pisos más abajo.

Estuvieron cerrados varios años, los patios. Hace unos meses fui, para la noche de los Museos. Se hacían recitales, caí para una big band de jazz a la una de la mañana. Esas paredes que en la foto se ven al fondo, ennegrecidas y sucias, lucen ahora su color original, brilloso, casi transparente de tan limpio. Lo mismo las baldosas y los canteros que se ven a la izquierda. Fue en el de Moreno, el recital, así que no vi si había pececitos en la gran pecera que tapan mis compañeros en esta foto.

En cuarto y en quinto nos hicieron foto. En primero también, en el SUM del tercer piso, me acuerdo. Perdida. Este día, el de cuarto, 2004, fui con la cámara, que para ese entonces estaba ablandando tras años de inactividad. Una vieja Canon AE-1. Llegó el fotógrafo, se instaló en el patio y en el transcurso del día fueron desfilando todas las divisiones de todos los años. Cuando sacó la “oficial”, todos se estaban bajando de sus posiciones, pero yo dije ¡alto!

Me bajé yo, me coloqué en la posición del fotógrafo con mi cámara (que probablemente, no recuerdo, tenía colgada en la foto “oficial”). Les dije a todos que aguantaran un poco y la saqué. Están todos los de la oficial (menos yo), pero en distintas posiciones. O sea, los que no están es porque ese día faltaron.

Pelos largos. Sonrisas. Remeras y buzos y pulóveres. Incertidumbre. Jodones y reflexivos y perdidos. Amigos.

Futuro.

El rol social

Gonkar Gyatso. Excuse me while I kiss the sky. 2011. Stickers, recortes de papel y resina de poliéster. 122 x 81 x 71 cm.

Anoche después de la radio fui al recital de Mompox en La Fábrica. Queda a tres cuadras del CNBA. Me bajé con el subte en Catedral, fui por abajo hasta la línea E y salí en el café de Diagonal y Bolívar.

Había  una extraña presencia de adolescentes con mochilas y acné. Claro, me di cuenta, es la salida del turno noche. Caminando por Bolívar hacia Belgrano los vi, por ambas veredas, casi todos en grupos de cinco o seis chicos y chicas. Llegué hasta la puerta del colegio, había más grupitos, de los años superiores, y un policía de la Federal apostado en la vereda de enfrente.

Caí en la cuenta de que nunca había estado en la salida del turno noche. Parece irrelevante, pero tras seis años de ir todos los días a la mañana al colegio y tener incluso amigos a la noche, nunca había presenciado ese ritual. En la esquina de Moreno había dos o tres combis naranjas, con sus respectivos conductores que acomodaban a los chicos. Chicas de quince años vestidas muy coquetas, con esas polleras floreadas de tiro alto que están de moda ahora, diciendo por el celular “no, dejá, voy con la combi”.

Todos los días, todas las noches, por cinco años, salir del centro de Buenos Aires para volver a tu casa en, quizás, Adrogué o Munro. Una combi llena del futuro de la Nación.

Algo te tiene que quedar.

*                                                *                                              *

Ahora vi que la Facultad de Filo inició una acción por “trata de personas” por los pibes que están en el patio. “Los menores no están autorizados a entrar y permanecer en la institución. Pero personas que se identifican como integrantes de comisiones del Centro de Estudiantes les facilitan el ingreso y protección”, reza el comunicado.

Desde la primera vez que cursé en Puán me llamó la atención esa presencia. Ojo, ya en el secundario venía una vez por año un muchacho que era de una asociación de niños discapacitados y no sé qué y se llevaba unos buenos pesos (porque tenía el monopolio de la caridad; ¿qué areglo tendría con el rector Sanguinetti?) Pero en Puán pasaban ahí gran parte del día, en el patio y en los pasillos.

La justificación de mis compañeros era “y, pero acá tienen contención, mejor que no estén todo el día en la calle”. A lo que respondía, entonces traigamos a todos los homeless del país y solucionamos la cuestión habitacional en un santiamén. Era una muestra más del progresismo berreta biempensante.

Porque si estos pibes te chocan con las bicicletas en el patio, que les prestan los estudiantes para “dar una vuelta”, no les podés gritar como harías si fuera una persona “normal” (si no fuera un pibe de la calle, digamos); porque si le tocan el culo a una piba el otro te dice “no pasa nada, si tiene 13 años” y no podés darle una cachetada. Loco, está mal. Punto. Hagamos algo. La universidad no es un hogar de día.

Somos como una gran familia

William Blake. Oberon, Titania and Puck with fairies dancing. Circa 1786. Lápiz y acuarela sobre papel. 47,5 x 67,5 cm.

La primera vez que escuché de Juvenilia fue en el curso de ingreso. En el cuadernillo de Lengua había unos párrafos, una de esas anécdotas tan graciosas que cuenta Miguel Cané sobre su vida en el Colegio Nacional de Buenos Aires allá por la década de 1860. Como la del robo de las sandías, me acuerdo. Me parecía algo muy lejano, porque si bien sabía que estaba hablando del mismo colegio al cual yo supuestamente iba a entrar, todo tenía una atmósfera tan pícara, casi suburbana, que no creía que jamás fuera a experimentar en carne propia ese tipo de aventuras.

No me equivoqué. Ni en la calidad de las organizaciones… ah no. Ese era otro discurso. Cuestión que nunca tuve esas aventuras que Cané narra en ese tono tan típico de la generación del 80: relajado, íntimo, casual. Como decía Mansilla: “entre-nos”. Eduardo Wilde parece que disfrutó mucho al leer Juvenilia.

Era un mundo de notables. El autor-narrador (no deja de ser un relato autobiográfico) hace constante referencia a sus compañeros de curso que, en el momento de la escritura, eran ya prominentes figuras del mundo político y cultural argentino. Las mujeres, relata Sylvia Molloy en el texto que me disparó estas reflexiones (1), están excluidas -apenas menciona a algunas, inferiores de clase, que solo eran usadas para disfrutar en alguno que otro baile.

Lo más llamativo de este tono nostálgico del relato de Cané es que él tenía apenas 31 años cuando escribió y publicó Juvenilia. Es decir que los sucesos que narra habían tenido lugar solo 15 ó 16 años antes. Yo lo leí apenas terminé el colegio, me acuerdo que lo compré en Rosario en una librería que está frente a la plaza que a su vez está enfrente de la casa natal del Che Guevara. Me salió 3$, en 2006, una linda edición de GOLU de Kapelusz. Y lo leí por ahí, unos meses después, en unos días. Es cortito.

Y aburrido. No le recomiendo a nadie que quiera pasar un buen rato que lea Juvenilia. Los hombres que no amaban a las mujeres está mucho mejor. Y no es tan elitista. Ja.

(1) Sylvia Molloy, “Una escuela de vida: Juvenilia de Miguel Cané” en Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 133-145.

Cambio de banco

Todos los años, en algún momento al pedo, hacía un plano del aula. Dibujaba los cuadraditos que representaban a los bancos y adentro de cada uno ponía el nombre del que lo ocupaba ese día; si justo se había cambiado, ponía el nombre de su ocupante habitual.

Cada vez me doy más cuenta de que las cosas que pensé que hice “todos los años” en el secundario, en verdad las empecé a hacer en 2º o 3º año. Como que los primeros años en verdad no hice nada. Tengo muy pocos recuerdos, a decir verdad, de esos dos años.

Un recuerdo claro: sábado de invierno, 2002, mediodía, con mi viejo yendo a buscar a mi hermano que salía del curso de ingreso. En la esquina de Alsina y Bolívar, en un New Beetle amarillo, Jorge Lanata esperaba a su hija Bárbara. Me acerqué y lo saludé.

Otro recuerdo, también de segundo año: la Pepsi Twist, en lata. Era Pepsi “con un twist de limón”. Furor. Después desapareció. Habría que armar un grupo en Facebook que se llamara “Quiero que vuelva la Pepsi Twist”.

El primer día, como podrán ver, me senté en la segunda fila, segunda columna, mirando desde la entrada del aula (que es de donde está sacada la foto). Adelante, nadie. Al lado mío, Chori. Atrás, Olga. A su lado, Gabi Kimel. Atrás de Olguis, Matías Estigarribia. Atrás, Fedi Bianchi. A su lado, Pablo Folioscope Traine. Fila a mi izquierda: Líber, atrás Seba Fernández, atrás Leo, al fondo de todo, hablando con Bianchi, Papa. Al fondo del campo visual (cabeza arriba de Líber), el Oso. Adelante de todo, quemado por el flash, Guido Moreno (que se fue a vivir a España).

Unos días antes de irse, Guido, que era medio freak, llevó todas sus cartas Magic para regalarnos a nosotros sus amigos argentinos que nos íbamos a quedar acá sufriéndola. Cómo lo deliraron, pobre… Apenas intentó imponer un cierto orden en el giveaway, se le fueron todos al humo. Las cartas terminaron todas en el suelo y cada cual agarró lo que pudo.

Fue como la versión escolar e ilustrada de los saqueos de 2001.

Las caras en la foto. Miedo. Atención. Despreocupación. Apertura. Aburrimiento. Se vienen cinco años de esto, muchachos.

Mi primera conversación de primer año con un extraño. Viene Facu: “vos que estás en lo que es o no es buena onda: ¿qué queda más buena onda, ‘transar’ o ‘chapar’ ?” Yo: “Eh, transar”. No tenía la más mínima idea de qué significaban esas palabras.

Fotos

Sigo usando esa remera de Montu. Una vez estaba en el colectivo, habrá sido en 2003 ó 2004, y un tipo me preguntó, “¿vos fuiste a esa montaña rusa?” En la cara se le notaba el asombro, imagínense, ver a un niño en Buenos Aires con la remera de un juego de un parque de diversiones en Tampa, Estados Unidos. “Yo sobreviví a Montu”, reza, y así lo atestigua una fiera figura mezcla de águila calva y emperador egipcio.

El primer día de clases de primer año nos hicieron ir con nuestros padres. No existían las cámaras digitales, aclaro para los jóvenes. Cada uno llevaba su cámara de rollo o, los más pudientes, su filmadora (obviamente, también analógica; VHS-C era lo más).

Esta es la primera foto del álbum. En los próximos días voy a ir subiendo otras. Antes de entrar me la sacaron, supongo, porque después empiezan las del aula. Además siempre mi padre tuvo la costumbre de no confiar mucho en la primera foto del rollo, por si estaba mal colocado y después salía cortada. Esta sobrevivió.

Era un lindo día, parece. Marzo de 2001. Faltaban meses para la catástrofe. Los paquetes de chizitos todavía costaban 50 centavos, igual que las latas de gaseosa. El boleto de colectivo no sé, porque no tomaba, pero el subte estaba 70 (yo igualmente tenía pase de secundario, gratis). Todas las mañanas me llevaba mi padre en auto hasta la estación Congreso de Tucumán de la línea D y le daba ahí, derecho hasta Catedral.

Algunos días de fin de año recuerdo que suspendían el campo porque había manifestaciones en la plaza de Mayo. De camino al subte veíamos con mis amigos a los oficinistas que pasaban corriendo, como entre las nubes, tapándose la cara y los ojos llorosos de los gases lacrimógenos.

Cada 15 minutos sonaba la campana de la iglesia de San Ignacio, que en 2003 casi se derrumba y desde entonces tiene una serie de andamios provisorios-definitivos que convirtieron a esa cuadra de Bolívar en peatonal.

Cuando las columnas venían por Bolívar, los primeros años, nos hacían salir por Moreno, desde el subsuelo. Hay una escena de La mirada invisible que muestra muy bien eso, me trajo muchos recuerdos. Enfrente, yo no sabía, había vivido y aparecido muerto Luca Prodan. Ahí mismo, Moreno y Bolívar.

¿Qué pensaría Luca sobre los estudiantes del Nacional Buenos Aires, muchos de los cuales seguramente escuchaban Sumo? ¿Se habrá tomado una birra con alguno y, despreocupado, le habrá contado su historia de exilios, adicciones y melancolía?

FACTA FEMINARVM

Cuando entré al Nacional las clases de Latín me parecieron un agregado más a la cantidad de cosas raras que tenía ese colegio. La profesora que nos acompañó ese primer año, y que retornaría en cuarto para cerrar el ciclo, era también la autora del manual de estudios de lengua y civilización latinas: Marta Royo. Cuántos recuerdos tendrán más de cuatro generaciones de egresados sobre esta profesora, cuántas historias correrán acerca de su pequeña y gremlinesca persona.

Esta imagen que pegué acá es un escaneo del capítulo VIII del manual Latín 1 (1). Por los dibujos calculo que debe ser de la segunda mitad de segundo año. Estábamos viendo los adjetivos de segunda clase, algo que se ve en la tercera semana de clase de Latín I en Puán, así que calculen que íbamos tranqui. Cuestión que yo, con mi amigo Ch. tan mencionado en estas páginas, me dedicaba a hacer dibujitos. Los de los extremos los hice yo, el del medio es de Ch. Son niveles del “Lemmings”.

¿Qué es el “Lemmings”? Es el juego que nos volvió locos todo segundo y parte de tercer año. Lo jugábamos en la computadora por medio de un emulador de Super Nintendo (SNES). Apareció en 1991 y era de la compañía Sunsoft. Consistía en guiar a unos muñequitos totalmente autómatas (llamados lemmings, una clase de roedores) de una puerta que se abría hasta una compuerta que los salvaba.

El chiste era que en medio de ese recorrido, con pozos, rocas, escaleras, uno tenía una serie de actividades que le podía ir indicando a los lemmings, con el joystick, que hiciera para avanzar: cavar para abajo, saltar, detenerse (porque siempre caminaban, entonces si uno se detenía hacía que los otros fueran para el otro lado), cavar en diagonal para abajo, construir “puentes”. Y en cada nivel, obviamente, iba aumentando la dificultad de varias maneras: menos “valores” para cada actividad (por ej, solo un cavar y un construir, vos con eso tenías que arreglarte), más velocidad de salida de los lemmings de la compuerta y, fundamentalmente, mayor porcentaje de lemmings a salvar (al principio se te podían morir un par).

Con Ch. nos rompíamos la cabeza todas las tardes, después del colegio, pasando nuevos niveles y acumulando passwords (así se recuperaba cuando apagabas la consola, no había “Guardar”). En varias oportunidades nos trabamos, por semanas enteras, en niveles que parecían imposibles. La última, para mí, fue en el nivel “Just a minute (part two)”. Era un minuto de tiempo, salvar al 100%. Juro que no daban los tiempos. Pero un día Ch. lo pasó, y por más que me lo explicó nunca pude hacerlo.

Ese día terminó mi niñez.

Acá pueden descargar el emulador de SNES y acá o acá el Lemmings. De nada: les va a romper la cabeza.

(1) Marta Royo, Latín 1 – lengua y civilización, Buenos Aires, Colihue, 1998, p. 131.