Vamos afuera

Un joven medita en un bar porteño, el primer día de la prohibición de fumar, en 2006.

En un mes se cumplen seis años de la vigencia de la ley Antitabaco. El 1° de octbre de 2006 la ciudad de Buenos Aires amaneció plagada de carteles de “Prohibido fumar” en los hasta entonces ahumados bares y restoranes. Escapaban a la norma los establecimientos de más de cien metros cuadrados, las cárceles, las universidades nacionales, las fiestas privadas y un par más.

Recuerdo que me enteré de la norma por el diario, cuando salió, en octubre de 2005. Era la primavera kirchnerista, leía Página|12 y todavía resistía Aníbal Ibarra en el gobierno porteño. La imprimí y le llevé una copia a un amigo del colegio, resaltada por mí en las partes que me parecían más importantes. Todavía parecía lejano aquel 1° de octubre del año siguiente, cuando finalmente la ciudad estaría “libre de humo”.

Me impactó la prohibición total de publicidad que establecía. No nos dimos cuenta, ¿vieron? Pero fíjense que ya no hay más publicidad de cigarrillos en la vía pública, ni en las revistas… El único lugar permitido son los kioscos, donde se venden. Tampoco auspician ya recitales ni eventos públicos.

La excepción de las cárceles e institutos de salud mental la entendí; no así la de las universiades nacionales. ¿Por qué se puede fumar en la facultad? En verdad, la norma no las obligó, pero en la práctica muchas lo hicieron: Exactas, Odontología, Medicina, de las que conozco. Siempre lo asocié con esa especie de “vale todo” que hace que en las facultades se pueda, por ejemplo, hacer fiestas sin ningún tipo de regulación.

Fue la primera vez que sentí el peso de una norma: palpable, concreto.

El 1° de octubre de 2006 fui con un amigo a una jam que solía frecuentar por San Telmo. Era un bar que tenía escenario abierto, con batería y equipos, por donde pasaban distintos músicos en una velada no muy larga pero, para mí, intensa. Se hacía todos los domingos, lo cual construyó en parte el gusto personal que tengo por salir los domingos a la noche (dicen que a Cerati le gustaba mucho tocar los domingos).

Ese día mi amigo llevó la guitarra eléctrica, para sumarse. Llegamos a la puerta alrededor de las once y vimos que estaba la cortina baja y todo apagado, pero no había carteles a la vista. Nos acercamos a tres o cuatro personas con estuches, como de instrumentos de viento, que esperaban a unos metros. “¿Vienen a la jam?”, les preguntamos. “Sí, pero está clausurado.” Tenían acento latinoamericano.

Cruzamos al restorán de la esquina y nos tomamos una cerveza cara y tibia. Por primera vez vi el cartel de “Prohibido fumar por la ley” tal número y saqué esta foto.

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