Muchas películas…

Mar del Plata, 1950. Baldo, Carlos, Malé, Manuel (gentileza Carlos Puig)” (1).

Dos años y casi dos meses coincidí en este mundo con Manuel Puig. No sé porqué pensé en esto, más que por la extrañeza de una muerte ni tan joven ni tan aplazada: con 57 años y varios proyectos de teatro, cine y televisión en curso, “Coco” todavía podría habernos deleitado con su arte.

Siempre supe que en algún momento iría a leer la biografía de Suzanne Jill Levine, Manuel Puig and the spider woman. Milagrosamente me topé el año pasado con una hermosa edición neoyorquina de tapa dura, en idioma original. Las ironías de la vida: los mejores libros sobre peronismo, las mejores biografías de nuestros más destacados hombres (el Che, Puig) los han escrito extranjeros, en idiomas foráneos.

Ironía también que el último libro publicado de Manuel Puig haya sido una compilación de diálogos apócrifos en italiano, a pedido de una revista, sobre las estrellas de cine de los años ’30 y ’40 que siempre lo fascinaron. En el viejo cine de su General Villegas natal, con apenas cuatro o cinco años Coco era llevado por su madre Malé (fallecida en 2006, a los 99 años) todas las tardes a ver a Hedy Lamarr, a Luise Rainer, a Greta Garbo.

Para su investigación, Levine pasó dos temporadas en Argentina entrevistando a sus amigos, familiares, conocidos y colegas argentinos. Dos cosas me quedaron como lo más importante de la reconstrucción que, como toda biógrafa, plantea la autora. Una, que la vida de Puig en Argentina siempre fue algo a dejar atrás; como si él hubiera deseado mantener frescos en su memoria esos años en Villegas y en Buenos Aires, esos veranos en La Plata, pues su recepción por el establishment literario local (aún cuando ya era un escritor mundialmente consagrado) siempre fue extremadamente resentida y pueblerina. Dos, que su vida sexual era altamente polémica para los estándares de la época, pero con la pequeña dificultad de que él lo vivía como lo más natural del mundo. La autora cita sus cartas, hasta bien entrados los cincuenta años de edad, en las que se jacta de buenas o malas “rachas” en lo sexual, sea en Nueva York, Río de Janeiro o Cuernavaca.

Pero una cosa que no sabía, y es lo que vale la pena siempre recordar, es que los tremendos maricas, como era la Puig, son siempre los más valientes, los que no se escudan como esos supuestamente revolucionarios izquierdistas hijos de puta que lo relegaban al estante de las excentricidades, ni como, obviamente, los milicos machistas y sádicos, bipolares, que tan bien retrató en sus obras.

En pleno Onganiato, con Ernesto Schoo en un cine, todos de pie para escuchar el himno nacional argentino y Manuel Puig no se levantaba. Schoo le hizo una señal, dale, no ves, y él le respondió: “¿Por qué debería mostrarle respeto a este pésimo gobierno?” (2)

(1) Fuente: Suzanne Jill Levine, Manuel Puig and the spider woman: his life and fictions, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 2000. Insert de fotografías.

(2) Ibid, p. 205.

Bocha de ruido

Jack y Meg White caminan por las montañas canadienses en Under Great White Northern Lights.

Los mismos de siempre son esos que dicen que está todo dicho, todo hecho y que nada nuevo puede surgir bajo el sol. Los que decían que Charly García estaba acabado después de Sui Generis, y después de Serú Girán, y después de Say no more… Y los que no lo vieron anoche tocando en el Cosquín rock.

Con los White stripes pasó algo de eso. Dice Jack White que desde su primer disco los críticos auguraban “bueno, de acuerdo, ¿pero hasta cuándo van a seguir haciendo lo mismo?” “¡Y ya vamos por el sexto!”, resumía en 2007.

Diez años de carrera, seis discos. De Detroit a todo el mundo. Jugando al bowling en Estonia, Panamá y Argentina. Tocando su recital 10th anniversary en Nova Scotia, Canadá, con parientes lejanos que los telonean haciendo música escocesa con fiddles y gaitas.

Pareciera que la gente ve las limitaciones, pero no la manera en que las superan. “Uso guitarras que no se mantienen afinadas. Pongo el teclado en una punta del escenario, la pedalera en la otra y el micrófono más allá. Toco las mismas guitarras que hace 10 años. Si quiero agarrar una púa tengo que ir hasta atrás de todo, no las tengo ahí en el micrófono”.

Decidieron hacer una gira por todo Canadá. Ciudades de 15 ó 20 mil habitantes fundadas hace 80 años porque antes había campamentos innuit. Y de día, antes del recital, hacían unos temas gratis en algún lugar de la ciudad, desde un barco hasta un salón de pool o un colectivo. En Yellowknife hacen un solo tema. Jack con la acústica y Meg con una pandereta, en el piso. Se habían juntado como 200 personas. Y se fueron. Todos contentos.

Antes de tocar en Buenos Aires, en 2005, tocaron en Manaos, Brasil, donde Jack aprovechó para casarse. Después tocaron en Misiones.

Cada disco de los White stripes es distinto. Los recitales no tienen lista de temas.

“¿Qué hacen, tocan, cantan?”, le pregunta a Meg un camionero que los lleva hasta una ciudad. “Somos una especie de banda de rock n’ roll, pero nada más somos dos, así que eso es un poco raro, supongo”. “¿No tocan todos los instrumentos?” “No, no. Nada más hacemos bocha de ruido entre nosotros”.

The white stripes. Under Great White Northern Lights. 2010. DVD. Dirección: Emmet Malloy.

La muerte de la pintura

Guillermo Kuitca autorretratado en su casa de Belgrano, durante una entrevista para la revista norteamericana W, en 2009.

Hoy, 22 de enero de 2011, Guillermo Kuitca cumple 50 años. Quiso la casualidad que este aniversario, probablemente el más redondo de la historia de la mayoría de los mortales, encontrara a quien les escribe trabajando sobre su obra para un trabajo de la facultad.

Kuitca es un artista que no reniega de las interpretaciones de su obra. El haber hecho una titulada “Del 1 al 30.000”, que consistía en todos esos números (del 1 al 30.000) escritos uno por uno, y que la obra sea de 1980, deja espacio a las asociaciones. El artista no lo dice -él pinta-, pero para eso está la crítica.

Kuitca empezó a pintar a los 9 años y expuso por primera vez a los 13. Le gusta decir, sin embargo, que su obra empezó en 1982, más específicamente con la serie “Nadie olvida nada”. Son varias pinturas de formas diversas en las que por primera vez aparece uno de sus símbolos: la cama. Cuántas cosas de la vida suceden en la cama. Cuántos hombres y mujeres no murieron en una cama, cuántas madres como la que aparece de espaldas ahí, de blanco, no pudieron llorar a sus hijos junto a sus camas: 1982. Pero el artista no teoriza, no analiza -él pinta.

Hay grandes escenarios en las pinturas de los 80 de Kuitca. Teatrales, inabarcables pero también intrínsecamente humanos, personas que los habitan en soledad, desgarradas. Después desaparecen las personas. Quedan los mapas, las sillas, las butacas de los teatros y las valijas de los aeropuertos. ¿Cómo recuperar esos espacios para la acción, cómo mirarlos desde afuera para solo así lograr verlos de nuevo, con su luz? El artista no responde -él pinta.

Kuitca no expuso en Buenos Aires entre 1986 y 2003 -esto es, su período de explosión creativa y reconocimiento mundial. Aún así, nunca dejó de vivir y trabajar en Buenos Aires. Poco de Buenos Aires se puede ver en la obra de Kuitca. En todo caso estaría en la estela de Borges, que en “El escritor argentino y la tradición” reivindica la condición de lejanía como una manera de tratar los grandes temas de la humanidad. O Deleuze y Guattari hablando de Kafka y su literatura en posición de “minoridad”: de ahí sale la fuerza, Kuitca se nutre y pinta.

Formador de nuevas generaciones mediante la Beca Kuitca (actualmente desarrollada junto a la Universidad Di Tella), nunca dejó de producir, frenéticamente. Todo lleva a alguna parte: hasta las pinturas descartadas pasan luego a su mesa de trabajo y se convierten en “Diarios” que documentan su actividad.

Para hacer frente a la muerte de la pintura, el artista pinta.

Como andar en colectivo

Los Beatles: John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison (en sentido horario). Londres, 11 de agosto de 1967. Foto: Richard Avedon.

“Soy Ringo y toco la batería. Soy Paul y toco ehm… el bajo. Soy George y toco la guitarra. Soy John y también toco la guitarra… y a veces me toca hacerme el tonto”.

Lo magnífico de los Beatles, lo que siempre me pasa cuando escucho un disco suyo, es que me pregunto cómo hicieron. Con ningún otro músico me pasa lo mismo. Puedo admirar a Radiohead. Puedo delirar escuchando Nirvana o Depeche mode. Pero no me pregunto cómo hicieron, porque la respuesta es muy fácil: Antes estuvieron los Beatles.

Con ese discursito tonto empieza el disco de los Beatles en vivo en la BBC. Cada uno dice su parte, en un perfecto y pausado inglés británico. Son dos CDs con 56 canciones, de las cuales 29 son covers de clásicos del rock n’ roll, blues y R&B de los ’50, grabadas en vivo en la señal pública británica entre 1963 y 1965. Generalmente tengo un criterio para medir la estatura artística de una banda: escucharlos cantar canciones de otros, o instrumentales. Los Beatles tienen solo una grabación instrumental registrada: está en el Anthology 2 y se llama “12-bar original”. Es un blues bastante típico pero excelente. Escuchándola y pensando en esas sesiones de Rubber soul, en 1965, uno puede imaginarse muchas cosas. Pero nunca vas a perder de vista la genialidad musical de esos cuatro tipos tocando los 12 tiempos.

En los 90 salieron los tres Anthology y estos discos de la BBC. Los Anthology, sobre todo los últimos, retratan a una banda en la soledad del poder. El estudio de grabación, medio de producción para estos proletarios, se llevó todos sus secretos. Y, escuchándolos 30 años después, no podemos evitar sentir el placer del voyeur baudelaireano. Pero con el Live at the BBC es más perverso aún: una banda en la cima de su masividad que está sintiendo cómo la vida les va cambiando. En una de las charlas inusitadamente profundas que tienen con los conductores de los programas, el tipo les pregunta qué pasa, ahora que son famosos, con las pequeñas cosas de la vida. Y Paul le pregunta, jodiendo: “¿como andar en colectivo?” Pero después reconoce: “Se extraña”.

Lo que siento con estos rocanroles es que son cuatro pibes de 23, 24 años, tocando sus temas favoritos en la televisión. ¡Y claro, si eran eso! No eran “Los Beatles” todavía. Está “Slow down”, “el tema más salvaje de los Beatles” según mi amigo Pablo Folioscope. De los blues old skool mis preferidos son “I got a woman” (de Ray Charles), “I wanna be your man” (que le regalaron a los Rolling Stones y fue su primer Nº1), “To know her is to love her” (de los Teddy Bears) y los de Little Richard (“Lucille”, “Long tall Sally”, “Kansas City”) y Chuck Berry (“Carol”, “Johny B. Goode”).

Cuatro muchachos de Liverpool tocando rock n’ roll que se lamentan de ya no poder andar en colectivo.

Livin’ la vida loca

El escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald, retratado en sus años mozos (ca. 1922) por el fotógrafo húngaro Nickolas Muray.

El de Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre es probablemente uno de los romances más tempestuosos y apasionantes de la historia de la literatura universal. Se conocieron en un baile del campamento Sheridan en Montgomery, Alabama, donde Scott había sido destinado por el Ejército. Él tenía 21 años; ella, 18 recién cumplidos. Decía en una carta de enero de 1920: “estoy enamorado de su coraje, de su sinceridad y su dignidad apasionada y es en estas cosas en las que creería aunque todo el mundo se entregara a sospechas descabelladas sobre su dudosa conducta”.

¿Por qué tanta necesidad de defenderla? Zelda parece que era una joven muy hermosa (aunque no sé si serán los cánones de la época o qué, pero a mí en todos las fotos que vi me pareció bastante normalita…) y de la cual se hablaba en todo el estado de Alabama. Tras comprometerse con Fitzgerald y junto a su éxito, en esos locos años 20 del siglo pasado, la “era del jazz” y “todo bien” (que terminó con el crack del 29), Zelda se hizo famosa porque fumaba en público (¡oh!), reconocía haber besado a muchos hombres y tenía actitudes “extrañas”. Algunas de estas características se blanquearon al comprobarse sus desequilibrios psiquiátricos que la tendrían, desde 1930, de clínica en clínica por toda Europa.

Scott y Zelda viajan a Europa en 1928, regresando a EEUU entre septiembre de ese año y abril del 29. Parten definitivamente hacia Francia en ese entonces y alquilan la Villa Fleur de Bois (Cannes) en junio. Zelda es dada de alta el 29 de junio de 1932. En 1934 la revista de la editorial de Fitzgerald, Scribner’s, publica en cuatro entregas Tender is the night, su novela más ambiciosa y alegórica.

Cuenta la historia de Dick Diver, un psiquiatra moderno y encantador que se enamora de Nicole Warren, paciente suya y, oops, esquizofrénica. Viven en la Riviera francesa, cerca de Cannes. La fortuna de Nicole lleva lentamente al Dr. Diver a una vida de placeres y desengaños, en una escritura fuertemente alegórica y con rasgos autobiográficos (se darán cuenta). Muere el papá de Dick y él viaja a EEUU para el entierro -como hizo el propio Fitzgerald en enero de 1931. Y así muchas más.

Scott Fitzgerald es también el autor de una de las más emblemáticas novelas de la literatura norteamericana, The Great Gatsby (1925), que en su brevedad traza un imponente fresco de estos flappers de la década del 20. Hay que volver a leer a Fitzgerald.

Tender is the night. Francis Scott Fitzgerald. Wordsworth. Londres, 2004. Notas e Introducción a cargo de Henry Claridge, University of Kent. 17,50$.
Cartas de amor y de guerra (1919-1940). F. Scott y Zelda Fitzgerald. Traducción de Ángela Pérez. Grijalbo-Mondadori. Barcelona, 1994.

El piano de la imaginación

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Placa recordatoria en la ciudad de Dublín, Irlanda, hogar de Ludwig Wittgenstein entre 1948 y 1949. Foto: cortesía Dublin Opinion.

“De lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Escuché, asombrado, por primera vez, la frase de Ludwig Wittgenstein, en 4º año, en la clase de filosofía, en una traducción un tanto libre de mi profesora: “De lo que no podemos hablar, mejor nos callamos la boca”. Desde entonces, su nombre de quedó rebotando en mi cabeza.

Nacido en 1889 en la efervescente ciudad de Viena, durante su infancia el pequeño Wittgenstein correteaba por entre las piernas de Gustav Mahler y Sigmund Freud, asiduos invitados de sus padres. Inclinado hacia la aeronáutica, estudió ingeniería en Berlín y Manchester. Sus intereses se volcaron a la matemática y – posteriormente – a la lógica luego de leer los Principia mathematica de Bertrand Russell. En 1912 viajó a Cambridge para estudiar con el maestro. Poco tiempo después decidió retirarse a filosofar en soledad a Noruega.

En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial. Nuestro joven estrella se alista en el ejército austro-húngaro. Entra en combate en el cuerpo de artillería. Durante estos años escribe, en cuadernos de apuntes, lo que sería el Tractatus logico-philosophicus. Hacia el final de la Guerra es apresado en Italia, donde pasa casi dos años en un campo de prisioneros. Pausa. ¿Se entiende la imagen? Wittgenstein, un austríaco medio loco de 25 años que en medio de la Primera Guerra Mundial se recuesta en la trinchera, con los morteros al lado y las balas de los ingleses volando por sobre su cabeza, a escribir un tratado “logico-philosophicus” que pretendía cerrar de buenas a primeras con 30 siglos de discusión filosófica.

Se comenta que Wittgenstein no era una persona fácil de tratar. Su maestro Bertrand Russell escribe el hoy famoso prólogo a la primera edición del Tractatus, publicado (tanto el libro como el prólogo) sin conocimiento del autor en 1921, por lo cual se ganó su desprecio. En los siguientes años lleva una vida retirada, ejerciendo de maestro de escuela y de jardinero en un convento hasta 1929.

En el año de la Gran Depresión retoma sus estudios filosóficos en Cambridge, donde en 1937 sería nombrado catedrático. Ejerce hasta 1947, interrumpido solo por un breve período en el cual ejerció como enfermero voluntario durante la Segunda Guerra Mundial. Murió en Cambridge en 1951, producto de un cáncer.

Su pensamiento es sin duda uno de los más influyentes del siglo XX. Cuando (le) publica(n) el Tractatus logico-philosophicus, en 1921, surge un grupo de fervientes seguidores que serían conocidos como el “Círculo de Viena”. Integrado por pensadores de la talla de Rudolf Carnap y Otto Neurath (único sociólogo del grupo), los vieneses definieron desde el principio al objeto de la filosofía como “el análisis lógico del lenguaje”. Despreciaban la metafísica por “pseudo-ciencia”. Pero lo más interesante es que cuando le dijeron a Wittgenstein de la existencia de este club de fans, él no quiso saber nada: ya pensaba otra cosa.

Uno de los aspectos más interesantes de su segundo libro, Investiga- ciones filosóficas (publicado póstumamente en 1953), es que en él reniega de su pensamiento anterior. De hecho, en algunos pasajes critica “al autor del Tractatus logico-philosophicus(1). Es en este libro que define su concepto “juego de lenguaje” (básicamente, la relación entre las palabras y las cosas; no hay un “significado”, sino que depende de cómo las palabras se usen en el lenguaje, § 43). El concepto sería reto- mado por los llamados “filósofos analíticos”, que realizaron interesantes trabajos (que persiguen hasta hoy) sobre los “actos de habla” y el aspecto “performativo” del lenguaje (J. L. Austin, uno de los más interesantes representantes de esta corriente, tituló a su libro más conocido Cómo hacer cosas con palabras).

La escritura fragmentaria de Wittgenstein es extraña, y choca al lector acostumbrado a leer filosofía. El Tractatus son 7 puntos, el último de los cuales es la frase citada al principio, y los anteriores están divididos, por ejemplo está el parágrafo 5.5563, y después viene el 5.557, etc. Pero consta de un lirismo poco frecuente en esta rama del saber: “pronunciar una palabra – dice – es como tocar una tecla en el piano de la imagi- nación” (2).

(1) Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, Barcelona, Instituto de investigaciones filosóficas UNAM-Crítica, 1988, p. 41.

(2) op. cit., p. 23.

Añoranzas de Mississippi

El escritor norteamericano William Faulkner, en la década de 1940. Foto: Alfred Eriss.

Un escritor como William Faulkner no necesita presentación. O, mejor dicho, no necesita más presentación que la que nos brinda su extensa obra, desarrollada en novelas, cuentos, ensayos, poesía y algunos guiones de cine que constituyen la cúspide más alta del séptimo arte. Recordemos que, en las décadas de 1940 y 1950, muchos guiones de Hollywood estaban escritos por creadores de la talla de Faulkner, Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald, entre otros. En esos años también vivían, y creaban, los grandiosos T. S. Eliot y John Dos Passos.

Nacido William Cuthbert Falkner el 25 de septiembre de 1897, pasó su niñez en el pueblo de Oxford, Mississippi. En 1918 ingresó a las Real Fuerza Aérea canadiense, tras haber sido rechazado de la estadounidense por ser muy bajo. En el formulario de la RAF colocó “Faulkner” como su apellido, creyendo que sonaba más “inglés”, entre otras mentiras relativas a su persona que, imaginaba, lo ayudarían a ser aceptado. Eran los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Comenzó su entrenamiento en Toronto, pero antes de finalizarlo la Guerra terminó y fue honorablemente dado de baja. A pesar de nunca haber entrado en combate, el joven Faulkner fue recibido en Mississippi con honores, a los que él agradecía contando inimaginables historias de guerra, incluso alegando haber sufrido considerables heridas que le habían causado la implantación de una placa metálica en su cabeza…

De su experiencia militar saldría el material para su primera novela, Soldiers’ pay, de 1926. En 1919 se anotó en la Universidad de Mississippi en el marco de una programa especial para veteranos de guerra, a pesar de que ni siquiera hubiera terminado el secundario. Entre 1922 y 1924 trabajó en la oficina de correos de la Universidad. Su desastroso desempeño incluía jugar a las cartas con sus compañeros, enviar equivocadamente o simplemente perder las cartas que le eran confiadas y atender mal a los clientes. Cuando un superior comenzó a investigarlo, convinieron su inmediata renuncia.

En 1925 se mudó a Nueva Orleans, donde frecuentó un círculo literario. En 1926 publica su primera novela y en agosto viaja a Europa. Visita religiosamente el café de París al que acudía el viejo Joyce, pero por su magna timidez nunca se atreve a hablarle. Desde 1929 comienza a llevar una vida más holgada, tras un período de escasez saldado con la aparición de The sound and the fury ese mismo año, novela que el autor aceptaría haber escrito “deliberadamente para ganar dinero”. En 1932 comienza su carrera como guionista de Hollywood con un contrato de seis semanas para la Metro-Goldwyn-Mayer, de la cual saldría su primera película, Today we live (Howard Hawks, 1933).

La prosa de Faulkner es torrencial, vívida, fragmentaria, barroca, recargada, casi inconsciente, pero absolutamente medida, fría y cerebral. En las primeras décadas del siglo XX se había inventado un término para este “artificio”: stream-of-consciousness (fluir de la consciencia). Sus ilustres introductores habían sido nada menos que James Joyce y Virginia Woolf. El autor era la pluma a través de la cual sus personajes hablaban, pensaban, sentían, juzgaban el mundo que veían ante ellos. Eran los “años locos” de la primera posguerra. Menos de una década después, William Faulkner se consagraba con The sound and the fury (1929) e inauguraba su época más brillante, que duraría hasta 1942 con la salida de Go down, Moses.

Canonizado en vida, le es otorgado el Premio Nobel de Literatura en 1949, un año después que a su compatriota T. S. Eliot. Sus obras maestras Absalom, absalom! (1936) y As I lay dying (1930) marcarían profundamente la literatura norteamericana y universal del resto del siglo XX. En 1962 fallece este magnífico escritor que, sin siquiera haber completado el secundario, dio luz a algunas de las mayores obras de ficción de la historia de la humanidad.

Largos párrafos separados por guiones, que repiten una misma estructura gramatical y nos otorgan con cuentagotas cada vez más información sobre algún personaje, sobre la historia. Detalles que pasaron de largo en su momento, pero que 20 páginas después son retomados como si nunca se hubieran ido. Incoherencias que son resueltas como al desatar un nudo hecho por un niño. La lectura de William Faulkner (el hombre, la obra) requiere concentración, paciencia, perseverancia y determinación. Como todo clásico, exige, pero no defrauda. Hagamos la prueba.

Obras de William Faulkner en español:

¡Absalón, absalón!, Madrid, Alianza, 1971.

El sonido y la furia, Barcelona, Bruguera, 1982.

Santuario, Barcelona, Bruguera, 1982.