Días y noches de amor y de guerra

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, bajando del Tango 01. Foto: Presidencia de la Nación.

A mediados de diciembre del año pasado, días después del traspaso presidencial, Hugo Moyano acaparó la atención periodística tras un discurso pronunciado en una concentración gremial. Dijo que si la nueva presidenta no acompañaba los reclamos de los trabajadores, ellos no iban a dudar en “ponerse de la vereda de enfrente”.

También me llamó la atención cuando un militante kirchnerista dijo, en ocasión de la toma del Ministerio de Salud bonaerense en esos mismos días, que ellos eran “kirchneristas, no cristinistas.” Hace unos días recordé el episodio y se me ocurrió una manera de interpretarlo. Ante un traspaso presidencial, los “intereses creados” de ciertos sectores de la sociedad (en este caso, el “movimiento obrero”) buscan dónde posicionarse. Siguiendo a Talcott Parsons, todo sistema social tiene que encontrar una manera de hacer coincidir las “disposiciones de necesidad” y las “motivaciones” de los actores al momento de hacer la repartición de los “status-rol”. Con Néstor Kirchner habían logrado un cierto “equilibrio inestable” (según Parsons, el único equilibrio alcanzable en una sociedad), y ante este “nuevo” escenario intentaron dejar en claro que no estaban dispuestos a ceder. El tiempo demostró que, de “nuevo”, tenía poco.

Ernesto Laclau mencionó en una presentación en la pasada Feria del Libro que, para él, hay dos ejes de análisis de los partidos o movimientos políticos: el “populista” y el “institucionalista”. El primer eje enfatiza la satisfacción de las demandas de los sectores populares, una cierta redistribución de la riqueza y, en un nivel teórico, la disposición a “escuchar la voz de la gente”. El segundo coloca el acento en las formas democráticas: una adecuada división de poderes, un Parlamento fuerte, cargos políticos representativos y renovados por el voto popular periódicamente. Lo que decía Laclau era que había que dejar de lado el tinte peyorativo de la palabra populismo, porque toda política tiene un cachito de populismo, y eso no está ni bien ni mal. Del pueblo parten demandas (abajo-arriba), que son procesadas y atendidas con mayor o menor vehemencia por el estrato político, y volcadas hacia la sociedad (arriba-abajo). De hecho, para Émile Durkheim la democracia pasaba por ahí: en qué medida el Estado tiene “una oreja en el pueblo” para enterarse de lo que le falta, de lo que opina y de lo que aprueba, para así construir una gestión (otra “mala palabra”) verdaderamente provechosa para todos.

Un estudiante de Derecho me dijo, cuando le pregunté cómo era el sistema de partidos políticos estudiantiles en su Facultad, que cuando unos querían descalificar a los otros decían que “esos son kirchneristas”. ¿Y los otros qué son? Está la Franja Morada, me dijo, que no gobierna desde hace 5 años, cuando perdieron el Centro en manos de Nuevo Derecho, que siguen hasta hoy. Y que son “kirchneristas”.

Cuanto más breve es un cuento, más se tarda en leerlo. Ese sería uno de los ítems del posible “Decálogo del microrrelato”. Eduardo Galeano es un maestro de esta mini-forma narrativa. En uno incluido en Bocas del tiempo, titulado “El nacimiento” si mal no recuerdo, cuenta la historia de un médico que tiene dos recién nacidas que necesitan ser conectadas al respirador para poder seguir viviendo. El tema es que hay un solo aparato. Entonces tiene que elegir una: si no lo hace, ambas morirán. Elige. El narrador finaliza diciendo: “una fue condenada a morir, y la otra fue condenada a vivir”.

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