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Letras violentas y gente despierta

The ting tings - Leo Lieberman

El dúo británico The Ting Tings, el domingo en su show del Pepsi Music. Foto: Leo Lieberman para Rolling Stone.

La última fecha del Pepsi Music 09 fue un cóctel explosivo de rock. Con la actuación estelar de Calle 13 y los sorprendentes shows de Gogol Bordello y The ting tings, más de 20 mil personas disfrutaron de un hermoso día primaveral al aire libre.

Con horarios atrasados desde temprano, la banda convocante de la noche salió al escenario Pepsi a las 23.10 hs. Residente, de Calle 13, disparó los versos de “Nadie como tu” sobre los gritos del público femenino. Con la presencia de Martín Ferrés en bandoneón siguió “Tango del pecado”. El Club Ciudad de Buenos Aires no pudo más que sucumbir al baile de este explosivo combo de “música urbana” (“Calle 13 no es fucking reggaetón”, aclararía el cantante).

Cuando ya casi todas las personas habían recorrido el tramo desde el escenario Claro (donde acababan de tocar Los fabulosos cadillacs), sonó “Ven y criticame”, de su último disco, Los de atrás vienen conmigo (2009). La lista que siguió estuvo plagada de hits como “Pal norte” (con una sorprendente introducción de PG-13), “Cumbia de los aburridos” y “Se vale to”, para el cual el musculoso frontman invitó a subir a las chicas del público. Previamente, para la balada “Un beso de desayuno”, había sido una sola la afortunada que recibió los versos en su oído, arriba del escenario.

“Vamos a mezclar los géneros, a lo Judith Butler”, espetó Residente antes de “Fiesta de locos”. El cierre llegaría a las 0:25 tras la percusión de La chilinga acompañando la conmovedora “La perla”, originalmente grabada con Rubén Blades. Ante la insistencia del público y “en nombre del espíritu rockero” (pues ya la organización no sabía cómo acomodar los horarios que llevaban 50 minutos de retraso) dispararon el clásico “Atrevete-te”. Una vez más Calle 13 demostró la solidez de su banda (trombón, percusión, congas, trompeta) y su inagotable energía lírica en voz de su frontman.

Entre las bandas de primer nivel que sonaron en la tarde-noche se destacaron The ting tings, el dúo británico en su primera visita a la Argentina, que sacudió con temas como “Great DJ” y los hits “That’s not my name” y “Shut up and let me go”. Entre los créditos locales, Kapanga presentó su primera película (!) y Los auténticos decadentes empezaron la fiesta como solo ellos saben hacerlo, de la mano de “Los piratas”, “Vení Raquel” y “El murguero”. La sorpresa fue el auto-proclamado “último recital” de Los fabulosos cadillacs, tras el show de la banda de Flavio, Misterio. Un cada día más arisco Vicentico hizo el anuncio, en medio de un set que incluyó la mayor cantidad de clásicos por minuto de la jornada (“V centenario”, “Carnaval toda la vida”, “Matador”, “Malbicho”).

Al cierre de esta edición, Catupecu Machu tocaba (una vez más) sus clásicos y presentaba su nuevo disco Simetría de Moebius en el escenario Claro.

América para los americanos

Mr. America

Un visitante de la muestra Mr. America observa las Marilyn (1967) de Andy Warhol.

El MALBA vuelve a pisar fuerte con la muestra Mr. America de Andy Warhol. Se exhiben 170 obras, provenientes del museo Warhol de Pittsburgh, incluyendo videos, autorretratos y sus célebres serigrafías.

Todos los años el MALBA presenta una muestra internacional de primer nivel. En 2007 fue Douglas Gordon, en 2008 Félix González-Torres (reseñada aquí) y ahora es nada menos que el pope del arte contemporáneo pos-60’s: Andy Warhol. Ocupando dos grandes salas del museo, se presentan obras que abarcan gran parte de su trayectoria, desde los 60 hasta los 80, como la serie de sopas Campbell (1968), los videos Empire y Blowjob (1964) y varios “retratos en movimiento” o Screen tests (1964-66), que ya habían pasado por el mismo museo en 2005.

La obra artística de Warhol es inconmensurable por su propio proyecto. En el segundo piso, cuando entramos a la sala principal, nos encontramos con pequeños autorretratos en Polaroid de 1981. El curador invitado, Philip Larratt Smith, no armó la muestra con un carácter cronológico, más propio de una retrospectiva, sino que se inclinó por resaltar los aspectos en que Warhol reflexionó sobre la cultura popular (pop culture, término que en inglés también engloba a la cultura masiva) norteamericana de la posguerra.

Ver una exposición de semejante artista es una experiencia llamativa. Por un lado, todos conocemos algunas de sus obras más simbólicas, como las Campbell o las Marilyn, pero por otro lado no nos deja de llamar la atención un video que muestra la cara de un muchacho que cierra los ojos, mueve la cabeza para todos lados con expresión de placer, por 41 minutos – más cuando vemos que se llama Blowjob. La selección incluye obras desconocidas, como las series “críticas” (accidentes, silla eléctrica, suicidios, asesinato de Kennedy), el empapelado de la vaca (1971) y sus magnas pinturas tardías (como la de la Cruz, 1981-82).

En Warhol lo que cuenta es la serie, la repetición, la uniformidad. El plateado del suicidio iguala todo, dice una de las citas que se reproducen muy pertinentemente en las paredes de las salas. La sala del 1º piso (un poco escondida para el visitante desatento) presenta retratos fotográficos de algunas de las celebridades más importantes de su época (Debbie Harry, Keith Haring) y varios Screen tests, entre los que se destaca el de un canchero y joven Lou Reed tomando Coca-cola. Se exhibe en la pared más grande un impresionante video de la actriz Edie Sedgwick, con el que el artista reproduce lo que le provocó a él: no podés dejar de mirarla/o. El curador instaló, para eso, unos banquitos frente a la pantalla.

Si por tan conocido podría parecer irrelevante, Andy Warhol no deja de constituir un mojón en el arte contemporáneo. La muestra del MALBA, si bien no es un antes y un después en su historia, es una interesante oportunidad para mirar “en vivo” las obras más representativas de su trayectoria.

Andy Warhol. Mr. America. MALBA. Av. Figueroa Alcorta 3415. De jueves a lunes y feriados de 12:00 a 20:00. Miércoles hasta las 21:00. Adultos: $15. Docentes y jubilados: $8 Estudiantes: $5. Menores de 5 años: sin cargo Miércoles: General: $5. Docentes y jubilados: $3. Estudiantes: sin cargo. Hasta el 22 de febrero de 2010.

La calidad académica

Homenaje a P. Klee, por Jorge González Perrín

Jorge González Perrín. Homenaje a P. Klee. 2004. Acrílico sobre tela y corrector. 100 x 75 cm.

Es un tema sobre el que me gusta volver. Hace poco se divulgó el Ranking de las 200 mejores universidades del mundo. No sé quién lo hace ni cómo operacionalizan el concepto “calidad académica” o como sea que lo llamen, que debe resultar en un índice. La noticia en Argentina fue que la UBA desapareció de la lista – parece que en la edición anterior estaba tipo 180, 190. La única latinoamericana que aparece es la UNAM, de México.

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La semana pasada estuve en la ceremonia de entrega de diplomas del Colegio Nacional de Buenos Aires. El egresado que leyó el discurso en nombre de sus compañeros, después de criticar justamente algunos puntos, rescató la “calidad académica” del Colegio, al cual y la cual, dijo, “todos queremos mejorar”. Otra muletilla es el espíritu “crítico” que inculca el CNBA a sus egresados. Ninguno de los dos conceptos fue siquiera aproximadamente definido.

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¿Por qué pensamos que la UBA es la mejor Universidad de Argentina, por no decir de Latinoamérica? Uso el plural de la primera persona a pesar de que no lo piense porque tampoco pienso lo contrario. Sólo me permito dudar. Me gusta conocer las Universidades del resto del país. La que más me gustó es la de Córdoba (UNC). Cuando fui en 2007 conocí la Ciudad Universitaria, una verdadera belleza y un ambiente de lo más agradable para estudiar. El edificio que más me impactó, la Facultad de Lenguas, había sido construido el año anterior. Este año volví y me impresionó el edificio de la Biblioteca de la Facultad de Humanidades: “este lo hicieron el año pasado”, me dijo un estudiante.

“Ah, pero no vas a comparar la calidad académica”. ¡Cuántas veces habré escuchado ese sofisma! Nadie sabe qué mierda es la calidad académica, no les importa la calidad académica, y si una facultad (la mía, la única que conozco más o menos en detalle, la de Ciencias Sociales) que no cambia los planes de estudio desde hace 20 años, que tiene más de 1000 docentes ad-honorem (entre ellos quien suscribe), en la que cursan 15 mil alumnos en 7 sedes, con profesores que tienen un doctorado en el extranjero y siguen siendo ayudantes de primera por falta de concursos transparentes y regulares (como sí los hay, por ejemplo, en la FCEN), repito, si eso es la “calidad académica”, entonces nos fuimos un poco al carajo.

Vamos a cortar presupuesto

The Prodigy en Buenos Aires, por Rafa Sánchez

Energía apabullante durante el recital de The Prodigy, el viernes en el Pepsi Music. Foto: Rafa Sánchez para Rolling Stone.

Los británicos The Prodigy cerraron la primera jornada del Pepsi Music 2009 con un set arrollador de hardcore dance. Presentando su última placa y los clásicos de siempre entretuvieron a las escasas 15 mil personas que se acercaron al Club Ciudad de Buenos Aires en un día lluvioso.

Cuando parecía que la noche iba a terminar con aguacero, el cielo se calmó como si el mismísimo Dios fuera fanático de The Prodigy. Los cantantes Maxim (negro) y Keith Flint (blanco) sacudieron el Pepsi Music desde que subieron al escenario, a las 21.25 hs, al ritmo de “World’s on fire”. El público se volvió loco y se desencadenó un pogo de dimensiones divididescas, círculo de la muerte incluido. “All my people in Argentina”, comenzó la arenga Maxim, luciendo un chaleco gris sin mangas que dejaba vislumbrar un cuerpo trabajado. Flint, excéntrico como siempre, se veía abstraído y sólido.

A dicho tema de su último disco, Invaders must die (2009), le siguió el clásico “Breathe”. Una incomparable locura dominó a la audiencia, que coreaba hasta los solos de sintetizador  que el productor y cerebro de la banda, Liam Howlett, disparaba desde su consola. La puesta consistió en una pasarela por la cual se acercaban los cantantes y atrás, en el escenario despojado, un baterista, un guitarrista y el mencionado Howlett rodeado de máquinas. Para culminar un segmento inicial incendiario llegó “Omen”, también de su reciente placa.

A lo largo de 80 minutos repasaron hits como “Firestarter”, “Poison” y el coreado “Smack my bitch up”, que cerró el primer tramo. Para los bises volvieron, impresionados del fervor del público, con “Take me to the hospital”, la mítica “Out of space” y por último “Their law”. Se trató de uno de los shows con más energía que jamás vio este cronista. La instrumentación hardcore con acelerados beats y potentes bajos, sumado a la cadencia hiphopera y la energía inagotable de los cantantes (especialmente Maxim) logró tener en vilo al público de principio a fin.

Previamente había pasado por el escenario “Pepsi” (enfrentado al escenario “Claro”, donde tocaron los convocantes) el cantante español Loquillo, con un espectáculo gracioso y poco serio que convocó a menos de 3 mil personas entre las 20 y las 21 hs. En el escenario “Isla” sorprendieron una vez más las chicas de No lo soporto. Armadas de su propuesta compacta de power trio, sacudieron con los temas “No sé”, “Voy a estallar” y “Nunca iré”. El viento fue un problema a lo largo del día, pues según cómo venía se escuchaba más o menos lo que pasaba en los otros escenarios. Tras haberse suspendido la fecha de ayer a causa del temporal, esperemos que mejoren las condiciones para los siguientes cuatro días de música.

Un poco de indie mentolado

Les mentettes, por Geraldine Baron

Les mentettes en la versión veraniega que publicitan en MySpace. Foto: Geraldine Baron.

En una velada entresemana los palermitanos pudieron disfrutar de Les mentettes, una de las bandas más importantes de la escena indie local. Su rock-pop inofensivo y hippie sonó tierno, acorde a las circunstancias. Guitarras acústicas, baladitas románticas: en suma, rock para levantar minitas.

Si la escena indie parecía más muerta que los pibes de Cromañón, desde 2006 más o menos podemos decir que cobró un nuevo aliento. Les mentettes es una de las bandas surgidas al calor de dicho revival. El miércoles a la noche se presentaron en Libario bar (Julián Álvarez 1315), lugar que no conocía y que de repente en una semana fui a ver a dos bandas.

Su set abrió con “Cosmic sidewalk”, balada mid-tempo acústica muy melosa y deudora del mejor Bowie (ese de Ziggy Stardust). La formación consistía en un cantante y guitarrista, bajista, una chica que hace coros y canta (Eugenia), otro guitarrista, teclado (Pablo) y batería (Tomás). En otras oportunidades se han presentado acompañados de una orquesta, lo que alimentó aún más su porte snob palermitano (digamos, eso lo hizo Cerati después de haber liderado por 15 años la banda más grande de Sudamérica, chicos).

Siguieron con la simpática “Fairy tale”, en la misma onda de “canción-para-acompañar-con-movimiento-simultáneo-de-cabeza-y-pie”. En esta oportunidad se pudo vislumbrar un poco más su precisa integridad musical y su delicado uso de los teclados. Los coros de la chica y algunos rastros grandilocuentes los colocan en la senda de una de las mejores bandas de la década, los canadienses Arcade fire.

Qué feo que para definir a una banda se haga referencia a otras (generalmente más viejas y más grosas). Sonaron hasta pasada la medianoche “Earth Inc.”, “Hold on” (la favorita de mi fanática acompañante adorniana) y “Every day is the same”. El entorno del bar era de lo más adecuado, con cálidas paredes ladrillo a la vista y mesas de madera oscura. Abundaban las parejitas y la ropa cara.

El recital terminó cerca de las 12:30, luego de una extraña canción titulada “SSYMTC” que hablaba del dinero y la libertad (!). Un recital correcto de una banda que merece nuestra atención a pesar de que parezcan meros posers palermícolas – aunque tampoco son la “nueva esperanza blanca” del rock.

Mariposas en las paredes

Kleist, por Eva Lootz

Eva Lootz. Kleist. 1989. Cobre y plomo. 200 x 90 x 10 cm.

El realismo mágico ya fue. De hecho hace varios años que dejó de ser una contribución latinoamericana a la literatura universal, con todo el potencial revulsivo que tuvo en los 60, para convertirse en su estereotipo . Eso llevó a esquematismos y repeticiones en el marco de un negocio editorial formidable desde, por lo menos, el Nobel a García Márquez en 1980.

Siempre tanta perorata en este blog, che. Bueno, al grano. Terminé de leer hace unos días la novela Delirio, de la colombiana Laura Restrepo, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2004. Conocía a la autora por sus columnas en el Babelia y tenía entendido que era una excelente narradora. Estaba en lo cierto.

Delirio cuenta varias historias, que comparten el marco espacio-temporal de la Colombia de los 90-2000 asolada por la narco-guerrilla. Familias patricias y respetables cuyos hijos deciden inmiscuirse en el dinero fácil de la droga, una hermosa joven con poderes sobrenaturales que recuerdan a las mariposas en las paredes de El coronel no tiene quien le escriba, un oscuro profesor de literatura que se ve envuelto en problemas más grandes que su mediocridad. Hasta ahí, lo más cliché del realismo mágico y el latinoamericanismo internacional-popular (hoy me compré Mundialización y cultura de Ortiz).

Pero como toda obra literaria, no solo son hechos: hay palabras. Formalmente, Delirio está estructurada como un largo devenir de historias más o menos paralelas: la del abuelo alemán que se instaló en el campo colombiano, la de Aguilar (el ex-profesor de literatura) y la del Midas McAlister, nuevo-rico socio de Pablo Escobar. Abunda el estilo indirecto libre y los diálogos están insertos en largos párrafos sin punto y aparte, generando una lectura veloz y caótica.

Los personajes están muy bien definidos y tienen grises, no hay buenos y malos. Pero, sin embargo, hay algo que no me cierra. Diría que Delirio es una excelente novela para los que no leen novelas. No hay nada ahí que no podamos encontrar en los mejores García Márquez o Vargas Llosa. Asimismo, todo el juego con la actualidad política colombiana, si bien cuidadosamente tratado a modo de fondo casual y nunca con moralismos ni condenas fáciles, no deja de ser un sign o’ the times. Está muy bien escrita, pero no atraviesa ese umbral tras el cual ya no importa lo que narrás: sigue apoyándose mucho en el argumento.

No sé. Está bien, pero prefiero otras cosas (me mató la rigurosidad).

Laura Restrepo. Delirio. Madrid. Alfaguara. 342 páginas. 59$.

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