Modos de vestirse

Persepolis

Fotograma de Persépolis, de Marjanne Satrapi y Vincent Paronnaud.

En los últimos meses me topé por casualidad con una serie de obras que se desarrollan en sociedades totalitarias. Más o menos ficcionalizadas, todas tienen esa cualidad de verdad histórica.

La película Persépolis de Marjanne Satrapi y Vincent Paronnaud, es una adaptación de la novela gráfica de la primera. Satrapi es iraní y su relato autobiográfico comienza en su niñez, con la revolución islámica de fines de los ’70. Su tío, preso durante el Shá, sale de la cárcel solo para luego ser capturado nuevamente, esta vez por la policía política del régimen. Las mujeres se llevan la peor parte, con la instauración de fuertes leyes religiosas y el acoso sexual legitimado desde el poder revolucionario.

También vi una que se llama La autobiografía de Nicolae Ceaucescu. Esta es un poco más pesada, dura como tres horas y no tiene diálogos, está construida enteramente con material de archivo. Ceaucescu fue el líder de la Rumania comunista entre 1965 y 1989, cuando fue derrocado y asesinado junto con su esposa. La película, de 2010, fue estrenada en Cannes y es, digamos, “experimental”. Puro montaje de archivos de la televisión rumana, casi todo en blanco y negro y muchas veces en silencio. No se entiende quiénes son los personajes, pero todo está construido con una atmósfera de grandeza y movilización típico de las dictaduras: los cumpleaños del presidente con desfiles, bandas escolares, las visitas internacionales, los congresos de las Federaciones comunistas, los discursos masivos, las asambleas, las palabras repetidas.

Y por último, leí una novela gráfica que se llama Maus, de Art Spiegelman. Es un clásico, el dibujante reconstruye el paso de su padre por el nazismo en Polonia, hasta Auschwitz, de donde sale cuando termina la guerra. Lo lindo del libro es que es tanto una reconstrucción del nazismo (una más, y van…) como una reflexión sobre el propio proceso de escritura, porque él se dibuja hablando con su padre “en el presente” (los años ’70). Y también elige presentar a los personajes como animales, según su “raza” (los judíos ratones, los alemanes gatos, los polacos chanchos), lo cual fue muy criticado pero a mí me pareció una gran estrategia de extrañamiento, para percibir el sinsentido del nazismo.

Todas tienen en común el totalitarismo. Me impactó cómo en el fondo es todo más o menos lo mismo. Es la falta de libertad, de no poder comer un pan porque estás tan débil que no te da la mano, o no poder expresarte o vestirte libremente, o no poder elegir a tus gobernantes a pesar de que teóricamente están al servicio del “pueblo”. Cómo hay gente que vivió veinte, treinta años así, generaciones de niños educados con eso de fondo.

Había una cubana muy buena que dieron en el BAFICI hace unos años, El telón de azúcar; nunca más la volví a encontrar. Una chica que había crecido en Cuba en los ochenta, antes del “Período especial”, y el relato era muy feliz, un relato de infancia, de una infancia perdida y gloriosa a la luz de lo que vino luego.

Cuando leo en los diarios que vivimos en una dictadura o cosas por el estilo me gusta retirarme a estas obras, auténtica representación de lo que significa no tener libertades. Y me siento un poco mejor.

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