De Belleza y felicidad a Matienzo 2

Belleza y Felicidad. Bandeja, 2000 Bandeja de cerámica intervenida. 11 x 23 x 1,5 cm Cortesía de Col. Gustavo Bruzzone

Belleza y Felicidad. Bandeja. 2000
Bandeja de cerámica intervenida. 11 x 23 x 1,5 cm
Cortesía de Col. Gustavo Bruzzone

Hace poco me enteré de que Belleza y felicidad estaba a la vuelta de lo de un amigo. “La próxima vez que vaya, paso a ver qué quedó”, me dije. Lo saqué de un anuncio en ramona: Belleza y felicidad. Acuña de Figueroa 900. 4867-0073 | lu-vi 10:30-20; sa 11-14 info@bellezayfelicidad.com.ar http://www.bellezayfelicidad.com.ar A la vuelta, justo. Y ayer fui.

Pasé antes del mediodía. El local está funcionando; lo ocupa una vidriería comercial. Entré. Había un señor de unos cuarenta años atendiendo a dos señoras de la misma edad. Le estaban encargando un trabajo grande. El tipo estaba sentado en una banqueta, con el cuerpo sobre una gran mesada que le servía de escritorio, sucia y llena de papeles. Barrio, barrio. Había espejos de todos los tamaños, veteados, cortados, redondos, curvos, con stickers.

Rápidamente me di cuenta de que había muchos rastros de ByF en la vidriería. El empapelado era original, el mismo que se puede ver en las fotos de la época: colorido y aéreo, con la palabra “imaginación” repetida en mosaico por las altas paredes. Había agujeros en las columnas blancas con palitos de sahumerios violetas, amarillos. Había inscripciones tipo tag en los enchufes. Algunos vidrios, con estampitas pegadas o esmerilados de ilustraciones, podrían haber pasado por obras de ByF si el calendario hubiera indicado diez años atrás.

Arranqué para lo de mi amigo sin llegar a hablar con el dependiente. Después de comer le pedí que me acompañara (“¿hay una casa de vidrios ahí, no?”; no sabía de su existencia anterior). Caminamos media cuadra por Medrano, una por Guardia Vieja hasta Acuña y ahí estaba -cerrado- el local que sigue diciendo “Belleza y Felicidad”, con esas letras cursivas tan aniñadas, en la vidriera. “Vamos a la plaza”, propuso. “No, mejor vení a conocer Matienzo 2”, le sugerí.

Seguimos por Guardia Vieja una cuadra. “Hay mucho ruido acá”, así que hicimos una S y agarramos Rocamora. Después de unas cuadras doblamos a la derecha y a doscientos metros, entre las dos avenidas, está Matienzo 2. Tocamos el timbre. No había nadie. Todo muy limpio el frente, clarito, lavado. Cruzamos a la vereda de enfrente y le traté de explicar la cantidad de promesas que ese edificio contenía; expectativas, trabajo, amistad, compañerismo y una historia que recién en el futuro se va a convertir en realidad y en pasado.

Me llamó la atención el parecido con la casa actual, desde el frente. Es el clásico lote de 8,66 m de Buenos Aires. Hasta los balcones son similares; la cuadra también, tranquila y empedrada, sugerente. Pensé que en 2030 quizás un joven pasará por ese frente y se quedará ahí parado, imaginando: “acá estaba Matienzo”.

Nada que ver

Hugo Chávez en Ferro

La cancha de Ferro, en el barrio porteño de Caballito, fue la sede del acto de Hugo Chávez en marzo de 2007. Foto: EFE.

El viernes 6 de marzo de 2007 fui a la cancha de Ferro a ver a Hugo Chávez. Siempre me gustó la idea de entrar gratis a una cancha de fútbol. A fines de 2005 andaba por la Boca y estaban desarmando el escenario de Serrat y Sabina en la Bombonera. Estaba con un amigo y un pariente de él, español, haciéndole el city tour. El tipo no lo podía creer, porque además la cancha de Boca tiene la particularidad de estar, cómo explicarlo, en plena calle: el campo de juego está físicamente muy cerca de la vereda, digamos seis metros. Claro que en el medio hay portones, pero ese día estaba todo abierto porque se estaban llevando las estructuras. Entonces nos mandamos, pisamos el campo de juego y vimos las tribunas vacías.

No recuerdo bien por qué fui a ese acto organizado por las Madres de Plaza de Mayo (?) El año anterior había ido al festejo por los tres años de Kirchner, pero al mismo tiempo escuchaba Lanata PM y creo que ya no leía Página/12. Fui a ver a Chávez, dije, como hacía un año y medio había ido a ver a Pearl Jam en ese mismo escenario.

Había una valla que separaba a la gente del sector VIP, como se diría en los recitales, en el que pude distinguir a Miguel Bonasso y al canciller Bielsa (¿te acordás de Bielsa?, “el RR.PP. de Kirchner”). Un conocido mío estaba empezando a militar en la JP Evita y me lo crucé en medio del acto. Lo telonearon un par de oradores locales, de esos que ya nadie recuerda (¿Hebe?, ¿te acordás de Hebe?) En medio del discurso de Chávez lo veo a este pibe en su columna, en medio de las banderas de caña tacuara, haciendo pogo con una vieja camiseta blanca estampada con el logo de la organización. “¡Julito, viniste!”, me saludó efusivamente al tiempo que me atraía hacia la masa. Y estuve pogueando con los compañeros de la JP Evita.

No recuerdo si lo escuché completo el discurso, creo que sí, creo que me fui con la desconcentración. Rápidamente entendí por qué es tan popular, como diría Homero. Era (ups, pasado) imposible no caer rendido a su encanto, a su retórica, a sus giros y metáforas. Leo en las noticias de hace seis años que en esa oportunidad llamó a George W. Bush “cadáver político” -era fácil pegarle a Bush a mediados de su segundo mandato. Más que nada eso. Ni un paso fuera del libreto (que claramente no tenía, siempre improvisaba, como Néstor, ¿como Cristina?) Y me di cuenta de que es difícil hablar con el auditorio tan a favor, con miles de personas dispuestas a aplaudir hasta la peor boludez del universo.

Después me fui hasta Aranguren y me tomé el 84 a mi casa.

Lectura general

Sala de lectura general, Biblioteca Nacional, junio de 2006.

La sala de lectura general de Biblioteca Nacional está en el sexto piso del famoso edificio de Clorindo Testa. Para entrar tenés que llenar una ficha de información con nombre, apellido, edad, dirección de correo electrónico, frecuencia de visita a la biblioteca y destino dentro del edificio, entre otros datos. Además, no se puede ingresar con mochilas ni beber o comer en las salas de consulta. En la de lectura general sí está permitido, razón por la cual es la más concurrida.

La última vez que fui me sorprendieron dos cosas. Primero, la sofocante temperatura y el aire viciado que se había generado en el ambiente. Es un piso de techos bajos y ventanas herméticas, sin aire acondicionado (al menos ese día). Segundo, la cantidad de gente que, aún así, estaba instalada esa tarde “estudiando” o trabajando en las mesas. La anterior vez me enteré de que no tienen Wi-fi: sí, la Biblioteca Nacional, esa misma que hace unos años sufrió la caída libre de un ascensor (gracias a Dios, vacío) y que trascartón lo reemplazaron por un modelo más “inteligente” que muchos de los empleados de la institución. Por lo menos te saluda. “Bienvenido a la Biblioteca Nacional”, te dice.

Una de las primeras veces que fui habrá sido en 2006. Sí, había un ciclo de “Debates sobre la cultura argentina” organizados por la Secretaría de Cultura de la Nación en tiempos de José Nun. Eran los miércoles, creo, a las seis de la tarde. No, los jueves tal vez, porque recuerdo que tenía clases en sexto año del colegio, y eso era lunes, martes y jueves. Me quedaba haciendo algo por ahí al mediodía, iba a comer, y arrancaba para la Biblioteca.

Eran temas como “La religión”, “El deporte”. El primero fue “El humor”; me quedó grabada la impresionante habilidad de “Pepe” Nun como contador de chistes. Esa serie de charlas, ocho si mal no recuerdo, me parecen ahora el símbolo de una época en la que la intelectualidad progresista pensaba que el kirchnerismo iría finalmente a cambiar la cultura política (y la cultura, por qué no) de nuestro país.

Sentado ahí con mi libro de Wright Mills, la saqué con el auto-disparador. Las mesas son grandes y redondas; las sillas, modernas y cómodas. Me paré, le puse el mini-trípode, encuadré y apreté. Corrí hasta la silla, agarré el libro, lo abrí y me coloqué en posición seudo “natural”. Se percibe la rigidez: nótese que ni le saqué el separador. No había mucha gente. Al rato bajé a la charla, a conectarme con esas figuras que me prometían un futuro mejor cuando la crisis todavía se percibía en la calle y las esperanzas parecían llenas de felicidad.

Conocido

Mitch Epstein. Amos Power Plant, Raymond, West Virginia. De la serie American Power. 2004. Fotografía, impresión cromogénica. 177.8 cm x 233.68 cm.

A Jack White se lo ve inquieto. Nunca tiene ganas de estar ahí donde lo vemos a menos que sea haciendo música. Parece pensar constantemente, “¿qué hago acá si podría estar tocando, escuchando, produciendo música?” El interlocutor no puede más que sucumbir a su magia, tratando de que no se lo lleve para el fondo del abismo.

Así se lo ve en una entrevista con la NPR de hace cuatro meses, antes de que saliera su primer disco, Blunderbuss. Es raro, porque si bien no está arisco y se engancha en la conversación no podemos dejar de pensar que ese no es su lugar. Jack White no es un músico para estar sentado en un sillón Luis XVI en un hotel cheto; nos lo imaginamos más bien en un motel de dos estrellas en la ruta, volviendo de Las Vegas tras una noche de juerga y olvido.

Pero también está más centrado, más maduro, en esa edad en la que decide que no le importa lo que los otros piensen de él y de su pasado como cuando tenía 24. La primera observación que le plantea el entrevistador es que, de alguna manera, Blunderbuss suena a conocido. No en el sentido peyorativo, aclara, sino que aparece el Jack White que todos percibimos detrás de sus anteriores proyectos pero nunca terminaba de pasar al frente.

Nunca me enganché con sus producciones pos-White stripes, lo admito. Incluso me resistí un poco a este disco. Pero me di cuenta de que lo grandioso de Jack White es que te produce el rango completo de emociones del que es capaz  la música: emoción, reproche, decepción, gloria.

Es un tipo que se la complica a propósito para estirar sus límites, como cuenta en Under great white northern lights. Cuando tocaba en The dead weather se le ocurrió que si traía a una mujer a tocar a un cuarto lleno de hombres la dinámica cambiaba. Probemos. Probemos también con una banda totalmente femenina. Probemos con una de todos hombres, o mixta. Este acá, a esa mandala allá. Traeme al baterista de tal disco. Llamame a cinco sesionistas y les digo que no tengo una lista de partituras y esquemas, que vamos a ver cómo me siento en ese cuarto con ustedes. La energía. Los tipos se miraron y dijeron “OK”.

La música de Jack White fue siempre ese “OK”. Esto existió, puede salir mal, pero solo hay un camino: para adelante.

Acá pueden ver la entrevista de 23 minutos con Bob Boilen para la NPR

¿Te gusta la música?

Keith Arnatt. Liverpool beach burial. 1968. Copia en gelatina de plata, impresa por el artista. 26 x 18 cm.

Qué pregunta mal formulada. Es casi como preguntar si hablás español. Me resulta difícil pensar en una persona que respondiera con un rotundo “no”.

Hay otras más correctas, más usadas. “¿Qué tipo de música te gusta?” o “¿qué música te gusta?” Los melómanos siempre nos vemos en una encrucijada ahí, porque cualquier banda o cantante que mencionemos primero nos deja remordimientos. Entonces después estás todo el día pensando “qué boludo, cómo dije tal banda”.

Es peor cuando una persona que admirás te pide recomendaciones. Por mi trabajo en la radio he conversado con muchos músicos de diversas trayectorias y reconocimiento, de estilos disímiles y cuyas obras, obviamente, me gustan algunas más que otras. En un caso, recuerdo, me pidió: “recomendame música” y peló la agenda. (¿A mí?) Era de esos que admiro. Y yo me puse a transpirar, qué querés que te diga. Le tiré The Coral, Kitty, Daisy & Lewis y, creo, Hurray for the Riff Raff.

Entonces te ponen en un rol complicado. Será la famosa responsabilidad social del periodista.

El melómano a veces genera falsas expectativas. Y la música tiene eso de que lo que más te llega, lo que no sabés poner en palabras (obviedad: es música), es incomunicable, hasta inconfesable. Nunca voy a decirte mis bandas favoritas.

Otra pregunta es “¿qué música escuchás?” Ahí sí nos acercamos un poco más, porque se deja de lado el juicio estético. Yo te puedo decir que escucho Pearl jam o los Beatles. No importa si me gusta o no; queda en vos lo que pensás. Es más importante, para mí, saber qué música escuchás en vez de qué música te gusta.

Más importante aún es otra pregunta: “¿qué estás escuchando?” No ahora, en el iPod, aunque también. Eso sí, no puedo evitarlo: cuando me encuentro con alguien y se saca los auriculares y ahí “¿qué escuchabas?” La radio… uhh, decepción. Pero fijate que es distinta: la otra es qué estás escuchando. Ahora, en estas semanas, meses, días. No ahora, que estás hablando conmigo y si estás escuchando algo es lo mismo que yo.

Esta es más para personas cercanas o desconocidos que tenés la certeza de que son absolutamente melómanos. Por ejemplo, un disquero y DJ que ayer en Juanita nos dijo que estaba con el disco de Sara Hebe. O con esos amigos que en marzo estaban a full con Spiritualized y en mayo con la integral de las óperas de Britten.

Con ellos me encuentro: ¿qué estás escuchando? Y es una enciclopedia sin fin.

Caminando con las piedras

Tapa de Exit Planet Dust de los Chemical Brothers (1995).

Siempre me sugirió algo esa tapa. Un muchacho con la guitarra en la espalda, colgando dada vuelta sin la funda, la correa atravesada sobre su campera, sombrero tejano, la chica sencilla, bella ella, tal para cual, un auto detenido por la velocidad de la obturación, caminando en el sentido del viaje. Que es uno.

No sabía nada del primer disco de los Chemical cuando lo compré en una disquería de esas que todavía resisten en algunas galerías del centro. Corría el año 2006, supongo, ó 2005. Me salió 40$; muchísimo, sentí. Lo que conocía eran los clásicos, los videos de MTV, “Star guitar”, “Let forever be”.

Todos hablan de eso, ¿no? Viajes, como el muchacho y la muchacha de los ’90 (¿no será más vieja la foto? ¿importa?) que caminan despreopados por esa ruta sin nombre en la tapa de Exit planet dust.

Me imagino esa época, ese beat humano y más que humano que entra en “Song to the siren”. Estaban todavía en la duda, no era la frialdad de Kraftwerk (que tiene muchísimo funk), tampoco el dominio de las máquinas de Daft punk, pero sin duda era un paso adelante sobre el house de los ’80, más negro, más corporal.

Acá el pibe y la piba están caminando, el auto está atrás. El humano controla la máquina. Mente superior controla mente inferior.

La continuidad, no hay espacio para nada, una canción sigue a la otra. ¿Qué me decís del rock que hace eso? Nada de límites. Le llamamos electrónica porque no tenemos mejores nombres. Etiquetame. ¿Qué es? Es poner un sonido al lado del otro. Con una pequeña ayudita de mis amigos de silicio. Flesh & bone.

¿Entonces de dónde salió esa foto? Siempre parece que tienen algo guardado en la galera. ¿Qué nos habrán querido decir?

Sonando como de lejos

Arriba, Marcelo Blanco, Liza Casullo y Nacho Rodríguez (de izq. a der.) Abajo, estroboscópico, Nacho Rodríguez. Fotos: Vico García.

La lista está manchada de aceite, el cartón corrugado más blando y más oscuro en esas partes. El olor, como los recuerdos, se va yendo.

Desde que entré a Niceto, por una puerta que había quedado extrañamente abierta, hasta que salí, una vida después, algo cambió. La inmensa pista vacía, más chica por esa cualidad desconocida que toman los lugares nocturnos cuando están vacíos o de día. En el escenario, Nacho Rodríguez, Julián “Cuca” Srabstein y Liza Casullo conectaban sus instrumentos y pedales. Julián Zamt armaba poco a poco la batería. Había una luz como de sala de espera.

El primer tema va justo para esa esquina.”La Vela”, esa “v” casi mayúscula en comparación con las demás letras. Abajo también, “Carmosina” se lee “CarmoSiNa”, desniveles de escritura, ansiedad de marcador negro sobre cartón de delivery cinco minutos antes de salir a tocar para mil personas con la banda de tu adolescencia y exponerte con un vestuario que no, no va a poder ocultar la desnudez de más adentro, la que no se tapa porque no se ve.

Horas y horas en las que el futuro se pone entre paréntesis, lo tapás con una funda de ampli. Para qué pensar más allá de hoy, de los amigos que están afuera o adentro tomando un whisky con nosotros, pasame la tijera, ¿alguien vio la cinta? ¿Qué te va más: blanco, rojo o negro? El tiempo pasa pero a veces vuelve.

Compraron dos docenas de empanadas. Con la tapa de la primera caja armó la primera lista. En la otra quedaban un par. ¿Tenés hojas? Sí, pero chiquitas, de anotador. ¿Cuán chiquitas? Ya fue, las cinco listas en cartón de caja de empanadas. ¿A quién le falta?

Vestuario. Cuca: cresta verde, anteojos oscuros, remera de A77aque old skool. Liza: peinado, pantalón rojo y musculosa negra, punk. Nacho: vincha cinturón rojo, remera blanca tajeada. Juli: remera roja hasta entrar en calor por la bata. Marce: remera negra y corbatín fosforescente. Todos envueltos en cintas blancas reflectivas tipo ruta y grafiteados a gusto. Site specific look.

El pulso cambiaba de una lista a la otra. Algunas tenían la fecha o decían “doris, niceto” o “doris 2012” arriba. Esta está escrita en diagonal hacia abajo, como un rombo. ¿Me rescatás una lista?, cinco y media de la mañana. Andá, están en el escenario, sabés dónde es.

Abrazos. Cinco espíritus en conexión allá arriba (cuando te dicen “estás allá arriba”). Nada de preguntas. Como Joy Division, larga intro instrumental, medir feedback, seguir “Mi camino”, otra, pum, más punkrock “Alberto”, pogo, dale, seguí “Achacandá”, bajemos un poco un trip “Mario Mactas”, “Parece q’ me voy”, primer disco “Silencio”/”Nadar” (track pick), salto “Mar revuelto” meencaaaantaaaaa, a-au!, “Carmosina”, esa bata caminadora, “Todo” ehhhh!, vuelve el punk guitarra sola, riff, banda: “Asvets”, afónico, “La colmena” eterna. End of the day.

No voy a escuchar los discos de Doris por un tiempo, para que siga en mi cabeza, así, ahora, sonando como de lejos.