Carlitos

Rosario, invierno 2006.

No sé por qué está así verde y fea abajo. Quizás la escaneé con ese adaptador que te deja meter los negativos y tomó la foto de al lado. Aunque no, lo de abajo pertenece a la foto, son las patas de la mesa y la colcha de la cama, de la primera cama.

Fuimos con mi hermano a Rosario en las vacaciones de invierno de 2006, cuando todavía coincidían nuestros ritmos anuales dictados por el colegio secundario. El mío se había extendido un año más, ese “sexto” que el primer día me hizo sentir mal y me volví a casa porque no entendía el despropósito de ser un egresado que seguía yendo al colegio. Es como un trabajador que lo echan pero sigue yendo todos los días al trabajo.

Estábamos en un hotel que nos había dado un cuarto doble normal, pero con la mala suerte de que los de al lado nos despertaban a la noche de tanto que cogían y gritaban. Fui a la recepción a pedir que nos cambiaran y nos dieron otra habitación, esta que se ve en la foto, que tenía dos entradas y un lobby con una mesa y dos sillas, en una de las que apoyé la cámara para que nos sacara con el automático.

La calle era céntrica, Buenos Aires creo, a dos o tres cuadras del Monumento a la Bandera, la entrada por la Intendencia y la capilla con el pasillo de las esculturas de Lola Mora. Del hotel en sí recuerdo que estaba casi vacío, que el desayuno era humilde pero casero, que los dueños eran italianos del sur y que apenas salía de nuestro “departamento” había un hall a la derecha con sillones donde todas las tardes después de comer me sentaba a leer Ficciones de Borges.

En la foto también se ve una cartucherita y un parlante: en esa mesa instalamos nuestro equipo musical. Un discman, dos parlantes, todo conectado, estuche portacedés cargado en el bolso con no más de diez o doce discos. ¿Cuántos discos lleva un adolescente hoy en día a sus viajes en su iPod? ¿Cien, doscientos?

Un día volvimos de comprar algo a la mañana, después del desayuno, y nos dijo la señora que nos había llamado nuestra mamá, desesperada, porque pensaban que no estábamos más ahí. La noche anterior no nos habían visto volver y le habían dicho eso, y a la mañana habían chequeado en la habitación y estaban nuestras cosas pero no nosotros (habíamos ido a comprar el diario). Llamamos a casa y aclaramos el entuerto. Teníamos 18 y 16 años.

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