Hay un niño argentino

 

Un joven argentino enarbola el pabellón nacional, durante los festejos por el Bicentenario en la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires, en mayo de 2010.

“Hay un niño
argentino
recostado en una esquina
que piensa
que siente que lo agobia
una triste melodía
(…)
y en la oscuridad iluminadano queda nada”
Vicentico, “Chau”. Los fabulosos cadillacs en Obras, 2000.

El 25 de mayo de 2006 fui a la Plaza de Mayo a escuchar a Néstor Kirchner. Me impresionaron las banderas, las columnas de los sindicatos, los centros de estudiantes de los colegios secundarios (entre ellos, el mío, que estaba a dos cuadras). Creo que fue la primera marcha a la que asistí por propia voluntad. Viajé en tren a Retiro, gratis, porque habían liberado los transportes públicos. Caminando por San Martín se iba sumando la gente, las calles cortadas, los micros estacionados. Era un día peronista.

No llegué a verlo porque me tapaba una torre de sonido. Pero lo escuché y se me cerró la garganta en más de una oportunidad. Es que eso era Néstor, era escucharlo y sacar entrada. Ahora pasa lo mismo, pero una vez como tragedia y otra como farsa, como decía Marx. En ese momento, hace seis años y medio, de alguna manera quedaba todavía un resto de “maldito” en ese presidente. Digamos, no estaba “bien visto” apoyar al gobierno (los que lo apoyaban eran los pobres, los negros, los sindicalistas); y, obviamente, no estaba “mal visto” criticarlo.

Me cuesta pensar en razones para oponerse a una manifestación contra el gobierno. Siempre que escucho voces alzadas contra el poder estatal, en cualquier lugar del mundo, me invade un respeto casi reverencial. Siria, España, Egipto, Grecia. No coincido con pedirle a los que reclaman que ofrezcan propuestas, planes, plataformas, guías para la acción. No son políticos; para eso están. Tampoco coincido con la descalificación por no ser espontánea: las marchas del orgullo gay no lo son y eso no les quita validez. Marchar al lado de alguien que no te representa, que quizás incluso detestás, no anula el significado de la marcha. Al contrario, le otorga una veta aún más democrática. Coincidimos en un punto. Por algo se empieza. Y mucho menos con la idea de la legitimidad eterna: un voto de confianza de origen (elecciones mayoritarias) no es un cheque en blanco. Así no funciona la democracia, votando una vez cada cuatro años y en el medio agua y ajo.

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