¿Qué es un clásico? (IV)

La célebre “Fuente” (1917), de Marcel Duchamp. El artista presentó la obra bajo el seudónimo de R. Mutt, fabricante del sanitario.

por Pablo Traine

Buenos Aires, 6 de agosto 2008.

Estimado Julio César:

El texto a continuación es mi contribución a la serie “¿Qué es un clásico?”. Confieso que es un amontonamiento bastante desordenado de ideas, y le pido disculpas por ello, pero su invitación a producir un texto sobre este tema me tomó por sorpresa y mi desorganización me impidió producir algo más congruente y terminado. (Aunque la incongruencia y falta de terminación tienen un encanto no despreciable):

” I.
Los clásicos no me gustan. Por definición, un clásico establece un standard, un punto de referencia. Tanto como para el receptor de una creación artística cualquiera como para su emisor. Esto puede resultar faltal: las creaciones artísticas terminan careciendo de originalidad, refiriendo a clásicos que intoxican constantemente a su “creador”… y a los receptores, que aprecian obras, creyéndolas interesantes, cuando en verdad suelen ser viles imitaciones de clásicos. Nefasta situación.

I a.
Consideremos pues al clásico como una excelsa obra que, por su aceptación general, enferma a todas las creaciones posteriores.

II.
Si algo deseo, como creador de arte, es que mi obra no sea considerada nunca “clásica”. Ni “clásica” por estar inscripta en el período clásico de alguna disciplina, ni por ser un “clásico” de algún tipo, categoría (como pueden ser, por ejemplo, “experimentación”, “no-clasicismo”, “punk”, “pop”, “abstracción”), ni de nada. El calificativo “clásico” es fatal, cualquiera sea su uso. Emplearlo sería aniquilar el futuro de la obra en cuestión. Cuando una obra es considerada clásica es obligada a ser estática, no cambiar (ni en su contenido ni en su interpretación, etc) porque así como es “está bien”. ¿Por qué? ¿El tiempo no puede modificar las cosas?
Por otra parte, una creación no merece infectar a otras creaciones posteriores de tal manera. Al menos, en mi caso, no me gustaría ser un cáncer fatal para emisores y receptores de arte posteriores (cronológicamente) a mí.

III.
(Este párrafo es un ápendice empleado para justificar mi texto.)
A comienzos del siglo pasado (plagado de vanguardias que luego sucumbieron al clasicismo), un artista francés, Marcel Duchamp, estaba encabronado con el sistema académico, conservatorios, academias de arte, concursos, museos, galerías, salas, teatros. Tenía que hacer visible su enojo. Y envió a un concurso una obra (tal vez su obra más famosa), en la que lo único que hizo fue firmar un mingitorio. Él demostraba su enojo con el sistema, él no quería que su obra fuera parte de él y provocó escándalos de todo tipo, “¿Esto es arte? No hizo nada, solo firmó un mingitorio.”. Años más tarde, las vanguardias del siglo XX se extinguieron, las ideas de Duchamp fueron aceptadas, inspiraron a creadores ineptos, y su mingitorio es un clásico dadaísta (¡¡El dadaísmo es clásico!!).

Creo que el tema podría ser desarrollado mucho más ampliamente, pero no sé si por mí, no logro despegarme de la concisión cuando escribo. Le envío un saludo amical y le pido disculpas por la demora, desorganización y la corta duración del texto.

Pablo Traine es músico polifuncional, estudiante de Composición con medios electroacústicos, copista y cínico.

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