Lectura general

Sala de lectura general, Biblioteca Nacional, junio de 2006.

La sala de lectura general de Biblioteca Nacional está en el sexto piso del famoso edificio de Clorindo Testa. Para entrar tenés que llenar una ficha de información con nombre, apellido, edad, dirección de correo electrónico, frecuencia de visita a la biblioteca y destino dentro del edificio, entre otros datos. Además, no se puede ingresar con mochilas ni beber o comer en las salas de consulta. En la de lectura general sí está permitido, razón por la cual es la más concurrida.

La última vez que fui me sorprendieron dos cosas. Primero, la sofocante temperatura y el aire viciado que se había generado en el ambiente. Es un piso de techos bajos y ventanas herméticas, sin aire acondicionado (al menos ese día). Segundo, la cantidad de gente que, aún así, estaba instalada esa tarde “estudiando” o trabajando en las mesas. La anterior vez me enteré de que no tienen Wi-fi: sí, la Biblioteca Nacional, esa misma que hace unos años sufrió la caída libre de un ascensor (gracias a Dios, vacío) y que trascartón lo reemplazaron por un modelo más “inteligente” que muchos de los empleados de la institución. Por lo menos te saluda. “Bienvenido a la Biblioteca Nacional”, te dice.

Una de las primeras veces que fui habrá sido en 2006. Sí, había un ciclo de “Debates sobre la cultura argentina” organizados por la Secretaría de Cultura de la Nación en tiempos de José Nun. Eran los miércoles, creo, a las seis de la tarde. No, los jueves tal vez, porque recuerdo que tenía clases en sexto año del colegio, y eso era lunes, martes y jueves. Me quedaba haciendo algo por ahí al mediodía, iba a comer, y arrancaba para la Biblioteca.

Eran temas como “La religión”, “El deporte”. El primero fue “El humor”; me quedó grabada la impresionante habilidad de “Pepe” Nun como contador de chistes. Esa serie de charlas, ocho si mal no recuerdo, me parecen ahora el símbolo de una época en la que la intelectualidad progresista pensaba que el kirchnerismo iría finalmente a cambiar la cultura política (y la cultura, por qué no) de nuestro país.

Sentado ahí con mi libro de Wright Mills, la saqué con el auto-disparador. Las mesas son grandes y redondas; las sillas, modernas y cómodas. Me paré, le puse el mini-trípode, encuadré y apreté. Corrí hasta la silla, agarré el libro, lo abrí y me coloqué en posición seudo “natural”. Se percibe la rigidez: nótese que ni le saqué el separador. No había mucha gente. Al rato bajé a la charla, a conectarme con esas figuras que me prometían un futuro mejor cuando la crisis todavía se percibía en la calle y las esperanzas parecían llenas de felicidad.

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