Visitante

Matías Duville. Sin título. 2007-08 Carbonilla sobre papel. 150 x 240 cm Cortesía de Col. Esteban Tedesco.

Matías Duville. Sin título. 2007-08
Carbonilla sobre papel. 150 x 240 cm
Cortesía de Col. Esteban Tedesco.

Hace unos días presencié, medio de rebote, una clase de teatro. De actuación, más específicamente, de expresión actoral.

Había unos diez alumnos, de entre 19 y 30 años. La sala, como suele pasar en los espacios no tradicionales, no había sido hecha para el teatro: tenía piso de pinotea, medio roto, y un escenario armado a los ponchazos con unos tablones de aglomerado sobre pallets levantados de la calle. El docente es un actor adulto-joven muy famoso, conocido a nivel latinoamericano hace más de diez años, con trabajos en cine y televisión.

Primero les fue diciendo a los pibes que pasaran al escenario, apagó todas las luces menos una que les daba en la cara y ahí arriba, solos, les preguntó qué veían. Entonces cada uno lo encaraba por un lado diferente: más objetivo, más reminiscente, más introspectivo, más humorístico. Y después el docente hizo devoluciones personalizadas a cada uno. El siguiente ejercicio consistía en pequeños monólogos de hasta diez minutos; cada estudiante había preparado algo con una consigna (era sobre una experiencia dolorosa, o similar).

Entendí por qué tanta gente estudia teatro. Es muy fuerte, es un espacio de liberación zarpado. Una piba se puso a putear contra el universal viejo verde pajero que les dice cosas en la calle. Otra se sumergió en los miedos que le generaba encontrarse con otra persona, que no terminó de definir (¿un exnovio?, ¿su padre?, ¿su terapeuta?) Y todos se escuchaban. Todos suspendieron las reglas de la sociedad para estar ahí, esas tres horas, creyendo en lo que los otros les decían. Les “montaban”. No hay muchos espacios así.

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Hace unos días fui a Puán, facultad que hacía varios años, por suerte, no pisaba.

Me acuerdo de la primera vez que la visité, recién empezaba Sociología y tenía una amiga que había empezado Filo. Nos encontramos un viernes a la tardecita en el patio. Llegué y había como cien pibes tomando birra, fumando porro y tocando canciones de Fito Páez con la criolla. Era la gloria del estudiante (que no quiere estudiar, claro). Yo no curtía ni media, pero ese ambiente me cautivó y siempre que podía me mandaba. Después cursé tres materias, pero cada vez con menos entusiasmo.

El otro día entonces volví. Fui derecho a la biblioteca, mirando al piso para evitar toparme con conocidos, mendigos, militantes políticos y otras molestias. Consulté un libro espectacular: Poesía civil, de Sergio Raimondi. Lo leí casi de un tirón, no llegué a terminarlo. La biblioteca estaba llena y el aire viciado. Hice una pausita, me compré un café con leche excelente por cinco pesos. Cuando estaba saliendo me topé con una familia de indigentes que tenían una especie de colonia en el aula del subsuelo y repartían estampitas pidiendo monedas.

Lectura general

Sala de lectura general, Biblioteca Nacional, junio de 2006.

La sala de lectura general de Biblioteca Nacional está en el sexto piso del famoso edificio de Clorindo Testa. Para entrar tenés que llenar una ficha de información con nombre, apellido, edad, dirección de correo electrónico, frecuencia de visita a la biblioteca y destino dentro del edificio, entre otros datos. Además, no se puede ingresar con mochilas ni beber o comer en las salas de consulta. En la de lectura general sí está permitido, razón por la cual es la más concurrida.

La última vez que fui me sorprendieron dos cosas. Primero, la sofocante temperatura y el aire viciado que se había generado en el ambiente. Es un piso de techos bajos y ventanas herméticas, sin aire acondicionado (al menos ese día). Segundo, la cantidad de gente que, aún así, estaba instalada esa tarde “estudiando” o trabajando en las mesas. La anterior vez me enteré de que no tienen Wi-fi: sí, la Biblioteca Nacional, esa misma que hace unos años sufrió la caída libre de un ascensor (gracias a Dios, vacío) y que trascartón lo reemplazaron por un modelo más “inteligente” que muchos de los empleados de la institución. Por lo menos te saluda. “Bienvenido a la Biblioteca Nacional”, te dice.

Una de las primeras veces que fui habrá sido en 2006. Sí, había un ciclo de “Debates sobre la cultura argentina” organizados por la Secretaría de Cultura de la Nación en tiempos de José Nun. Eran los miércoles, creo, a las seis de la tarde. No, los jueves tal vez, porque recuerdo que tenía clases en sexto año del colegio, y eso era lunes, martes y jueves. Me quedaba haciendo algo por ahí al mediodía, iba a comer, y arrancaba para la Biblioteca.

Eran temas como “La religión”, “El deporte”. El primero fue “El humor”; me quedó grabada la impresionante habilidad de “Pepe” Nun como contador de chistes. Esa serie de charlas, ocho si mal no recuerdo, me parecen ahora el símbolo de una época en la que la intelectualidad progresista pensaba que el kirchnerismo iría finalmente a cambiar la cultura política (y la cultura, por qué no) de nuestro país.

Sentado ahí con mi libro de Wright Mills, la saqué con el auto-disparador. Las mesas son grandes y redondas; las sillas, modernas y cómodas. Me paré, le puse el mini-trípode, encuadré y apreté. Corrí hasta la silla, agarré el libro, lo abrí y me coloqué en posición seudo “natural”. Se percibe la rigidez: nótese que ni le saqué el separador. No había mucha gente. Al rato bajé a la charla, a conectarme con esas figuras que me prometían un futuro mejor cuando la crisis todavía se percibía en la calle y las esperanzas parecían llenas de felicidad.

200 años entre libros

El Ernesto Jodos Trio, franqueados por Mariano Moreno, anoche en la Biblioteca Nacional.

La Biblioteca Nacional celebra en estos días sus 200 años de historia con importantes actividades conmemorativas. El fin de semana hubo feria de escritores, charlas y conciertos. Hoy, el acto central y un cierre musical con Fito Páez y Gerardo Gandini.

Un día como hoy, de 1810, Mariano Moreno fundaba la “Biblioteca Pública de Buenos Aires”, hoy Biblioteca Nacional. Tras cambiar de sedes y de directores (entre sus más célebres se encuentran Paul Groussac y Jorge Luis Borges), en 1993 se instaló en el edificio diseñado por Clorindo Testa, Alicia D. Cazzanica y Francisco Bullrich. Es en este bloque tan moderno y llamativo que se alza por sobre la arquitectura de la ciudad, donde se celebra en estos días su bicentenario.

Las actividades comenzaron el pasado sábado 11, con una Asamblea de Bibliotecas Nacionales de Iberoamérica y una serie de Lecturas de obras nacionales a cargo de importantes actores. La Plaza del Lector, ubicada hacia la avenida Las Heras, fue sede de una Feria de Escritores y Editoriales independientes, que ofrecieron en vistosos puestos color violeta la variada producción libresca de la ciudad, desde infantiles hasta política, pasando por historia y libros de música.

Los más pequeños también tienen su lugar en los festejos de la Biblioteca. Se trata del programa Biblioteca Lúdica, que se desarrolló ayer domingo y hoy, lunes 13, de 15.30 a 16.30 hs, y de 17.30 a 18.30 hs, en el salón Raúl Scalabrini Ortiz, con juegos, actividades plásticas, narración oral y función de títeres. Tampoco están afuera los bibliotecarios, protagonistas indiscutidos del patrimonio cultural de cualquier sociedad, quienes celebrarán mañana su III Encuentro a partir de las 13.30 hs en el Auditorio Jorge Luis Borges.

La música fue otro elemento importante a la hora de celebrar estos 200 años de libros. Ayer se desarrolló un festival desde las 11 hs, con la Orquesta Sinfónica Nacional, en la explanada de la Biblioteca. Entre los actos más significativos de la tarde estuvieron el Cuarteto Cedrón y Juan Falú (quien señaló, jocoso, la rareza de tocar la guitarra “por línea”). Ya cerca de la medianoche, el trío de Ernesto Jodos con Hernán Merlo y Eloy Michelini trajo una buena dosis de jazz para apaciguar el frío y el viento que hacían estragos entre los pocos asistentes que quedaban. A las 12 de la noche, entrando en el día bicentenario, un espectáculo de fuegos artificiales sobre la Biblioteca coronó este festejo nacional.

Para hoy se espera el acto central, a las 19 hs en el Auditorio Borges con la presencia del Secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, el Director de la Biblioteca Nacional, Horacio González (a quien este enviado vio muy divertido, ayer, escuchando a casi todas las bandas y disfrutando de la pirotecnia) y el escritor Noé Jitrik. A las 21 hs, en la explanada, Fito Páez y Gerardo Gandini interpretarán la música del primero con arreglos para ensamble del segundo.

Pueden descargar la programación completa acá

El Universo

Biblioteca del Museo Británico, Londres. En una de sus salas, Karl Marx trabajó y escribió “El Capital”. Actualmente, ese espacio está conservado como Museo, y los marxistas de todo el mundo van ahí, miran, lloran…

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

Federico García Lorca, “La aurora”, en Poeta en Nueva York, 1930.

Es sábado a la tarde y la sala de lectura libre de la Biblioteca Nacional está repleta. Un 95% (cifras preliminares) son estudiantes, en su mayoría Universitarios. Hay a razón de un mate con su respectivo termo por cada mesa, de 4 personas. La temperatura aquí dentro es de unos 10º más que afuera, lo cual en principio es bueno, pero no tanto cuando reparás en el denso aire que se respira. La iluminación es difusa pero suficiente. Hay pocos lugares más acogedores que una Biblioteca. Hey, ¿eso es una cámara?

Constantemente presenciamos un ir y venir de lectores en dirección a la puerta, muchos de los cuales, celular en mano, eligen respetar el silencio imperante (aunque no tanto como para tener el celular apagado un par de horas, ¡oh, eso nunca!). Otros directamente hablan en sus lugares, nomás. Uno por allá atrás se despereza como el último día.

Muchos solos, muchos acompañados, nunca más de tres (dicen que es multitud). Algunos osados trabajan con sus notebooks. Uno escucha música en su MP3, el programa de Favio Posca. Obviamente nadie fuma, nadie habla.

¿Qué leen? Apuntes, fotocopias, apuntes fotocopiados. Pocos libros. Lo malo que tienen las fotocopias es que no es fácil determinar de qué son (¿y lo bueno?). Microbiología, calculadora, derecho administrativo, galletitas SER, Sonrisas, caras de preocupación. Mucha concentración, mucho esfuerzo, mucha voluntad.

¿Se puede ganar en la sala de lectura libre de la Biblioteca Nacional? Y… convengamos en que hay lugares mejores. Acá lindas chicas no faltan, muy a tono con la zona, aunque algunas tienen cara de pocos amigos. ¿Encima en época de parciales? No te lo recomiendo.

Si levantás la cabeza y mirás a tu alrededor, siempre vas a encontrar una mirada que se está preguntando si eso que está haciendo es lo que más que cualquier otra cosa en el mundo desearía estar haciendo en este preciso momento. Y la respuesta va a ser no.

Tenía razón Borges: el Universo debe tener forma de Biblioteca.