Cumbres borrascosas

Winterhouse, por James Casebere

James Casebere. Winterhouse. 1984. Impresión en gelatina de plata. 6/7. 28.4 x 23.3 cm.

Estoy leyendo una novela argentina ambientada en la Buenos Aires de fines de los 90. Pongamos 1998. El protagonista tiene 20 años y vive, como contra su voluntad, en un mundo chato de pos-adolescencia del cual lateralmente escapa metiéndose a trabajar como repartidor de cocaína. La novela está escrita en los estertores de Rejtman, ese realismo que se exacerba por la repetición de una rutina abúlica y sin sentido de levantarse a la mañana, ver la hora en el reloj de la video (los 90), desayunar, ir a trabajar, over and over again.

Una de las cosas que hace el protagonista es escuchar música. Y escucha música como se escuchaba en, pongamos, 1998: en CDs y casetes. El tipo va a en el auto y pone un casete. Siempre que maneja escucha un casete, y cuando lleva a alguien (una minita, un amigo, una puta) es ese otro quien elige la música. Cuando tiene algo de plata va a Musimundo y se pasea por el sector de “Novedades”, compra uno o dos CDs. Siempre que llega a la casa, antes de irse a dormir, pone un CD; cuando está esperando a que alguien lo venga a buscar y le toque el timbre, pone un CD, o dos. Después en otro momento se compra un discman en vez de un walkman (porque, dice, “los CDs son mejores que los casetes”) y después va al kiosco y compra pilas Duracell.

Me extrañé de la extrañeza que me provocaron esas pequeñas acciones. Esperar a alguien que me pase a buscar por casa y toque el timbre. Ya casi no pasa: están los celulares. Escuchar música en CDs, comprar discmans o walkmans. Ya casi no pasa: están los celulares. Comprar pilas: ¿quién compra pilas, si todo ya viene con baterías recargables?

Me acordé de cuando, hace cuatro años, iba en el 29 hacia Belgrano desde el centro. Escuchaba en mi walkman Chau, de los Fabulosos cadillacs. Por Tribunales se subieron unas adolescentes que, por la pinta y la hora que era, seguramente estaban yendo a bailar. Una se me sentó al lado (pasillo). Cuando terminó el lado A, saqué el walkman de la mochila, lo abrí y di vuelta el casete, lo cerré y apreté play de nuevo. A todo esto, la chica de al lado se miraba con sus amigas que iban paradas, me señalaba y, disimuladamente, se reía.

Ya casi nadie compra algo solo para escuchar música. Hasta los iPods sirven para ver fotos y videos. ¿Para qué compraría alguien un artefacto que apenas sirve para escuchar música de manera portátil? Así deben pensar los jeques de la industria.

¿Para qué vamos a seguir apenas escuchando música?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s