Mi amigo sociólogo

Sin título, por Lucio Dorr

Lucio Dorr. Sin título. 2000. Vidrio tallado y pintado. Medidas variables.

Los lunes tengo una pausa en mi cursada entre las 5 y las 6. Últimamente vengo usándola para leer en el patio de una sede del IUNA que está a unos metros del instituto. Es una de esas propiedades señoriales que andá a saber cómo terminaron formando parte del patrimonio del Estado nacional. Las primera veces que la vi, de paso hacia el colectivo, pensé que era un colegio secundario. Una noche vi el cartel enorme que dice “IUNA” y reparé con más detenimiento en el movimiento constante, los jóvenes sentados en el patio, las bicicletas atadas donde se puede y demás indicadores de la vida universitaria.

La construcción está bastante destruida: los baldosones de mármol rajados, el jardín con más tierra y escombros que pasto, las maderas del interior descuidadas como en una película de terror. Desde el primer día supe que mi espacio de lectura sería el exterior: la biblioteca es un cuarto de tres por tres con una empleada triste, una mesa y sin ventanas. Por afuera le instalaron un corredor de escaleras metálico, tipo edificio neoyorquino, que nada tiene en común con la arquitectura clásica de la casa. A la izquierda, la conecta con otro edificio, más moderno, en donde están la mayoría de las aulas. En uno de esos descansos, el del segundo piso, me hice mi lugar.

La semana pasada me encontré con un amigo que hacía, fácil, tres años que no veía. Cursamos juntos una materia en la FFyL el segundo cuatrimestre de 2008 y nos seguimos viendo, con el grupo de la materia, durante todo 2009. Tocaba el bajo y cantaba en una banda de rock progresivo a la que fui a ver, no del todo contra mi voluntad, dos o tres veces. Me saludó, “¿Julio?”, con ese tono inseguro de los que no se ven hace mucho. Charlamos unos minutos, yo tenía que entrar a clase y él no paraba de encontrarse con sus nuevos compañeros, que lo solicitaban para bajar equipos, comprar fotocopias, etc. “Él es mi amigo sociólogo”, me presentaba. Quedamos en vernos el lunes siguiente; hoy estaba ahí, charlamos un rato más y rápidamente entramos en confianza.

Después a la salida escuché de nuevo “¡Julio!” y hasta me pareció que dijo mi apellido, categórico. Me di vuelta y, sin anteojos, no lo distinguí; aún así dije, con fingida sorpresa, “¿qué hacés, che?” Era un compañero de la primaria al que no veía desde ese entonces, es decir, hace trece años. Lo primero que me preguntó es si tenía Facebook: no. Quedamos en vernos ahí el lunes que viene.

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