Un largo camino al cielo

Literatura, de Mariana de la Mata

Literatura, de Mariana de la Mata

Nadie conoce al detalle los caminos de la consagración literaria. Quien era ayer una joven promesa, más temprano que tarde termina engrosando las zonaprop literarias que inundan de talleres la ciudad. Una gloria del pasado, una estrella que se apaga no sin antes emitir sus últimos fulgores.

            Peter Calvino recibe la propuesta de publicar una nueva novela, tras más de diez años desaparecido del mundo literario. No se trata de un libro cualquiera, sin embargo: es una saga juvenil de vikingos, género subrepticiamente (y no tanto) menospreciado por su entorno artístico. La fiesta para celebrar esta novedad coincide con el cumpleaños de Peter: allí nos encontramos los espectadores, en una casa junto a un puñado de invitados que luchan por ofrecer una expresión de alegría en medio de tanta decadencia. Su excéntrica hija, un periodista “amigo” que no pierde la oportunidad de apuñalarlo por la espalda, dos alumnas de su mediocre taller literario y la desvergonzada agente que amañó todo el proceso se unen para divertirnos en una velada antológica.

            Literatura es una obra concisa y potente, que en pocas pinceladas delinea las figuras de personajes al mismo tiempo sutiles y paradigmáticos. Las actuaciones le hacen justicia a los matices y colaboran con un clima de extrañeza y melancolía bien contemporáneo. Lamentablemente, la sala en que se presenta (el Espacio Irreal) no está en las mejores condiciones para disfrutar del teatro: columnas que dificultan el seguimiento de la acción, poco lugar para el público y dificultad para el acceso y la salida. Aún así, Literatura es una obra de primer nivel, que afirma el lugar de Mariana de la Mata (Soñar despierto es la realidad) como una de las voces más interesantes de estos años.

Literatura, de Mariana de la Mata. Viernes, 23 hs. Últimas funciones. Espacio Irreal. Entradas y dirección sólo con reserva a reservasliteratura@gmail.com

Cooperativistas y oficinistas

Daniel Joglar. Two-Tone Squares, 2007 Papeles impresos apilados. 17 x 17 cm.

Daniel Joglar. Two-Tone Squares, 2007
Papeles impresos apilados. 17 x 17 cm.

¡Es un pájaro! ¡Es un avión! ¡No: es un cooperativista!

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En el libro de Violeta Kesselman, Intercambio sobre una organización, los personajes no tienen nombre. Son el del comedor escolar, el de la agrupación tal, el del centro de fomento. Se mandan mensajes, leen libros. Ahí no aparece gente que no tiene agua en la casa, obviamente. Porque es un libro que habla de la militancia, de la década ganada. No te pido que hables de eso si sos escritor; pero si estás con los que podrían cambiarlo y no decís nada de eso, sos cómplice.

Pero bueno, hablemos de literatura.

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Somos artistas. Somos buenos. Generamos fundaciones para educar a la gente. A otros artistas-in-progress. El arte es probablemente lo más valioso de nuestra sociedad. Es lo que nos diferencia de otros animales. Arte entendido, en un principio, como toda producción de factura humana (mmm… facturas). Lo que hoy se conoce como arte, pero también como artesanía.

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Ya tengo muy poco que decir.

 

Entre lo frágil y lo trash

Alfredo Londaibere. Sin título. Quilmes, 1994 Técnica mixta. Esmalte sobre madera con collage de materiales. 57 x 72 cm Cortesía de Col. Gustavo Bruzzone

Alfredo Londaibere. Sin título. Quilmes, 1994
Técnica mixta. Esmalte sobre madera con collage de materiales. 57 x 72 cm
Cortesía de Col. Gustavo Bruzzone

En una de las muestras del año, Fundación Proa presenta un recorrido por las artes visuales en Argentina desde 1990. Desde los “artistas del Rojas” a los experimentos trash de los 2000, la variedad y el desconcierto son los tópicos más fuertes de esta exhibición antológica. 

Los últimos veinte años de arte argentino han sido analizados, a medida que sucedían, con una inmediatez no siempre provechosa. En el texto especialmente escrito para el catálogo de esta muestra, el teórico Rafael Cippolini señala tres hitos institucionales que marcarían este período, la apertura de tres espacios de exhibición: la galería del CC Rojas, a cargo de Gumier Maier, en 1989; Belleza y Felicidad, por Fernanda Laguna y Cecilia Pavón, en 1999; y, por último, Appetite, por Daniela Luna, en 2005. Recorriendo las cuatro salas de Proa el espectador logra formarse una idea bastante sólida de esos tres mundos.

El primer espacio oficia de introducción, con retratos de varios de los artistas, seleccionadores y coleccionistas de la muestra. Hay también material periodístico (como el artículo que acuñó el mote “arte light“) y obras que remiten a publicaciones y editoriales de la época (revista ramona, editorial ByF). La sala 2 aloja las obras de la colección de Gustavo Bruzzone, seleccionadas por el mencionado Cippolini. Se trata en muchos casos de primeras obras de artistas que luego serían emblemáticos (como Marcelo Pombo). Bruzzone estuvo bastante cerca de los círculos del Rojas y de Belleza y Felicidad, lo que le permitió obtener materiales de primera mano cuyo valor es tanto estético como documental (bolsas escritas con marcador de ByF).

En la sala 3 se presentan los elegidos de la colección de Esteban Tedesco que hizo la artista Ana Gallardo. Son obras de mayor formato y madurez, a veces de artistas que ya venían de los 90 (como Graciela Hasper), otras de jóvenes talentos que asomaron en los 2000 (la impresionante “Mujer” de Diego Bianchi). Por último, la colección de Alejandro Ikonicoff incluye obras potentes en diversos formatos (desde la puerta de Adrián Villar Rojas hasta la instalación de Juliana Iriart originalmente presentada en Appetite en 2006) así como documentos de acciones colectivas (el grupo Rosa Chancho).

La exposición se completa con una atractiva agenda de visitas guiadas con artistas y críticos, los sábados; y entrevistas en video con los coleccionistas en el canal de YouTube de Proa.

Algunos artistas. 90-HOY logra combinar el esfuerzo curatorial de construir un relato sobre un período tan controvertido y cercano en el tiempo con el desafío de presentar cientos de obras probablemente desconocidas para el público de arte más consagrado. Es un acierto: el peligro de este tipo de muestras es caer en lo esotérico y “para los amigos” -supuestas características, por otra parte, de los espacios de exhibición aquí rescatados. Se trata de una exhibición imponente pero enfocada, cuyo mayor mérito probablemente sea el despertar el debate sobre una época que nos conmociona porque es la nuestra.

Algunos artistas. 90-HOY. Fundación Proa. Pedro de Mendoza 1929. Martes a domingos de 11 a 19 hs. Entrada general: 12$. Estudiantes y docentes con acreditación: gratis los días martes. Hasta julio de 2013.

Cumbres borrascosas

Winterhouse, por James Casebere

James Casebere. Winterhouse. 1984. Impresión en gelatina de plata. 6/7. 28.4 x 23.3 cm.

Estoy leyendo una novela argentina ambientada en la Buenos Aires de fines de los 90. Pongamos 1998. El protagonista tiene 20 años y vive, como contra su voluntad, en un mundo chato de pos-adolescencia del cual lateralmente escapa metiéndose a trabajar como repartidor de cocaína. La novela está escrita en los estertores de Rejtman, ese realismo que se exacerba por la repetición de una rutina abúlica y sin sentido de levantarse a la mañana, ver la hora en el reloj de la video (los 90), desayunar, ir a trabajar, over and over again.

Una de las cosas que hace el protagonista es escuchar música. Y escucha música como se escuchaba en, pongamos, 1998: en CDs y casetes. El tipo va a en el auto y pone un casete. Siempre que maneja escucha un casete, y cuando lleva a alguien (una minita, un amigo, una puta) es ese otro quien elige la música. Cuando tiene algo de plata va a Musimundo y se pasea por el sector de “Novedades”, compra uno o dos CDs. Siempre que llega a la casa, antes de irse a dormir, pone un CD; cuando está esperando a que alguien lo venga a buscar y le toque el timbre, pone un CD, o dos. Después en otro momento se compra un discman en vez de un walkman (porque, dice, “los CDs son mejores que los casetes”) y después va al kiosco y compra pilas Duracell.

Me extrañé de la extrañeza que me provocaron esas pequeñas acciones. Esperar a alguien que me pase a buscar por casa y toque el timbre. Ya casi no pasa: están los celulares. Escuchar música en CDs, comprar discmans o walkmans. Ya casi no pasa: están los celulares. Comprar pilas: ¿quién compra pilas, si todo ya viene con baterías recargables?

Me acordé de cuando, hace cuatro años, iba en el 29 hacia Belgrano desde el centro. Escuchaba en mi walkman Chau, de los Fabulosos cadillacs. Por Tribunales se subieron unas adolescentes que, por la pinta y la hora que era, seguramente estaban yendo a bailar. Una se me sentó al lado (pasillo). Cuando terminó el lado A, saqué el walkman de la mochila, lo abrí y di vuelta el casete, lo cerré y apreté play de nuevo. A todo esto, la chica de al lado se miraba con sus amigas que iban paradas, me señalaba y, disimuladamente, se reía.

Ya casi nadie compra algo solo para escuchar música. Hasta los iPods sirven para ver fotos y videos. ¿Para qué compraría alguien un artefacto que apenas sirve para escuchar música de manera portátil? Así deben pensar los jeques de la industria.

¿Para qué vamos a seguir apenas escuchando música?

Estoy jodido aquí

Imagen

Santiago Sierra. NO global tour. 2011. Película.

En el último número de Otra parte salió una entrevista con el artista español Santiago Sierra. La revista está ilustrada por imágenes de la película NO global tour, que documenta una gira que realizó una escultura de 3,20 metros de alto por 4 de ancho y media tonelada de peso instalada en el trailer de un camión. En qué consiste la escultura: en la palabra NO. Entonces ves esa cosa gigante paseándose por el mundo.

El tipo tiene obras con títulos como 133 personas remuneradas para teñir su pelo de rubio, presentada en la Bienal de Venecia de 2001. Consistía en una sala donde 133 inmigrantes ilegales se presentaron voluntariamente para que les tiñeran el pelo y les pagaran. Cuando se abrió la sala, dice Sierra, “la pieza se estuvo viendo por toda la ciudad, porque las personas iban por ahí teñidas de rubio. Incluso hubo alguien que me dijo que lo había atracado uno de mis rubios remunerados”. Ser afanado por una obra de arte. Qué lujo.

En otra, llamada La trampa, realizada en Chile en 2007, convocó a una serie de personalidades del arte y la cultura local. Dice:

“[los] reunimos primero para tomar una copa y luego los íbamos llamando de uno en uno a pasar por un larguísimo pasillo hecho con material muy precario, sin ninguna advertencia de lo que iba a pasar. Cuando llegaban al final de pasillo, torcían y, sin poder ya salir de ahí, aparecían frente a los 186 trabajadores peruanos que yo había contratado, sentados como en una sala de teatro. Yo les había dicho que lo que tenían que hacer era mirarlos con cara seria, con gesto de ‘Soy un trabajador peruano y estoy jodido aquí’.”

Después Graciela Speranza le pregunta por el arte actual que, comparado con el suyo, resulta ingenuo. Dice que sí, que en general es así y propone “una huelga estética”, en la cual los artistas se nieguen “a presentar cosas bellas en museos e instituciones”. Más adelante agrega, refiriéndose a los “indignados” españoles:

“Yo no estoy indignado, estoy hasta los cojones de esa gentuza. En mi país hay cuatrocientos mil políticos. ¡Cuatrocientos mil políticos robando! Y además con sus familias. Imagínate… Sus hermanos, sus tíos, sus primos… No hay cuatrocientos mil artistas en España, ¿o sí? Yo creo que estamos en una situación en la que quien no oiga los tambores de guerra está sordo”.

Me puse a pensar en el arte que vengo viendo últimamente en espacios pequeños, galerías, el arte “emergente”, digamos: es cierto, es todo muy lindo. No digo volver a un realismo a ultranza, pero… ¿por qué pintar dibujitos de flores en tinta china o caricaturas en el bosque si vivimos en un mundo de mierda? Algo más primal me despertó Santiago Sierra.

Modos de vestirse

Persepolis

Fotograma de Persépolis, de Marjanne Satrapi y Vincent Paronnaud.

En los últimos meses me topé por casualidad con una serie de obras que se desarrollan en sociedades totalitarias. Más o menos ficcionalizadas, todas tienen esa cualidad de verdad histórica.

La película Persépolis de Marjanne Satrapi y Vincent Paronnaud, es una adaptación de la novela gráfica de la primera. Satrapi es iraní y su relato autobiográfico comienza en su niñez, con la revolución islámica de fines de los ’70. Su tío, preso durante el Shá, sale de la cárcel solo para luego ser capturado nuevamente, esta vez por la policía política del régimen. Las mujeres se llevan la peor parte, con la instauración de fuertes leyes religiosas y el acoso sexual legitimado desde el poder revolucionario.

También vi una que se llama La autobiografía de Nicolae Ceaucescu. Esta es un poco más pesada, dura como tres horas y no tiene diálogos, está construida enteramente con material de archivo. Ceaucescu fue el líder de la Rumania comunista entre 1965 y 1989, cuando fue derrocado y asesinado junto con su esposa. La película, de 2010, fue estrenada en Cannes y es, digamos, “experimental”. Puro montaje de archivos de la televisión rumana, casi todo en blanco y negro y muchas veces en silencio. No se entiende quiénes son los personajes, pero todo está construido con una atmósfera de grandeza y movilización típico de las dictaduras: los cumpleaños del presidente con desfiles, bandas escolares, las visitas internacionales, los congresos de las Federaciones comunistas, los discursos masivos, las asambleas, las palabras repetidas.

Y por último, leí una novela gráfica que se llama Maus, de Art Spiegelman. Es un clásico, el dibujante reconstruye el paso de su padre por el nazismo en Polonia, hasta Auschwitz, de donde sale cuando termina la guerra. Lo lindo del libro es que es tanto una reconstrucción del nazismo (una más, y van…) como una reflexión sobre el propio proceso de escritura, porque él se dibuja hablando con su padre “en el presente” (los años ’70). Y también elige presentar a los personajes como animales, según su “raza” (los judíos ratones, los alemanes gatos, los polacos chanchos), lo cual fue muy criticado pero a mí me pareció una gran estrategia de extrañamiento, para percibir el sinsentido del nazismo.

Todas tienen en común el totalitarismo. Me impactó cómo en el fondo es todo más o menos lo mismo. Es la falta de libertad, de no poder comer un pan porque estás tan débil que no te da la mano, o no poder expresarte o vestirte libremente, o no poder elegir a tus gobernantes a pesar de que teóricamente están al servicio del “pueblo”. Cómo hay gente que vivió veinte, treinta años así, generaciones de niños educados con eso de fondo.

Había una cubana muy buena que dieron en el BAFICI hace unos años, El telón de azúcar; nunca más la volví a encontrar. Una chica que había crecido en Cuba en los ochenta, antes del “Período especial”, y el relato era muy feliz, un relato de infancia, de una infancia perdida y gloriosa a la luz de lo que vino luego.

Cuando leo en los diarios que vivimos en una dictadura o cosas por el estilo me gusta retirarme a estas obras, auténtica representación de lo que significa no tener libertades. Y me siento un poco mejor.

Soporte

Belén Romero Gunset. Autodisciplina #1. 2011. Instalación (detalle). Medidas variables.

Ayer salió una nota en El país sobre los soportes en que escuchan música los jóvenes. La noticia era que, según una encuesta de Nielsen, por primera vez el portal YouTube fue el medio preferido por los jóvenes estadounidenses, superando a los CD, elepés (así le dicen los españoles) o las canciones digitales por iTunes. El estudio no considera medios ilegales (torrent, taringa, piratebay) ni streaming (grooveshark).

Son puntos de quiebre en la historia de la comunicación, como cuando Amazon por primera vez registró más ventas de ebooks que de libros “de papel”. O como cuando en Argentina se contabilizaron más líneas de celulares que “terrestres”. De hecho en casi todos los países desarrollados del mundo hay más líneas de celulares que personas. Ahora, un mayor porcentaje de jóvenes en EEUU declaran usar YouTube para escuchar música que otros soportes.

El periodista se pregunta por la calidad de lo que escuchamos. “¿Oír una canción en las condiciones propias de un ordenador (o de un móvil inteligente) es intrínsecamente peor que hacerlo ante un equipo de miles de euros?”, plantea. La pregunta es obviamente retórica y la respuesta, negativa. La clave está en el “intrínsecamente”.

La revolución de los creadores de YouTube fue darse cuenta de que las personas estaban dispuestas a sacrificar calidad por inmediatez. Internet es la historia de las cosas que se sacrifican en nombre de la inmediatez: precisión, detalle, sentimiento, calidez. Con la música, dice la nota, se introdujo una pequeña corrección gracias a que las grandes discográficas abrieron sus “canales” oficiales, ofreciendo música en alta calidad, gratis, y percibiendo ingresos por ello.

“Escuchar música en un ordenador es como ver un cuadro en blanco y negro”, dice un fundamentalista. No creo que YouTube sea el mejor soporte para escuchar música; a mí, particularmente, me molesta el entorno, la abundancia de estímulos laterales. Es, aún así, una base enorme: casi todo lo que me pueda imaginar está ahí. Pero Internet es más que YouTube: son las sesiones originales de Daytrotter, los “Tiny Desk Concerts” de la NPR o la programación de la BBC 6music para todo el mundo.

Ahora estoy escuchando un concierto de Laura Marling en Filadelfia, en enero de este año, para la radio pública XPN. Otro de la nota dice: “Solo podemos conocer una parte de algo que es inmenso, y aunque la oferta sea más extensa, la gente acaba escuchando lo mismo de siempre”. Algo de eso hay. Villa Diamante nos decía que al final del día, después de bajarte veinte discos por semana, llegás a tu casa y ponés London calling de The clash.