Somos como una gran familia

William Blake. Oberon, Titania and Puck with fairies dancing. Circa 1786. Lápiz y acuarela sobre papel. 47,5 x 67,5 cm.

La primera vez que escuché de Juvenilia fue en el curso de ingreso. En el cuadernillo de Lengua había unos párrafos, una de esas anécdotas tan graciosas que cuenta Miguel Cané sobre su vida en el Colegio Nacional de Buenos Aires allá por la década de 1860. Como la del robo de las sandías, me acuerdo. Me parecía algo muy lejano, porque si bien sabía que estaba hablando del mismo colegio al cual yo supuestamente iba a entrar, todo tenía una atmósfera tan pícara, casi suburbana, que no creía que jamás fuera a experimentar en carne propia ese tipo de aventuras.

No me equivoqué. Ni en la calidad de las organizaciones… ah no. Ese era otro discurso. Cuestión que nunca tuve esas aventuras que Cané narra en ese tono tan típico de la generación del 80: relajado, íntimo, casual. Como decía Mansilla: “entre-nos”. Eduardo Wilde parece que disfrutó mucho al leer Juvenilia.

Era un mundo de notables. El autor-narrador (no deja de ser un relato autobiográfico) hace constante referencia a sus compañeros de curso que, en el momento de la escritura, eran ya prominentes figuras del mundo político y cultural argentino. Las mujeres, relata Sylvia Molloy en el texto que me disparó estas reflexiones (1), están excluidas -apenas menciona a algunas, inferiores de clase, que solo eran usadas para disfrutar en alguno que otro baile.

Lo más llamativo de este tono nostálgico del relato de Cané es que él tenía apenas 31 años cuando escribió y publicó Juvenilia. Es decir que los sucesos que narra habían tenido lugar solo 15 ó 16 años antes. Yo lo leí apenas terminé el colegio, me acuerdo que lo compré en Rosario en una librería que está frente a la plaza que a su vez está enfrente de la casa natal del Che Guevara. Me salió 3$, en 2006, una linda edición de GOLU de Kapelusz. Y lo leí por ahí, unos meses después, en unos días. Es cortito.

Y aburrido. No le recomiendo a nadie que quiera pasar un buen rato que lea Juvenilia. Los hombres que no amaban a las mujeres está mucho mejor. Y no es tan elitista. Ja.

(1) Sylvia Molloy, “Una escuela de vida: Juvenilia de Miguel Cané” en Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1996, pp. 133-145.

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