Mentira

Leopoldo Presas. Sin título. 1984. Óleo sobre tela. 144 x 103 cm.

Era uno de los temas de Miranda que más me gustaba. La primera vez que los vi en vivo, playa Mar del plata enero 2004, abrieron con esa. Tenía un amigo marxista que decía que Miranda era la banda sonora del kirchnerismo. No se sostenía, pero le reconocí la seducción de lo arbitrario.

Hace unos días una socióloga lamentó públicamente que no hubieran datos cuantitativos confiables para el análisis sociológico. Ayer escuché que para el INDEC el 6,5%  de los argentinos vive por debajo de la línea de pobreza y el 1,7% por debajo de la de indigencia. Es decir, 2.600.000 y 860.000 personas, respectivamente.

La pobreza se mide a partir del precio de un conjunto de bienes y servicios, englobados bajo el nombre de Canasta Básica Total (CBT). La indigencia, con lo necesario para cubrir apenas los gastos de alimentación básicos, se mide con la Canasta Básica Alimentaria (CBA). Para el INDEC, en marzo de 2012 una familia tipo necesitaba 22$ por día para poder superar el umbral de indigencia. Con más de 50$ por día, dejaba de ser pobre.

La mentira del INDEC se llevó a cabo, básicamente, dejando de mirar la realidad. Antes de 2007, encuestadores del INDEC recorrían negocios del AMBA (única aglomeración urbana a partir de la cual se mide la pobreza a nivel nacional, cayendo en otra grave falta sociológica) y medían los precios. Positivismo puro y duro. Desde entonces, en cambio, los precios se hacen a partir de las listas de bienes acordados por el gobierno, que los negocios teóricamente suscriben, por lo cual la variación mensual es sensiblemente menor. No se ven más las góndolas.

Por otra parte, el relevamiento de precios (resumidos en el Índice de Precios al Consumidor, IPC) perdió su confiabilidad a partir de que se lo empezó a ajustar por esa inflación oficial intervenida, lejos de las mediciones de otras delegaciones provinciales del INDEC (Chubut, Mendoza) y de organismos académicos y consultoras privadas.

Uno de estos organismos, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, llegó a cifras de indigencia del 5,4% y pobreza del 21,9%. Todas las mediciones coinciden en que desde 2002 bajó la pobreza (chocolate por la noticia), pero la distancia entre mediciones oficiales y alternativas no hizo más que agrandarse desde 2007.

¿A quién quieren engañar? ¿Será un mero “miente, miente, que algo quedará”? La hipótesis de la deuda atada al CER no corre más, pues fue cancelada hace unos años. Cuesta creer en un gobierno que se llama popular y no hace nada ante personas que mueren de frío en la calle o niños desnutridos o familias que como no tienen gas tienen que comprar una garrafa por mes que sí aumenta, no como el gas de red que importamos de Bolivia porque el de acá no alcanza con tarifa hipersubsidiada congelada desde 2003.

Me estoy comiendo las uñas por los datos del Censo 2010. Hay un par: el 41,1% de las personas que viven en el Conurbano bonaerense no tienen acceso a la red cloacal, etc. Pero de eso no se habla.

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El havannet de coco

Turistas disfrutan del día soleado en la rambla de Mar del Plata, frente al Casino Central, el lunes pasado.

La noticia más importante que traje de mi reciente viaje a Mar del Plata es que Havanna ya no fabrica más los Havannets de coco. Los famosos conitos, esponjosos y apetitosos, de envoltorio color crema y delicada consistencia con sabor a coco, han desaparecido del mercado. Si fuéramos Clarín, diríamos que nos los quitó el Gobierno.

Otro hecho desafortunado fue el viaje. Tardamos trece horas de Buenos Aires a Mar del Plata. De acá a Dolores, nunca hicimos más de cinco minutos a velocidad sostenida. Obviamente, por necesidades físicas, paramos dos veces. Si hubiéramos seguido sin parar, dicen algunos, habríamos llegado antes. Si hubiéramos utilizado las generosas banquinas de la ruta 2, como otros compatriotas, nos habríamos ahorrado horas de precioso tiempo

*                                              *                                            *

En una entrevista publicada en 2001 en Punto de vista (n° 71) me di cuenta, una vez más, de las cosas que ven los extranjeros y nosotros no por vivir acá en medio del quilombo.

El urbanista era un chileno llamado Max Welch Guerra, que era especialista en las reformas de Berlín tras la caída del Muro. Parece que en esa ciudad, la división y el rol político la habían convertido en “un campo de experimentación social”, cuna de movimientos como los de tomas de casas. Pero después, tras un apoyo estatal fuerte, se dio un “quiebre económico y cultural” que cristalizó, por un lado, en el “small is beautiful” y, por el otro, en “mucha gestión directa, con mucha intervención social, en el intento de adaptar el proceso de renovación de cada barrio, de cada cuadra, a las condiciones de sus habitantes concretos”.

El tipo dice que, en Buenos Aires, le llamó poderosamente la atención “la ausencia de debate social sobre los temas de la ciudad”. En Berlín, cuenta, siempre debaten al menos cuatro sectores: los técnicos de los municipios o comunas (que son personal independiente de los sucesivos gobiernos), los políticos (que se han vuelto conscientes de los temas urbanos), los ciudadanos (siempre interesados en los asuntos locales) y los universitarios y periodistas especializados.

Después, la parte que más me extrañó, fue cuando habla de los subtes.

“Aquí en Buenos Aires me sorprende el consenso que tiene la política de ampliar la red del subte, una solución magnífica, pero muy cara. ¿Cuál es la razón por la que se decide realizar un subterráneo y no una red de tranvías, que se construye con mucho menos dinero, es más flexible y genera una estructura mucho más reticular? La única razón es que el tranvía le quita espacio de calzada al automóvil. Entonces, el consenso sobre el subterráneo es una respuesta oportunista para ocultar que se quiere seguir incrementando el tráfico de autos en la ciudad a costa de fondos públicos.”

¡Elemental, Watson! Abajo los subtes, abajo los trenes urbanos, aguante el tranvía.

Algo de la energía

David Lindberg. 2010 financial analysis worksheet. 2009. Resina epoxi UV, fibra de vidrio y pigmentos sobre madera. 43 x 36 x 4 cm.

Sería difícil encontrar un rasgo estilístico-formal común a toda la música que consideramos de nuestro agrado. De hecho, encontrarlo sería preocupante pues indicaría una falta de apertura básica para una sensibilidad medianamente cultivada. Mal juzgaríamos a un fanático del reggae que solo escuche esa música; qué cerrado, qué cuadrado, pensaríamos.

Pero puede haber otras características, que aglutinen bajo su alcance una variedad considerable de estilos musicales, épocas, idiomas o estéticas. Cualidades, si se quiere, de actitud. Me gusta la música contestataria, diría uno. Entran desde los dodecafónicos de principios del siglo XX, que revolucionaron la música académica romanticista, hasta Calle 13 con su rap suburbano boricua. Es un rasero ético, englobador, casi metafísico.

A mí, por ejemplo, me gusta que la música tenga algo de desfachatado. No me llevo bien con la solemnidad ni con las grandes pretensiones. Valoro que un Charly García, por ejemplo, diga en medio de un tema, durante un recital para la televisión, que se olvidó la letra -y que el público se ría y el show must go on. En la música local de la década pasada y lo que va de esta, se ha extendido hasta un nivel casi de cliché.

Por eso Doris es la banda central del canon del indie contemporáneo. Una banda que se formó cuando sus integrantes terminaron el secundario y grabaron su primer disco en plena crisis de 2002, con veintiuno o veintidós años. Desde entonces, cuatro años más de carrera en los que sacaron dos discos y un EP de tres temas (!), todos por un sello con distribución nacional. Hoy tienen treinta y hace once que vienen tocando.

Las presentaciones en vivo de Doris tenían algo de la energía de una obra de teatro. Entraba uno al escenario, había sillones, una mesa, un televisor quizás. Sacaba una guitarra, salía el otro, hola, qué tal, ¿sos de acá? Y al rato empezaba el recital. Un primer disco entre psicodélico, punk, stoner y hardcore, el del medio acústico con reversiones y citas internas, covers, voces invitadas, y el tercero un disco de madurez, con canciones compuestas por casi todos los músicos y un sonido complejo, no apto para música de fondo.

Doris pasó en cuatro años del rock de garage psico-punk a la delicadeza de la canción construida como un orfebre que talla una roca que, de tan pura, solo puede ser destruida para contemplarse. Ida y vuelta.

De ahí salieron todas las líneas del indie actual: el acústico de fogón, el cantautor para minitas de Cabo Polonio, el pogo del rock platense, los agudos chistosos de historias de amor. Lograron que un barbudo golpeando latitas con palitos chinos pudiera tocar en una banda de rock… sin que lo escupan.

Quotes (II)

Bob Dylan en 1965, junto a Albert Grossman, echa un vistazo al álbum de The Byrds con la versión de su tema “Mr. Tambourine Man”. Fotograma de la película No direction home (2006), de Martin Scorsese.

“Y entonces le dije: ‘Mick, la diferencia entre vos y yo es que yo podría haber escrito “Satisfaction”, pero vos nunca podrías haber escrito “Desolation row” ‘ “. Bob Dylan.

Lo primero que choca de esta frase es el humor. Cáustico, duro… pero por lo cierto. Stricto sensu, lo que dice Bob Dylan es verdad: él podría haber escrito “Satisfaction”, seguro; y Mick Jagger jamás podría haber escrito “Desolation row”.

Ahora, la cuestión es qué sacamos de ahí. En la frase de Dylan se trasluce un claro desmerecimiento hacia el cantante de los Stones en dos niveles. Primero, en considerar como ejemplo de la lírica de Jagger/ Richards a “Satisfaction”: claramente no es su letra más lograda, aunque sí su más conocido éxito a nivel mundial. Pienso en “Sympathy for the devil” o “Gimme shelter”, grandes canciones también muy conocidas y, en mi opinión, mucho más logradas líricamente.

El segundo nivel de desmerecimiento que implica la frase de Dylan es hacia la lírica de los Rolling Stones en general. Creo que podría haber mencionado incluso algunas de sus canciones “logradas” sin haber perdido potencia descalificadora (o sarcástica, para el caso): la frase significa “las canciones de los Stones no le llegan ni a los talones a las mías”. Obviamente que en la concepción de la música de Dylan, el aspecto lírico es fundamental – sus canciones carecen de escalas musi- calmente complicadas, su voz nunca se destacó y no revolucionó ningún aspecto escénico del rock, como sí lo hicieron los británicos.

Podría pensarse un tercer nivel: sería una agresión en lo personal a Mick Jagger, pero no contamos con los medios ni con la autoridad para asegurar eso.

Otro aspecto que connota la frase es la composición de letras de can- ciones como una artesanía. “Yo puedo,” – dice – “si quiero, escribir 20 “satisfactions”, porque tengo el conocimiento, el know-how, del letrista” – agregaría yo, del poeta. Bob Dylan es un poeta con todas las letras, que no escribe poesías (más bien, no se hizo conocido por eso) sino letras de canciones. La canción mencionada, “Desolation row”, es, me atrevo a decir, una de las grandes obras líricas del siglo XX. El año pasado ganó el Premio Príncipe de Asturias a las Letras; algunas voces piden que le den el Premio Nobel de Literatura: yo me sumo.

A mí, particularmente, no me gustan mucho las letras de los Rolling Stones; no por eso los desmerezco como músicos ni como artistas, porque entiendo que su calidad pasa por otro lado. Conociendo a Dylan, es posible captar el tono sarcástico de su frase. Pero, como sabemos desde “El chiste y su relación con el inconsciente” de Freud, toda broma tiene una parte de realidad (impulso reprimido al incons- ciente) que en ella se manifiesta. Me parece que él realmente cree que es superior que Mick Jagger componiendo, y muy probablemente sea así; él realmente se cree capaz de componer “Satisfaction”, y muy probable- mente sea así; y él realmente cree que Jagger nunca podría haber escrito “Desolation row”, y muy probablemente sea así. Qué cuestiones de orden moral o valorativo podemos elucidar de su frase, nunca lo elu- cidaremos por completo.

Quotes (I)

Piet Mondrian, Composición 2. 1922. Óleo sobre lienzo. 55,5 x 53,5 cm.

Un nuevo Ágora, esta vez bajo la consigna “Quotes”. Las “quotes” son frases que, por su ocurrencia, vuelo poético o poder de síntesis queda- ron en la memoria colectiva. Algunos autores, como Oscar Wilde, son pródigos en “quotes” recogidas en la Red. Comenzamos con una del pensador francés Michel Foucault:

“En realidad, hay dos especies de utopías: las utopías proletarias socialistas que gozan de la propiedad de no realizarse nunca, y las utopías capitalistas que, desgraciadamente, tienden a reali- zarse con mucha frecuencia.” Michel Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 1991.

por Pablo Balán

La palabra utopía tiene una larga tradición en el pensamiento político.[1] Aunque popularizada por el opúsculo fundante de Tomás Moro publica- do en 1516, en realidad la humanidad ha diseñado sociedades perfectas por lo menos desde Platón, pasando por Aquino, el mismo Moro, Harrington, Owen, Fourier, hasta las modernas distopías de Huxley y Orwell.

Además, el título de la obra (Utopía) reviste una interesante bisemia. Por un lado, el prefijo griego u- indica privación o negación: utopía es el no-lugar, no existe, por definición, en este mundo. Por otra parte, u- podría interpretarse como contracción del prefijo eu-(bueno). Combi- nando ambas interpretaciones se podría extraer, como moraleja, la imposibilidad última de la existencia del buen lugar en este mundo; el buen lugar es el no lugar: no existe.

En cualquier caso, la afirmación de Foucault comporta un oxímoron. En el concepto mismo está explícita la imposibilidad de su realización. ¿Lo sabía Foucault? Probablemente sí (ser energúmeno no implica ser inculto), pero prefirió una frase simétrica y efectista que diera cuenta del carácter artificial de ambos polos de la oposición. La frase es, pues, doblemente falsa. Primero, porque el socialismo se realizó en varias oportunidades, con mayor o menor éxito. Segundo, porque el capita- lismo no puede ser una utopía: es el orden efectivamente vigente. Ambos, como todo orden social, son una fabricación. ¿Pero si el capitalismo no es una utopía, es lícito pensar que alguna vez, allá lejos y en el tiempo, lo fuera? No creo. El origen del capitalismo, enmarcado en el proceso más amplio de transición de la “sociedad tradicional” a la “sociedad moderna”, es – o fue – el tópico medular de la sociología y de cierta línea de la historia social. Hay bibliotecas enteras sobre el tema, que ciertamente no puedo desarrollar en este brevísimo artículo.

No conozco obras que diseñen una utopía capitalista, que no es lo mismo que justificaciones teóricas del capitalismo desde el mismo sistema capi- talista. Al reemplazar el estudio riguroso de la historia por la “genética” y la “genealogía”, Foucault, creo, atribuye a los filósofos de la Ilustración la invención del capitalismo, así como el de la “sociedad disciplinaria” y las “disciplinas”. Como dice en una famosa frase, “las  disciplinas reales y corporales han constituido el subsuelo de las libertades formales y jurídicas. Y remata: “las Luces, que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas”.[2]

Para el antihumanista Foucault, la Ilustración, el único movimiento racionalista, humanista, progresista y cosmopolita de la historia de las ideas, no fue otra cosa que una tramoya para instalar subrepticiamente formas más sutiles, refinadas y sofisticadas de dominación. Es, como ha señalado J.J. Sebreli[3], la tesis del sistema autoinmune: nada puede modificarse, porque el sistema absorbe y anula todo posible intento de cambio. Por supuesto, esta concepción paranoica del poder, además de despreciar abiertamente las garantías de la democracia, es empírica- mente inverificable: allí donde el sujeto normal no percibe nada, el sociólogo “conspirativista” percibe una forma camuflada de dominación.

Lo reitero una vez más: cuando la utopía entra en la historia se materia- liza y pierde su condición utópica. Por tanto, ex hypothesi, es, para decirlo con Bentham, “un absurdo con zancos” aplicar tal categoría tanto al capitalismo como al socialismo.


[1] Como introducción al tema cfr. la obra de Baczko, Bronislaw: Los imaginarios sociales, Buenos Aires, Nueva Visión, 1999

[2] Foucault, Michel: Vigilar y Castigar, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, p.225

[3] Cfr. Sebreli, J.J. El olvido de la razón, Buenos Aires, Sudamericana, 2006.  Capítulo 8: “Foucault: una rebelión académica”.

Pablo Balán es ex-alumno del Colegio Nacional de Buenos Aires y estudiante de Ciencia Política de la Universidad de San Andrés (UDESA).

¿Qué es un clásico? (IV)

La célebre “Fuente” (1917), de Marcel Duchamp. El artista presentó la obra bajo el seudónimo de R. Mutt, fabricante del sanitario.

por Pablo Traine

Buenos Aires, 6 de agosto 2008.

Estimado Julio César:

El texto a continuación es mi contribución a la serie “¿Qué es un clásico?”. Confieso que es un amontonamiento bastante desordenado de ideas, y le pido disculpas por ello, pero su invitación a producir un texto sobre este tema me tomó por sorpresa y mi desorganización me impidió producir algo más congruente y terminado. (Aunque la incongruencia y falta de terminación tienen un encanto no despreciable):

” I.
Los clásicos no me gustan. Por definición, un clásico establece un standard, un punto de referencia. Tanto como para el receptor de una creación artística cualquiera como para su emisor. Esto puede resultar faltal: las creaciones artísticas terminan careciendo de originalidad, refiriendo a clásicos que intoxican constantemente a su “creador”… y a los receptores, que aprecian obras, creyéndolas interesantes, cuando en verdad suelen ser viles imitaciones de clásicos. Nefasta situación.

I a.
Consideremos pues al clásico como una excelsa obra que, por su aceptación general, enferma a todas las creaciones posteriores.

II.
Si algo deseo, como creador de arte, es que mi obra no sea considerada nunca “clásica”. Ni “clásica” por estar inscripta en el período clásico de alguna disciplina, ni por ser un “clásico” de algún tipo, categoría (como pueden ser, por ejemplo, “experimentación”, “no-clasicismo”, “punk”, “pop”, “abstracción”), ni de nada. El calificativo “clásico” es fatal, cualquiera sea su uso. Emplearlo sería aniquilar el futuro de la obra en cuestión. Cuando una obra es considerada clásica es obligada a ser estática, no cambiar (ni en su contenido ni en su interpretación, etc) porque así como es “está bien”. ¿Por qué? ¿El tiempo no puede modificar las cosas?
Por otra parte, una creación no merece infectar a otras creaciones posteriores de tal manera. Al menos, en mi caso, no me gustaría ser un cáncer fatal para emisores y receptores de arte posteriores (cronológicamente) a mí.

III.
(Este párrafo es un ápendice empleado para justificar mi texto.)
A comienzos del siglo pasado (plagado de vanguardias que luego sucumbieron al clasicismo), un artista francés, Marcel Duchamp, estaba encabronado con el sistema académico, conservatorios, academias de arte, concursos, museos, galerías, salas, teatros. Tenía que hacer visible su enojo. Y envió a un concurso una obra (tal vez su obra más famosa), en la que lo único que hizo fue firmar un mingitorio. Él demostraba su enojo con el sistema, él no quería que su obra fuera parte de él y provocó escándalos de todo tipo, “¿Esto es arte? No hizo nada, solo firmó un mingitorio.”. Años más tarde, las vanguardias del siglo XX se extinguieron, las ideas de Duchamp fueron aceptadas, inspiraron a creadores ineptos, y su mingitorio es un clásico dadaísta (¡¡El dadaísmo es clásico!!).

Creo que el tema podría ser desarrollado mucho más ampliamente, pero no sé si por mí, no logro despegarme de la concisión cuando escribo. Le envío un saludo amical y le pido disculpas por la demora, desorganización y la corta duración del texto.

Pablo Traine es músico polifuncional, estudiante de Composición con medios electroacústicos, copista y cínico.

¿Qué es un clásico? (III)

Paul McCartney y Bono, cantante de U2, en el concierto Live 8 de 2005, interpretando el clásico de los Beatles, Sgt. Pepper’s lonely hearts club band. Foto: Getty Img.

por Natalia Bron

Un clásico. ¡Categorización amplia si las hay! Y compleja. Pienso – y lo hago, obviamente, sin poder mediar con mis tareas diarias ¿Es un adjetivo? ¿Un verbo? Concluyo, para mi gusto, algo rápido: ambos. Aunque esa dualidad es la que me invitará a reflexionar luego.

¿Es positiva su connotación en todas sus posibles combinaciones? Pruebo… Un sabor, un olor, un plato para saborear, un restaurante, un cuento, un escritor, un poema, un libro, un actor, un film, un compositor, un músico, un tango, un rock, un disco, un color, un pantalón, un encuentro deportivo, un no sé qué que se repite, no importa cómo ni cuándo, pero que sigue siendo igual de interesante. Y con interesante no pretendo decir que lo importante sea que “un clásico” nos deba agradar a todos por el simple hecho de haberse ganado ese rótulo – lejos estaría de aprobar los domingos enteros plagados de clásicos futbolísticos – pero reconozco que “un clásico” es, al menos, digno de ser apreciado y respetado. ¿O no? Y es simplemente el dictado de una cultura comercial que dice que lo clásico hay que tenerlo.

Vuelvo a hacer que pienso… Es cierto que los modernos siempre quisieron y querrán deshacerse de lo clásico. Por eso existen. Sin embargo, esta diferenciación dista de nuestra primera discusión – y otra vez me surge el instinto. Lo que hace a la diferencia es ¡el artículo! No es lo mismo “un clásico” que “lo clásico”. Pero no por eso se desprende que uno es positivo y el otro negativo. Pero sí puedo contraponer las ideas entre los seguidores de lo moderno y lo clásico. Lo que el moderno hace es diferenciarse de lo estructurado, de lo marcado, de lo pautado y de lo rígido; en definitiva, de lo que es impuesto por otros, los clásicos, y de los que, por sobre todas las cosas, no hacen más que coartar la creatividad de muchos, los modernos. ¿Será así? No sé. No estoy segura. Creo que no. No todo lo moderno es creativo…

Pero sí, vuelvo a mi primera reflexión. “Un clásico” siempre tiene una connotación positiva en todas sus posibles combinaciones, porque es el que no nos puede o no nos debiera defraudar; es al que ya conocemos de alguna u otra forma; es un modelo probado, una formula de éxito garantizado; es el mejor para los amantes de lo bueno en cada género; es una categorización que siempre ofrece valiosos indispensables: experiencia, seguridad, certeza y por sobre todas las cosas permanencia en el tiempo. ¿No son acaso algunas de las más preciadas virtudes que tanto buscamos la mayoría de los mortales?

Natalia Bron es licenciada en Lengua Inglesa, docente y estudiante.