Luis F. Benedit. Dama criolla y yesqueros. 1989/92. Acuarela sobre papel. 87,8 x 67,3 cm.
Leí una nota de Horacio González en una vieja Pensamiento de los confines que traía a colación la experiencia de enfrentarse a la biblioteca de un amigo. Contaba que le había tocado pasar unos días de huésped en casa ajena y que, al revés de lo que ocurre en la propia, donde los libros se llenan de polvo por no ser consultados, en esas ocasiones uno revuelve con extrañeza y fruición esos volúmenes. Entre el apremio de la transitoriedad el préstamo secreto, es una experiencia íntimamente reconfortante.
Estoy en una situación similar, en la casa de un amigo cuyos padres intelectuales tienen literalmente tapizadas varias habitaciones con libros. Atrás mío, en este momento, tengo la sección “libros de arte y catálogos de muestras y festivales”. Y me agarré, para leer en estos días, La pasión y la excepción de Beatriz Sarlo (1).
Coincidencias de la vida, en una de las charlas de sobremesa con mi amigo-host, le conté del libro de Gillespie sobre los Montoneros (2). En resumidas cuentas, lo que entendí de ese libro (y por lo que fue tan criticado) es que los Montoneros (al menos sus fundadores) eran un grupo de pibes bien de familias católicas que habían emprendido esa aventura como para hacer algo de sus burguesas y aburridas vidas.
El libro de Sarlo parte de preocupaciones biográficas. “Festejé el asesinato de Aramburu. (…) Cuando recuerdo ese día (…) veo a otra mujer (que ya no soy)” (p. 11). La primera parte relata la excepcionalidad de Eva Perón, centrándose en su cuerpo y su progresivo devenir político. Las páginas en la que describe su imagen en las fotos de principios de los ’40 son inolvidables.
Pero después avanza hacia la operación que significaría la aparición pública de los Montoneros: el secuestro del general Aramburu, el 29 de mayo de 1970, y su asesinato dos días después. Tras controversias del periodismo, en 1974 la revista La causa peronista publica la reconstrucción del hecho en las palabras de dos de sus participantes: Mario Firmenich y Nora Arrostito.
Acá se pone impresionante el análisis, porque ella se pregunta cómo pudo ser publicado eso, cómo pudo ser embanderado como un acto de justicia histórica y reivindicado por miles de personas, en silencio o activamente. Paso a paso, todo desemboca en un anciano general, indefenso y amordazado, matado cobardemente de un tiro en la cabeza en el sótano de una casa de campo en medio de la nada. “Proceda”, dijo Aramburu, y cayó (p. 153).
Fernando Abal Medina, jefe del operativo y ejecutor (Gillespie cuena muy bien todos esos delirios militaristas, con los rangos, etc), fue asesinado a su vez en una emboscada, como el otro encargado del secuestro (Emilio Maza). Me imagino cuando volvieron, contándole a sus amigos, que acababan de secuestrar a Aramburu. Como nene con juguete nuevo.
(1) Beatriz Sarlo, La pasión y la excepción. Eva, Borges y el asesinato de Aramburu, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
(2) Richard Gillespie, Soldados de Perón. Los Montoneros, Buenos Aires, Sudamericana, 2008 [1987].



“Al Pueblo de toda la República. Movidos por los más puros ideales, apoyados por el legado histórico de nuestros próceres, alentados por las sagradas estrofas del Himno Nacional, nos hemos levantado hoy en vuestra compañía, contra la siniestra tiranía que ha tratado por todos los medios de ensuciar y destruir nuestra fe, nuestros símbolos y nuestras instituciones. Los objetivos son la libertad, la justicia y la paz espiritual. Combatimos la opresión, el odio, la corrupción de las instituciones y del mismo sentimiento de argentinidad”
Aramburu – Rojas.
Rojas safó.