Casada
Luz se casó en Madrid. Vivía con su novio en un semipiso a tres cuadras de la Gran Vía. Todas las mañanas se levantaba para pasar por la puerta del Museo del Prado antes de que Francisco, el jefe de Maestranza, saliera con el balde a decidir si la vereda merecía ser baldeada. “Hoy no”, le dijo la segunda o tercera vez que la vio. “Si los vecinos la ven muy limpia, se enojan. Si los turistas me ven baldeando, no pasan más. Es un jodido equilibrio, tía.” Fue la primera vez que le dijeron “tía” fuera de Argentina, donde, ya lo sabemos, significa una cosa muy distinta.

Había terminado sus estudios en Comunicación Social en la Universidad Siglo XXI. El profesor de Planificación de Políticas Comunicacionales le había recomendado la Maestría en Periodismo Digital de la Universidad Carlos III; dijo que un colega suyo de la época de la Transición estaría dispuesto a recibirla, académicamente hablando por supuesto. Habló con Manuel y a él le pareció el mejor momento para conectarse con su pasado ibérico. El avión salió a las 4 de la madrugada.

En Barajas no los detuvieron ni los discriminaron. Simplemente pasaron y se tomaron un taxi que por 36 euros los dejó en el departamento de Jordi, un catalán de Girona que juraba haber conocido a Roberto Bolaño.

Como Manuel necesitaba unos papeles de Argentina tuvo que volver a los pocos meses. Recién entonces se casaron, en Madrid. Para esa época salían mucho y frecuentaban los botellones de la esquina de su casa. Acá la cosa era muy distinta.

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