La inquisición
La hora del regreso siempre había sido complicada. Alfredo lo sabía: todos los días salía de la facultad a las 7. Para volver se tomaba cualquie- ra de los que seguían derecho por Córdoba. Todos venían llenos, aunque el 109 era sin dudas su preferido por las luces de colores, la música punchi y las bolitas de espejos que le hacían acordar a los boliches.
El día había estado complicado, pero como todo, llegó a su fin. Caminó por Junín hasta la avenida. El tráfico era más intenso que lo normal. Miró para el centro, nada. Miró para Pueyrredón, ajá, ahí estaba el problema. Unos 200 estudiantes, supuso, estaban cortando Córdoba a la altura de Uriburu. El caos vehicular para desviarse era terrible. Los colectivos avanzaban a paso de hombre y algunos doblaban por Junín. Uffff, qué hago, pensó. Fue a la parada del 109 y esperó. Llegó. Se subió. Sacó el boleto. Hasta la esquina de Uriburu pasaron, fácil, 8 minutos. Dos temas.
Tenía que doblar hacia Santa Fe, no le quedaba otra. Eran de Sociales los chicos, pensó, por los bancos que tenían en la calle, y por costumbre ya a esta altura. El chofer no estaba enojado; acostumbrado, sería la palabra adecuada. Empezó a tomar la curva e inesperadamente clavó los frenos, trabando por completo el paso y desencadenando un hermoso coro polifónico de bocinas. “Ey, muchachos”, gritó por la ventanilla. Los pibes no sabían qué hacer. Se acercó uno, flaquito, tímido y mal afeitado. “Sí, jefe”, le impostó. “¿Por qué están reclamando?”, le preguntó.
El joven se quedó duro. Esperaba una puteada o algo parecido, una frase de aliento tal vez. Divagó unos segundos, esperando que su indecisión convenciera al chofer de doblar y dejar su inquietud para la hora de las noticias. Pero el tipo aguantó, con el colectivo bloqueando tanto a los que venían por Uriburu como a todo el resto que se veía obligado a doblar. “A ver, aguantame un toque”, atinó a decir. Se fue corriendo a preguntarle a Jaime. Él era el que sabía. “Che, acá el señor me pregunta por qué estamos reclamando”. “¡Cómo que por qué estamos reclamando! ¿No sabe por qué estamos reclamando?” “Se ve que no”. “Qué me viene a preguntar eso…” Genial. Pablo seguro que sabe, él es el presidente. “Pablo, tengo acá al señor que pasaba y me preguntó por qué estábamos reclamando, por el corte de la calle y eso”. “¿No sabés por qué está en pie de lucha el movimiento estudiantil organizado?” “Sí, cómo no lo voy a saber”. “Bueno, decile eso”.
Otros compañeros, atentos a las andanzas de este flaquito desorientado, comenzaron a hacerse la misma pregunta. Uno le preguntaba al otro, que lo despachaba con otro más, y que a su vez lo mandaba a preguntarle al otro. Un tal Manuel mandó a parar. Subido a uno de los bancos, vociferó: “Acá el señor del colectivo nos pregunta por qué estamos reclamando”. Todos se miraron. “¿Dónde está el Presidente?”.
Estaba en la Facultad charlando con una amiga. La mitad de la columna se quedó cortando Córdoba y la otra, encabezada por Manuel y el flaquito, fue en busca del Presidente. “Aguantame eh, ahora venimos”, le dijo al chofer curioso antes de alejarse. Llegaron. “Esteban, tenemos ahí en Córdoba a un chofer que nos pregunta por qué estamos reclamando”. El muchacho entonces dijo: “¿El señor quiere saber por qué estamos reclamando?” “Sí”, Manuel miró al flaquito, “le preguntó acá al compañero”. “¿A vos?” “Sí, a mí”, esbozó.
Una columna más grande que la original retornó entonces desde la Facultad y se sumó a la que había quedado cortando la avenida. “¿Y flaco?”, lo recibió el chofer. “S-sí, ehmmm, acc-cá el compañero l-le va a decir”, y le pasó la posta a Esteban. “Buenas tardes compañero”. “Buenas tardes”. “¿Usted quiere saber por qué estamos reclamando?” “Sí, por favor”. El joven se montó en la rueda del colectivo de tal manera que su cara estuviera a la altura de la del conductor, agarrándose del borde de la ventanilla abierta, y le susurró al oído.
Puso primera y salió por Uriburu. El tiempo no había pasado.